Adiós, Roberto: la película que abrió la temática gay en la Argentina



Los críticos más encumbrados, de Aníbal Vinelli a Gogo Safigueroa, la definieron como una película “rupturista”, “muy jugada”, “adelantada a su época”. Y tenían razón. Adiós, Roberto fue el primer filme argentino que contó la historia de un romance entre dos hombres. Sí, “con temática gay”. No por nada, siempre se la recuerda, y no sólo en el ámbito de la cinematografía. El 9 de enero de 2017, a propósito de la muerte del paraguayo Cabañas, ídolo de Boca, el diario Olé tituló: “Adiós, Roberto”.

Con dirección de Enrique Dawi, la película se estrenó el 4 de abril de 1985, hace ya algo más de 35 años. Los protagonistas eran dos galanes probadamente heteros, Carlos Calvo y Víctor Laplace.

La trama era muy sencilla, pero difícil de digerir en un país que transitaba los primeros tiempos de apertura democrática, con Raúl Alfonsín como presidente: recién separado de su mujer, con quien había tenido un hijo, Roberto Mazzitelli (Calvo) se va a vivir a lo de Marcelo Estévez (Laplace). Roberto no sabe que Marcelo es homosexual. Se hacen amigos. Una noche, después de una salida, y “pasados de copas”, intiman. A partir de ahí, tal como plantea la sinopsis, “Roberto debe enfrentarse a sus sentimientos” y, lo que es mucho más difícil todavía, “a la mirada de los demás”.

El elenco lo completaban, entre otras figuras, Ana María Picchio en el rol de Marta, mujer de Roberto; Héctor Alterio, como el psicólogo de Roberto; y Pablo Codevilla, que hace de Luisito, amigo de Roberto.

Una escena de “Adiós, Roberto”. El personaje de Calvo estaba casado con Marta (Picchio) y tenían un hijo.

Después de Adiós, Roberto, Dawi, que murió en 1988, dirigió tres películas mucho más livianas: en 1986, con Emilio Disi y Moria Casán, se puso al frente de Brigada explosiva; en 1987, con Juan Carlos Calabró, encabezó Johnny Tolengo, el majestuoso; y en 1988, con Juan Carlos Altavista, Carlitos Balá y Tristán, trabajó en Tres alegres fugitivos.

Para componer a Roberto, Carlín usaba slips rojos (todavía no había llegado la moda del bóxer elastizado) y tenía el pelo muy parecido al de Ciro, ex líder de Los Piojos.

También, sin llegar a decir “fumá, péndex”, ya tenía algunos de los gestos que le veríamos algunos años más tarde en Amigos son los amigos, el ciclo que protagonizaba junto a Pablo Rago en Telefe.

El Marcelo de Laplace, a su vez, que se paseaba por la casa en una bata también roja, llevaba la melena más suelta que las veces que le tocaría interpretar al general Perón.

Además, “culto” y “refinado”, trabajaba de escritor y escuchaba música clásica. Eso sí, las editoriales no querían publicarle ningún libro. ¿Por qué? “Porque en sus historias no había ningún polvito”.

Pablo Codevilla era “Luisito”, amigo de Roberto, el personaje de Carlos Calvo..

“Decime una cosa, ¿vos te volviste loco? ¿Qué carajo te pasa? ¿No viste las pendejas que pasan por la calle? ¿Cómo te vas a estar clavando a un trolo?”, le dice Luisito (Codevilla) a Roberto, en una de las primeras escenas de la película.

Y Roberto le responde: “Si lo decís así, suena terrible”.

Entonces, Luisito se enfurece. “¿Y cómo querés que lo diga? ¿Es trolo o no es trolo?”.

Luisito y Roberto comparten la mesa de un bar “de barrio”, más precisamente, “de Floresta”. Detrás de ellos, los parroquianos juegan al billar.

Además de “políticamente incorrectos”, hay muchos tramos que hoy serían considerados “naif”, “ingenuos”.

En otra escena, el padre de Roberto (Onofre Lovero) le reprocha a su hijo descarriado: “¿En qué carajo nos equivocamos tu madre y yo? ¡Sos la vergüenza de la familia! ¿Cómo nos pudo pasar esto a nosotros, que vivimos en este país occidental y cristiano, que no tenemos cosas raras en la cabeza, como los europeos o los yanquis, que son todos degenerados”.

Después del sermón, lo boxea, como Carlos Monzón a Nino Benvenuti.

Marcela Solá, que interpreta a la madre de Roberto, no habla: directamente, llora a mares, desesperada. Como si le hubieran contado que a su hijo lo iban a enviar a la guerra.

Ana María Picchio, con Víctor Laplace. A “Adiós, Roberto” se la considera un drama “rupturista”.

Y hay más.

Roberto va a la iglesia a confesarse.

“Todos tus pecados serán confesados”, le dice el cura, en este caso, en la piel de Osvaldo Terranova.

“Mire que no son los mismos pecados que cuando era chico”, se mortifica Roberto. Y agrega: “Estoy viviendo en pareja…”.

“¿Y es una pareja irregular?”, se interesa el representante de Dios en la Tierra.

“Bastante”, responde Roberto.

“¿Y no estás casado? No te preocupes, hijo. El señor te va a perdonar. ¿Cómo se llama tu pareja?”.

“Ehhh, se llama Marcelo. Le dije que era un pecado en serio”.

El cura estalla: “¡Idiota! Esto no se arregla en el confesionario!”. Y también lo boxea, como Carlos Monzón a Mantequilla Nápoles.

