A Juana Molina le perdieron los instrumentos en el avión y eso le inspiró un disco



Juana Molina y los músicos Odín Schwartz y Pablo González llegaban a Copenhague, Dinamarca, para presentarse en la versión 2018 del popular festival de Roskilde. En una secuencia clásica de estos tiempos, se desayunan, ni bien pisar suelo danés, que sus equipos e instrumentos no llegaron con ellos en el avión. Juana recuerda: “Pensamos ‘va a venir todo en el próximo avión’. Nos la jugamos: teníamos tiempo para ir al festival y probar sonido con lo que hubiera ahí o esperar al siguiente avión y salir directo. El nuevo avión aterrizó, los instrumentos no. Llegamos apurados al festival, sobrios, a la tarde. Calor. Desesperación. Nos dijeron “todo bien, acá está lleno de cosas” y no había nada para tocar ¡y en 20 minutos salíamos! Yo no toco con equipo de guitarra, así que tenía que encontrar un sonido en el equipo que había, por suerte era uno que me gusta. No sé qué hicieron los demás mientras tanto… ¡Cada uno en la suya tratando de ver cómo zafábamos!”

Tomaron el tiempo de la prueba de sonido para intentar montar una configuración instrumental que les permitiera tocar la lista de temas que venían presentando. Levantaron el mentón en el desnudo escenario, contaron tres y empezaron el show, plantando cara a un tren a toda velocidad “Fue la actitud más argentina posible: el ‘lo atamo’ con alambre. Vamo’ y lo hacemo””. Era un lío no tocar, hubiese habido un descontento general, incluso problemas para después cobrar. Un estrés…”, dice mientras se agarra la cabeza.

Con un planteo técnico limitado, las canciones del repertorio se vieron obviamente alteradas, simplificadas a los recursos presentes. De la coyuntura nacieron nuevas versiones que Juana considera “increíbles, con mucho power” y de allí surgió una idea: hacer un EP de algunos temas clásicos en estas versiones rudimentarias y adrenalínicas. Bautizado Forfun (“la traducción exacta sería “Para hinchar las pelotas”, aclara Molina) este simpático y potente disquito será presentado el viernes 13 de diciembre en C, dentro del Complejo Art Media, los tickets se adquieren por sistema Ticketek.

Juana nos recibe en su casa, bien al norte de Zona Norte, un oasis imperfecto de vegetación latente, donde todo lo que hay (muebles, perros, VHSs, instrumentos, libros de Van Gogh, discos de Beatles, pinturas y condimentos de varias latitudes del mundo) pareciera estar en constante movimiento.

Luego de darle una mano con la colocación de un estante en la sala de ensayo de la casa, nos sentamos en la cocina.

-Ese show fue una prueba brava de conexión entre ustedes, ¿no?

-De conexión, total. Estuvo muy bueno y nos sirvió para todo lo que vino después. Creo que nos salvó que nosotros ya teníamos la versión medio en joda de Paraguaya, la versión punk, medio que nos colgamos de esa idea.

Juana Molina cuenta que sus amigos le piden entradas de sus shows para sus hiijos. Foto: Lucía Merle

-¿Pudiste con esto comprobar que las situaciones inesperadas suelen sumar más que las estrategias y acciones planificadas?

-Muchísimo más. Sí, claro. Yo empecé a tocar sola porque un día (Alejandro) Franov, dos días antes de una gira me dice “che, no sé si llego…” ¡¿Me estás cargando?!, le digo, “¡nos vamos de gira en dos días!” y me dice “Sí, pero igual me parece que ya es tiempo de que te hagas un set sola”. Yo pensé… (entrecierra la mandíbula) “Bueno, ok”. Empecé a diseñar la estructura arquitectónica de lo que necesitaba, pensar en cómo llegar con la mano a habilitar un efecto, mientras tocaba la guitarra, etc. En dos días armé un show que después toque diez años. Son sacudidas que en general sirven, si tenés voluntad de solucionarlas, porque sino pueden ser el trauma de tu vida.

