Antonio Ríos, de trabajar en una curtiembre y lustrar botas a ser maestro de la cumbia: “Soy un milagro”



Si las vidas se contaran por matrimonios legales atravesados, por noviazgos, romances “no oficiales”, por hijos, nietos, mudanzas y accidentes, Antonio Ríos sería el recordman argentino de renacimientos: una boda, media docena de concubinatos, poliamor, 20 hijos, 14 nietos, treinta mudanzas, dos vuelcos en ruta, un desplome de escenario. Y aquí anda, 65 años, “1.400 composiciones en el haber”, “vivito y goleando”.

-Mi primer accidente fue en Misiones, a bordo de un Mercedes. 

-¿Y el segundo?

-Un vuelco a 200 kilómetros en una 4×4, a la altura de Mercedes… Hubo una tercera casi tragedia, un show en Bragado, nos caímos del escenario, fuimos a parar al sótano porque subieron 50 a sacarse una foto… Ya me gasté varias vidas, pero tengo muchas.

Yo me estoy enamorando. Yo me estoy enamorando de tu forma de bailar. Antonio anda ronco, pero apenas tararea una de esas coplas que en los casamientos alcanzan el sumun del carnaval carioca e impulsan la locomotora humana, la ronquera se vuelve detalle. Está en el aniversario 30 de su carrera musical. Amigo de Los Palmeras, Diploma Konex al Mérito como “uno de los mejores cinco cantantes tropicales de la Argentina”, estuvo a punto de grabar con Pappo, pero Norberto Napolitano no tuvo la suerte de Antonio: “La muerte lo alcanzó antes de tiempo”.

“Neo Pistea, de la escena del trap, me pidió grabar con Antonio. Dante Spinetta lo escucha y lo ama”, cuenta Alejandra, su agente de prensa, como para ubicarnos en la magnitud del artista al que apodan “El Maestro”. En la mira de Ríos hay dos voces, Abel Pintos y Andrés Calamaro como dos sueños de dúo.

Siempre que le toman examen, sale airoso. Viven pidiéndole que nombre a sus 20 hijos, de corrido, sin repetir y sin omitir a ninguno. “Griselda, Diego, Melisa, Nicolás, Noelia, Daniel, Hernán, Rocío”, toma aire, renueva el pulmón y sigue. “Flavia, Fanny, Carolina, Florencia, Milagros, Luisana, Emanuel, Lucas, Salomé, Matías, Edgardo, Fito”. El método, cuenta, es “memorizar por madres, que fueron cinco”. Después aclara que alguno de la lista es “hijo del corazón”.

¿Desprolijidades, romances en simultáneo, una vida amorosa demasiado desordenada? “Es que soy muy ardiente”, avisa, la “e” del medio larga, como marcando ese fuego. “Eso sí, mis hijos no pueden decir nada de mí como padre. Los amé y los cuido y hasta me hice cargo de mis no hijos, los hijos de mis parejas”.

Historia del niño que lustraba botas

Nació en La Escondida, una localidad del Chaco que lo tiene como uno de los dos vecinos más ilustres: el otro, el ex futbolista Daniel Severiano Pavón, un delantero que entre los setenta y ochenta jugó en Boca Juniors, Platense, Racing, Mandiyú y más. Antonio, diez dedos, ocho anillos, usa en realidad el segundo nombre. El primero es Epifanio.

De paseo por la redacción de Clarín. (Foto Lucia Merle).

Sus cinco hermanos llevan el nombre Ramona o Ramón, en homenaje a San Ramón Nonato, patrono de las embarazadas. Él carga con Epifanio por un tramo casi telenovelesco. Su madre tuvo dificultades para parirlo y no hubo otro remedio que esperar que el médico de turno fuera a buscar un auto para trasladarla a Resistencia. La mujer se encomendó a Santa Epifania y prometió que si “el crío” nacía antes del viaje lo bautizaría en su honor.