Ahora, para ponerla al tanto de lo que le pasa, Roberto visita a Chabela, una madama muy bien interpretada por María Vaner. “Mirá, Roberto, por esta pieza pasaron muchos chicos que querían debutar. Y ni uno solo se me pasó al otro bando…”, le dice la experimentada mujer. “¿Y a vos qué te pasó, nene? Porque de chico eras una máquina… Yo siempre dije: este chico, de grande, va a ser Gardel. Y mirá vos, al final sos como Tita Merello”.

Roberto no sabe dónde meterse.

“Trabajé en más de 100 películas. Y viví situaciones maravillosas. Me eligieron para interpretar roles en momentos en los que, por el contexto político o por otras cuestiones, no se podía hablar”, le dice Laplace a Clarín, por teléfono y con entusiasmo, pese al confinamiento provocado por la cuarentena.

“Cuando asumió Alfonsín, en 1983, se empezó a hablar de temas que antes no se hablaban, como la homosexualidad. La homosexualidad era una mala palabra. Un tema tabú. Así como antes de eso no se podía nombrar a Perón, por ejemplo, lo mismo pasaba con la palabra homosexualidad… Por eso, Adiós, Roberto fue extraordinario para mí. Fue un placer hacer la película, en especial, por la repercusión que tuvo en la gente”, agrega el actor que, en 1975, se había visto obligado a exiliarse en México tras haber sido amenazado de muerte por la Triple A. 

carlos Calvo y Víctor Laplace, en “Adiós Roberto”. El filme de Sergio Dawi rompió estereotipos en la época que se estrenó, 1985.

Sobre el estreno del filme, Laplace, que nació en Tandil y tiene 77 años, relató: “La estrenamos en la calle Lavalle, que en aquel tiempo era la calle de los cines. Y fue un éxito descomunal, un boom… No te voy a decir que fue como Juan Moreira, de Leonardo Favio, pero causó un revuelo importante… Atrajo a mucha gente que pensaba que la homosexualidad no es un pecado. Es más, los chicos gays se me acercaban y me decían: ‘muchas gracias por lo que hicieron por nosotros’. Sí, fue muy fuerte. Y eso es lo valioso del cine, ¿no? El cine nos permite soñar y fantasear y, también, dejar un testimonio fuerte. Después hubo otra película que se metió con estos temas. Se llamaba Otra historia de amor, de Américo Ortiz de Zárate. También fue muy importante para la época”.

Si bien se trata de la historia de un romance, en Adiós, Roberto no hay besos entre los protagonistas. Es, en ese sentido, una película “discreta”, que sugiere más que lo que muestra.

“Tal vez no hacía falta mostrar un beso, ¿no?”, plantea Laplace, en referencia a su trabajo junto a Calvo.

Y avanza: “Con Carlín nos planteamos hacer algunas escenas más comprometidas que las que nos pedía el mismo director. Le pusimos todo lo que pudimos: algunas miradas, una mano en el pecho, algunos abrazos… En fin, la relación estaba, y fue creciendo… La película quedó muy bien. Recuerdo una escena extraordinaria de Ana María Picchio cuando va a visitar a Marcelo al departamento que compartía con Roberto. Allí, ella improvisa y rompe una taza contra la mesa de la cocina… Eso no estaba en el guión. Y le dio mucha vida a la película”.

A la hora de responder si le cambiaría algo al filme de Dawi, Víctor comenta: “Sí, a Marcelo no le pondría una bata roja… O no, no sé: si me pongo a pensar, en aquel momento no estaba tan mal que Marcelo usara una prenda de esas características. Había que remarcar algunas cuestiones… Ahora sería diferente. Y, como ya dije, le haría un poco más jugada en el contacto físico… De todas maneras, creo que es una película hermosa, una película de amor, amistad y lealtad”.

-¿Recibieron algún comentario negativo después del estreno de la película?

-Si hubo algún comentario negativo, yo no lo recibí. No era como ahora, que circulan tantas opiniones por las redes sociales, y cualquiera te puede decir “por qué hiciste esa película” o “esa película es una porquería”. En todo caso, nos elogiaban. Es que fue un momento de quiebre, similar, por qué no, a lo que ha estado sucediendo en los últimos tiempos con los derechos de las mujeres.

-Después de dirigir “Adiós, Roberto”, Dawi se puso al frente de tres proyectos completamente diferentes. ¿Por qué cree que tomó ese camino?

-No sé, así son las historias de los realizadores, es difícil juzgar los recorridos artísticos… En su momento, cuando dejó el cine para dedicarse a cantar, Favio fue muy criticado. También está el caso de Fernando Ayala y Héctor Olivera, que filmaron películas con Olmedo y Porcel y después hicieron La Patagonia rebelde… Es, creo, una especie de compensación: el cine comercial les daba la posibilidad de hacer algo más comprometido.

Tras el éxito de Adiós, Roberto, Calvo también tuvo mucho trabajo en el cine, el teatro y la televisión, hasta que se retiró de los escenarios por sus problemas de salud: en 2010 sufrió su segundo ACV (el primero había sido en 1999).

A cada rato, Laplace lo evoca con mucho cariño. 

-¿Cómo siguió su relación con Carlín después de haber trabajado juntos en “Adiós, Roberto”?

-Excelente, con Carlín mantuvimos una muy linda amistad. Es más, cada vez que nos encontrábamos, nos reíamos mucho. Y, al despedirnos, nos decíamos en broma, como tontos: “Adiós, Roberto”.

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