A cinco años de la muerte de David Bowie, un artista para alabar por siempre



Hace unos días se anunció el lanzamiento de un par de singles de David Bowie, de quien este 10 de enero se cumplen cinco años de su muerte. Se trata de dos versiones, una de “Mother”, aquella catarsis provocada por la terapia primal del doctor Arthur Janov que John Lennon grabó para su disco post-Beatles John Lennon/Plastic Ono Band (1970) y “Tryin’ to Get to Heaven”, una gran canción de Time Out of Mind (1997), el álbum que nos devolvió a un Bob Dylan potente e inspirado después de un inicio de década discreto con tres discos algo erráticos como Under the Red Sky (1990), Good as I Been to You (1992) y World Gone Wrong (1993).?

El músico británico grabó esas versiones -que estarán disponibles a partir de este viernes en un single en vinilo de edición limitada -unas 8.000 unidades que se venderán en la web oficial de Bowie- en 1998, un año en el que estuvo de gira presentando el repertorio de Earthling (de hecho, en noviembre de 1997 pasó por Buenos Aires para ser el plato fuerte del Festival Rock & Pop realizado en el estadio de Ferro), mientras preparaba el material de su próximo disco, Hours (1999). Una época de transición en la que Bowie se puso a tiro con las tendencias, en lugar de marcarlas, como era costumbre: experimentos con el drum’n’bass y la música industrial y alguna mirada melancólica hacia el pasado (chequear la balada acústica “Seven”, de Hours), con el pirotécnico guitarrista Reeves Gabriels como socio privilegiado.

Se enfrentó a su propia desaparición física con las armas que mejor manejó a lo largo de toda su vida: la convicción artística, el estilo, la invención

La noticia de la aparición de estos dos covers llega cuando se están por cumplir cinco años de la muerte de este artista visionario y camaleónico que transformó su propia despedida de este mundo en un hecho artístico: más que un ademán de resignación o angustia, Blackstar(2016) -apuntalado por aquel inquietante y premonitorio videoclip del single “Lazarus”, donde un Bowie con 69 años recién cumplidos, y que a esa altura sabía perfectamente que su tiempo entre nosotros sería escaso, levitaba con los ojos vendados- fue la exposición pública de una cruda toma de conciencia. “I’m not a popstar, I’m a blackstar”, cantaba con tono lúgubre en el track de apertura del disco, como para dejar claras las cosas de movida.

En el video de ese tema (“Blackstar”) también había otras señales inequívocas: en un escenario similar al del Fausto de Murnau, un film de 1926 marcado por las huellas del expresionismo alemán y la pintura romántica que Bowie tanto admiraba, el músico extraía una calavera del interior de un traje de astronauta, cerrando dramáticamente el largo viaje del célebre Major Tom que partió en “Space Oddity” y pasó por “Ashes to Ashes” y “Hallo Spaceboy” antes de finalizar su particular misión espacial. También aparecía sacándole la lengua y haciéndole pito catalán al destino que tenía apenas a unos pasos. Verlo hoy, con la perspectiva que propicia el paso del tiempo, impacta. Ni siquiera en un momento tan definitivo Bowie tuvo una actitud de cobardía. Se enfrentó a su propia desaparición física con las armas que mejor manejó a lo largo de toda su vida: la convicción artística, el estilo, la invención. Una prueba categórica, en suma, de una sabiduría invencible.