-En buena parte de tu repertorio hay una cuota grande de “paciencia”: para llegar a los lugares que llegás con tu música hace falta esperar. ¿No te dio “Forfun” ganas de hacer algo más directo en el futuro?

La verdad es que no tengo ni idea de lo que voy a hacer, no sé si voy o vamos a hacer, supongo que vamos. Siempre es un vértigo espantoso. Lo único que aprendí luego de ocho discos, es que siempre creo que no voy a poder hacer otro disco más, siempre por una razón distinta. Puede ser porque no se me ocurre nada, o porque ya no tengo ganas, siempre tengo un miedo que sortear ante la página en blanco de un disco nuevo.

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-¿Por qué pasa esto?

-Porque soy muy inerte, en el sentido de la quietud y el movimiento. Cuando estoy grabando, yo me quedaría grabando 100 discos. Como en las pruebas de sonido, se me ocurren muchas cosas, las quiero grabar y regrabar y en algún momento tengo que parar, terminar un disco y entregarlo.

-¿Y cómo vivís las giras?

-Me encantan, porque nos llevan a un espíritu totalmente adolescente. Estoy muy contenta con mi grupo actual, porque ya me tocó viajar con gente muy seria en plan (pone voz de obsecuente) “vamos a hacer este trabajo”, gente que no eran amigos. A los chicos les hincha un poco eso de mí. Yo soy muy de ir todos juntos todo el tiempo y ellos quizá prefieren leer, o hablar con sus novias, estar solo en sus cuartos… Yo no tengo esa necesidad, de estar sola un rato (risas).

-Veo que tenés condimentos de otros lugares en tu cocina. ¿Sos de disfrutar de la cultura de cada lugar que vas?

Juana Molina dice que en las giras no hay tiempo para nada. Foto: Lucía Merle

-No hay tiempo de nada en nuestras giras: es llegar, tocar e irse, de lo contrario los números no rinden. Cuando hacemos giras cortas tocamos todos los días y en las largas, como cuando me fui seis semanas sola y seis con David Byrne, parábamos una vez por semana. Tocar al día siguiente luego del de descanso era como volver a hacerlo luego de 20 años… ¡Dios! Nunca necesité ni me sirvió parar. Me pasaba cuando hacía temporada en Punta del Este, que era un éxito rotundo y hacíamos dos funciones todas las noches y luego de un mes, un 1 de febrero decidimos parar. Me pasé el día en una playa cercana con una amiga, me cagué de risa, conocí gente, todo. Volví al teatro medio con la lengua afuera y fue un desastre ese show. Había pasado una vida en esos dos días. Un desastre, una desconcentración total, nunca me voy a olvidar de esa noche. Pensando todo el tiempo “me tengo que concentrar”, como en el chiste ese de Mafalda que está Felipito en los cuatro cuadros sentado en el banco del colegio pensando “voy a concentrarme en todo lo que dice la maestra”, en el siguiente “voy a escuchar cada palabra que siga” y en el tercero “y así podré repetir todo lo que nos enseñó” y en el último la maestra pregunta “¿Entendieron chicos?” y todos “¡Sí, señorita!” y Felipito se queda con los ojos enormes abiertos sin entender nada (risas). Él intentaba concentrarse, no estaba concentrado.

-¿Cómo te pega dejar de presentar tu último disco hasta ahora, Halo?

-Y, ahora entiendo a esas estrellas de rock que hacen shows de cuatro horas, que tienen 25 discos… ponele que sacas nada más que dos temas por disco… ¡Tenés mil temas para tocar! Cada vez que saco un disco tengo que pensar en “uy, ¿y aquel tema ya no lo puedo tocar más?” Y así van quedando temas afuera, que incluso me los olvido, pero es que no queda otra, sino tengo que hacer shows de dos horas y media. 

-Bueno, después aparecen las giras de discos, que por lo general se las ve como recursos comerciales…

-Para mí no es comercial, es al revés. Cada vez que presentamos un disco nos proponemos tocar el disco entero. Bien, nunca lo hicimos. Ni siquiera en la presentación. Porque hay temas que no podés dejar de tocar, salvo que no tengas más ganas. Como cuando yo dejé el programa de tele: realmente no tenía más ganas de hacerlo.

