Ana Katz estrena su nueva y visionaria película, El perro que no calla, en el Festival de Sundance


Ana Katz debería estar en medio de la nieve de ese hermoso resort turístico que es Park City para acompañar el estreno de su nueva película, El perro que no calla, en el marco de la competencia internacional del prestigioso Festival de Sundance. Sin embargo, pandemia mediante, está aprendiendo a usar un casco de realidad virtual que le enviaron los organizadores de esa muestra para participar en distintas actividades antes, durante y después de la premiere mundial prevista para este domingo.

En diálogo con LA NACION, en uno de los pocos huecos que le deja el exigente rodaje de Sesiones -una serie para el grupo Disney que ella misma coescribió y que está filmando desde noviembre último y hasta marzo próximo, con un elenco integrado por la China Suárez y Benjamín Vicuña, Carla Peterson y las participaciones especiales de Julieta Cardinali y Graciela Borges-, Katz explica con la particular sensibilidad que expone en cada uno de sus films las múltiples sensaciones que está experimentando.

Ana Katz, durante el rodaje de la película El perro que no callaGentileza Ana Katz

El perro que no calla narra las desventuras de Sebastián (interpretado por Daniel Katz, hermano de la directora), un joven treintañero que pasa de un trabajo precario a otro. Hasta aquí nada que salga de los cánones más o menos previsibles de una comedia asordinada, algo absurda y existencialista. Sin embargo, promediando el corto relato (dura apenas 73 minutos), la realizadora de El juego de la silla, Una novia errante, Los Marziano, Mi amiga del parque y Sueño Florianópolis narra los efectos globales de una pandemia (en este caso provocada por la caída de un meteorito).

Lo cierto es que tanto el guion como el rodaje en blanco y negro de esta película se concretaron mucho antes de que el Coronavirus fuese una realidad. Lo que se dice, una artista con una sensibilidad anticipatoria y visionaria. Ella, de todas formas, trata de explicar la situación sin alardes: “Lo que vengo sintiendo desde hace tiempo es una falta de escucha entre las personas, una pérdida de la noción de una escala humana para pasar a otra en la que intentamos organizarnos, pero nos resulta imposible. Siento que esa falta de conexión del sistema con las personas se resuelve exclusivamente con una sobreadaptación muchas veces absurda con formas inaceptables como las que muestra la película: ir caminando agachados o usar una burbuja. En ese sentido, no me asombró este proceso del Coronavirus, pero al mismo tiempo me da un poco de pudor hacerme la visionaria. Me sorprendió sí que, cuando pasó todo esto de la pandemia, mis amigos me mandaban un montón de mensajes diciendo que no podían creer tantas similitudes. Los cascos que usamos para el rodaje fueron diseñados por un realizador que después empezó a hacerlos para las personas que precisaban máscaras. Antes del rodaje, a todas esas escenas les decíamos ‘las de ciencia ficción’ y hoy las leo casi como neorrealistas”, dice entre risas.

Las contradicciones también forman parte de su propia trayectoria artística, que oscila entre producciones muy grandes, como Los Marziano, con Guillermo Francella, Mercedes Morán y Arturo Puig; o la actual de Sesiones (uno de los pocos rodajes de envergadura actualmente en marcha, que cumple con unos estrictos y costosos protocolos sanitarios), y una experiencia independiente hasta lo artesanal como en el caso de El perro que no calla: “Esta película se filmó en varias etapas durante casi tres años porque surgió de una manera muy íntima, necesitaba dar espacio a las sensaciones más esenciales, el disparador eran unas emociones muy profundas y eso a veces resulta demasiado abstracto como para convencer a fondos y productoras. Creo que fue un proceso muy afortunado que pude vivir como guionista y directora porque salí a filmar con más intuiciones y necesidades que certezas”, explica.

Con respecto a la experiencia de presentar a la distancia su sexto largometraje en festivales tan relevantes como Sundance y Rotterdam, Katz admite: “Me encantaría estar en Park City, pero también me siento enormemente agradecida porque las devoluciones que me llegan, más allá de que la gente la esté viendo en pantallas más pequeñas, tienen que ver con ese tono más emocional e intimista que yo quería. De todas formas, más allá de los halagos, no deja de preocuparme enormemente lo que está pasando con la economía mundial a nivel general y con la situación del cine en particular. Es momento de estar atentos y de mantener la paciencia”.

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