Madre correntina, padre chaqueño, el gurí se crió escuchando chamamé y guaranias en voz y guitarra de su papá, Don Nicolás. El ranchito de La Escondida donde vivían se los había entregado Evita. Siembra de papa, batata, choclo, cría de gallinas. Comer no era fácil y el “jefe de familia” se empleó como herrero en una empresa de colectivos. “Éramos muy pobres, cuando todos usaban zapatillas, nosotros íbamos en alpargatas”, dice con la voz quebrada. “Un día papá se fue y tardó un año en regresar. Mamá ya creía que no volvía. Pero con lo que ganó compró una casita en Fiorito y nos llevó”.

Corría 1963 cuando los Ríos desembarcaron en el barrio maradoneano. Llegaron en un tren carguero, colados. Treinta horas de viaje y la promesa de una vida bonarense esperanzadora. Mientras los más chicos pegaban gritos de felicidad, la madre era una lágrima. “Pasó dos años llorando de tanto extrañar. Después se adaptó”, cuenta “Tony”, de visita en la redacción de Clarín. Recién está en el preámbulo del relato más intenso.

Antonio Ríos, ícono de la movida tropical. (Foto Lucia Merle).

“Necesitábamos llevar monedas a casa y papá armó dos cajoncitos para lustrar zapatos. Nos puso a mi hermanito Miguel y a mí a lustrar en la esquina de Catamarca y Congreso, en Lanús. Yo tenía siete años y lustré hasta los 11. Por ahí pasaban Sandro, Palito, que iban para el baile. Desde afuera soñábamos, pero también nos poníamos triste. Estábamos tiraditos ahí, descalzos y cuando papá pasaba se moría de pena y nos decía: ‘Vuelvan a casa'”.

A los diez años Antonito ya era el cantante de las fiestas familiares a puro asado, polcas y cumbia. Emulaba a Los Wawancó y al Cuarteto Imperial. Su hit era un tema de Ramona Galarza, Cariñito mío. “Todo empezó una noche en que dejan una guitarra y un acordeón sobre la cama. Empecé a rasgar despacito la guitarra y me enamoré. En eso entra mi cuñado y me dice: ‘Pibe, cantás hermoso’. Nunca más dejé”.

A los 13, se empleó en una zapatería en San Juan y Boedo. Por entonces lo llamaban “Ligerito”: “Es que papá me aconsejaba que si me mandaban a hacer algo lo hiciera ligerito para contentar a los patrones. Y yo salía volando”, se ríe. El próximo “vuelo” fue hacia una curtiembre en Villa Diamante. Recorte de cuero, “escalón por escalón” hasta aprender el oficio de “desflorar”. A los 17 ya era un experto curtidor. A los 18 pasó “a la Ribera a trabajar con el cuero mojado”. No había montacargas y el peso iba todo sobre los hombros de los obreros.

Cuando el arte del cuero parecía ir viento en popa, lo despidieron de la curtiembre y cambió de rubro: inauguró una verdulería. “Con la indemnización me compré un camioncito con 13 mil sandías. Fue un negoción. Y mantuve el local por una década, hasta que con el Mercado Central los verduleros nos fundíamos”.

Antonio Ríos en Viña del Mar en 2001.

El cuento siguiente, casi una película: gobierno alfonsinista, hiperinflación, desocupación y Antonio que acudió a San Cayetano en busca de respuestas. “Bajé del bondi de vuelta después de pasar por la Iglesia, y me encontré con un ex patrón de la curtiembre que me ofreció trabajo. En una semana, tenía tres, de 7 a 12 en una, de 13 a 17 en otra, y de 18 a 21. Terminaba muerto”. Desde las máquinas a las que se montaba, Antonio cantaba y los compañeros se le reían y le arrojaban viruta. “Mírenme bien, pendejos”, les decía. “Recuerden mi cara, que yo un día voy a ser famoso”.