En su casa. Allí recibió a Clarín Juana Molina. Foto: Lucía Merle

-Haber dejado el programa de tele fue una decisión importante en la que no te equivocaste. ¿Usás ese incentivo cuando te enfrentás a nuevos retos o dudas en tu carrera?

-No, son cosas que no tengo presentes. Tengo momentos de inseguridad y justamente se caracterizan porque ahí me siento perdida, no tengo la referencia de lo bien que hice otras cosas. En ese momento sos lo menos; “todo lo que hago es una mierda”, “esto a quién le importa”. Cuando llega ese momento, no influye todo lo bueno que hiciste, toda la gente que me cruza por la calle y le dan ganas de abrazarme, que es algo que me emociona porque yo siento que la gente cada vez me quiere más. Es increíble. Pareciera que finalmente se fraguaron mi pasado y mi presente y pasó algo. Tengo esa sensación, quizá me estoy comiendo cualquiera. Al principio era como “ay, esta que dejó la tele, bla, bla, bla” y después fue “uy, mirá esta que dejó la tele y que hizo esto, y luego aquello”. Me parece que con el tiempo, todo lo que hice sumó.

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-También que hay una nueva forma de pensar del público, ¿no?

-¡También, claro! Yo siento que ahora me quieren de verdad. Lo veo cuando se acercan y eso… (se emociona) Es increíble ¿entendés? Antes no me pasaba, cuando estaba en televisión, yo sentía una cosa más de cholulismo, esto no es cholulismo, es amor. ¡Lo siento! Debe haber cholulos entre mis fans, pero otros me quieren, ¡sienten que soy importante en sus vidas! Y eso es increíble…

-Esto puede ser abrumador para algunas personas… ¿no?

-Bueno, una cosa es que te quieran y otra que te acosen.

-Seguro, me refería a que quizá ese vínculo lo podés sentir como una responsabilidad.

Sí, sí, lo sentís un poco como una responsabilidad, sentís que no los querés defraudar… y sobre todo en esta época en que la gente lo que quiere ver es a un artista que confía en sí mismo en el escenario. Es el máximo valor de esta época. El otro día vi la película de Elton John y el tipo estaba re seguro de sí mismo. Tenía miles de problemas, pero salía al escenario y la rompía.

-Hay otra cosa curiosa que se ve en tus shows y en otros de música experimental y es que por lo general el público es bastante más joven que el artista.

Juana Molina y la naturaleza de su hogar. Foto: Lucía Merle

-Los hijos de mis amigos son mis fans. Mis amigos me llaman para pedirme entradas para sus hijos, no para ellos. No tengo una explicación, aunque estoy súper agradecida de tener público joven, me hace sentir que no me estoy equivocando, y parecería denotar que mi música es atemporal, como yo creo que es. La atemporalidad no apunta a ninguna edad, porque no tiene precisamente esas referencias. Por supuesto que están mis influencias, que ya son una mezcla y no sé quién las puede distinguir, el resultado es “salió esto”. Realmente no tengo ningún prejuicio con la música. ¿Suena? ¿Me gusta cómo quedó? ¿Me transportó ese tema? Si me transportó a mí, puede transportar a otro. Siento que pasa algo que va más allá de mí, siento lo que dicen las distintas escuelas del Zen. Sólo me pasa cuando estoy haciendo música bien. No me pasa todo el tiempo, pero las cosas que me salieron así, esas van todas al disco. Siempre. Y las que no me, por ahí me gustan durante una semana ¡y no las borro! No sé por qué. Tengo mucho miedo que algún día me muera y editen todas esas mierdas asquerosas (risas). Tengo una carpeta que se llama “Estas no”. Espero que respeten ese nombre. O si las editan, que se llame Estas no. El disco (risas). Está bien también hacer cosas horribles, porque las tenés ahí en gateras y te las tenés que sacar de encima. No es que sólo depurás belleza.

WD

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