Y un día unos rockeros lo invitaron a cantar

El grupo se llamaba Base fundamental. Nacía la década del ’80 y el cantante se quedó disfónico. En busca de la solución, invitaron a Ríos a convertirse en reemplazo.

“‘Si volvés a cantar, nos separamos’. Eso me decía mi señora. No me dejaba, era muy celosa, así que les pedí a los muchachos del grupo que pasaran por casa bien empilchados para convencerla de que era una cosa seria”, detalla AR, sombrero bien calzado, como una pieza inseparable de su cuerpo.

En su debut con aquella banda, Antonio cantó temas de Pomada en un boliche de San Justo. Marta, su esposa, se fue de la casa.

Ríos, el autor de hits como “Nunca me faltes”. (Foto Lucia Merle)

“La música era inevitable, era lo mío, ella no entendía”, intenta explicar a puro ademán esos primeros kilómetros de su currículum con todo en contra. Después llegó su irrupción en otro grupo, Los soles del trópico. Más tarde, Green, Sombras y Malagata.

“De Green me rajaron, me daban apenas diez pesos por cantar toda la noche. A Sombras entré haciendo coros y ya me pagaban 100. Pero en 1990 se separa Sombras. Nuestro gran competidor por entonces era Adrián y los dados negros. En 1991 vinieron a buscarme de México. Querían que fuera el competidor de Marco Antonio Solís, que se había separado de Los Bukis. Me ofrecían 100 mil dólares, casa, compañía discográfica”.

-¿Y por qué no te fuiste?

-Acá estaba el uno a uno, yo estaba bien. Hacía 30 bailes por semana. No quería ser egoísta y dejar en banda a todas las familias que trabajaban conmigo. 

Así nació un hit: “Nunca me faltes”

Goleador, wing izquierdo, hincha de River, jugó en las inferiores de El Porvenir, y pudo haber sido “figura de la Academia”. En Racing estaban interesados en su “magia”, pero desde El Porvenir no quisieron otorgarle el pase. El destino tenía preparados otros golazos, “más de mil composiciones registradas en SADAIC, muchas en coautoría”. 

Nunca me faltes, su gran caballito de batalla, fue escrita en 15 minutos, en 1996. Antonio no buscaba el hit, sino enamorar a María Eugenia, empleada de una remisería que siempre lo invitaba a tomar mates. “‘Mañana a la noche nos vemos en Metrópolis’, le dije. Y bailamos toda la noche y no pasó nada. Un amigo me aconsejaba: ‘No le rogués’. Y se me ocurrió en el momento dedicarle un tema y cantarlo a capela. Tuvimos que pasar por una estación de servicio para comprar una birome y anotarla. Ella enloqueció de la alegría, pero nada más”.

-¿Dónde vivís?

-Por todos lados. Ezeiza principalmente. Pero voy parando en las casas de mis hijos, Constitución, Caballito, Paternal. Tengo que repartirme para ver a los chicos.

Ríos y sus 30 años de carrera. (Foto Lucia Merle).

-¿Qué es la cumbia hoy, Antonio?

-La cumbia es eso que algunos llaman grasa, cosa de negros, pero que si no te la pasan en un casamiento no hay diversión. Mi cumbia es más educada, es la de antes. Yo te canto “nunca me faltes”. Los vagos te cantan “a María Ester le gusta coser, todos dicen que cose bien, a María Ester le gusta escoger”. En el baile la gente la canta con la otra letra, doble sentido. Lo mío es más elegante.

-Siempre llevás un rosario. ¿Sos muy creyente?

-No voy a la Iglesia, porque no creo en los curas ni en los pastores. Creo en leer la Biblia solo y si tenés el corazón bueno, Dios va a estar con vos. Y creo en los milagros. Yo soy uno. ¿Sabés lo que me dijo un vidente?

-¿Qué?

-“Antonito, tenés una larga vida, vas a cantar hasta viejito. Vas a ser como Horacio Guarany”.

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