El gusto de Bowie por las versiones es conocido: ya en Pinups (1973) le rindió homenaje a la música que lo marcó en la década del 60, antes de convertirse en la figura que flotaría simbólicamente en el espacio exterior para observar el panorama musical por encima de todos durante la década del 70, como lo habían hecho antes Elvis Presley en los 50 y Dylan en los 60 y lo haría después Prince en los 80. Bowie exhibió en público su pleitesía a Syd Barret, The Who y The Kinks mientras la prensa le exigía, con los ofuscados modales del cliente ofendido, otra obra maestra a la altura de Hunky Dory (1971), The Rise and Fall of Ziggy Stardust and The Spiders From Mars (1972) y Aladdin Sane (1973). La respuesta no tardó en llegar, de todos modos. Y vino cargada del tono profético del Orwell de 1984: “Diamond Dogs” (1974) era un reflejo apocalíptico de una época hostil (serios problemas energéticos en el Reino Unido por una huelga de trabajadores mineros, el novelesco secuestro de Patty Hearst, la crisis del petróleo, el Watergate, el asesinato de Alberta, la madre de Martin Luther King). “This is not rock & roll, this is genocide”, le gritaba Bowie a un mundo que parecía completamente enloquecido.

Unos años más tarde, después de coquetear con la música negra con un disco encantador y glamoroso en el que brilla la guitarra de Carlos Alomar y se huele el perfume dulce de Motown -Young Americans (1975)-, Bowie empezó a sugerir su interés por la mecánica fría del krautrock en Station to Station (1976), prolegómeno teñido de funk y prog-rock a su famosa etapa berlinesa, una de las más brillantes y sin dudas la más aventurera de su carrera. Se dijo muchas veces que Bowie llegó a Berlín no tanto por la fascinación que le provocaba una ciudad en la que todo parecía posible, sino para escapar de su adicción a la cocaína. Que haya elegido al Iggy Pop de esos años como compañero de ruta -en Alemania produjo en un mismo año, 1977, The Idiot y Lust for Life, dos obras cumbres de la carrera solista del frenético líder de los Stooges- no fue un gran aval para esa teoría (de paso, la estatura de Bowie como productor ya había quedado clara con su trabajo en Transformer (1972), de Lou Reed). Especulaciones al margen, el consumo excesivo fue, como suele ser muy habitualmente, la manifestación de un malestar interior. La sobrealimentación del ego había provocado algunos desequilibrios emocionales que se potenciaron en un escenario en el que Bowie había empezado a torturar a Bowie: “Vivir en Los Ángeles es como estar atrapado en el set de una película que no querrías ver”, declaró con su sagacidad corriente.

Imagen facilitada por el museo Victoria y Alberto de David Bowie posando para la portada de su disco Aladdin Sane, de 1973. Diseño de Brian Duffy y Celia Philo, con maquillaje de Pierre La Roche Fuente: EFE

En la devoción por la estética de Kraftwerk y Neu!, Bowie encontró una salida posible al laberinto de espejos de su propio estrellato, como bien apunta el crítico inglés Simon Reynolds en su libro Como un golpe de rayo. El glam y su legado, de los setenta al siglo XXI. Con Brian Eno como guía, Bowie inició su proceso de “desamericanización” con Low (1977), un disco que prefiguró a su modo la explosión de la new wave y se perfiló como vanguardista con un repertorio de ambient sombrío cargado de sintetizadores robóticos y disonantes que podían, y pueden, leerse como la metabolización del asombro que le provocó la insensatez del Muro de Berlín. “Un extraño híbrido entre Roxy Music, los discos solistas de Eno, Talking Heads y el gamelán indonesio”, escribió con perspicacia John Rockwell en The New York Times. Luego completó la trilogía con Heroes (también de ese 1977 tan fructífero), que redobló la apuesta de su predecesor con la incorporación de la guitarra extraterrestre de Robert Fripp y dejó a un lado la depresión típica que llega después de la desintoxicación (Low fue un título pensado para graficar el estado de ánimo de Bowie en aquella etapa) para pasar a la ironía filosa, siempre con el yo como eje de rotación (“Es genial estar dentro de uno mismo, bajemos las persianas y a la mierda con todo y todos”, disparó él mismo en una entrevista de esos años).

Ya con Tony Visconti como parte de un equipo en el que Eno seguía igualmente siendo una pieza fundamental, cerraría ese virtuoso ciclo alemán con Lodger (1979), un álbum mucho más conectado con el mundo que los dos anteriores (la primera pista, “Fantastic Voyage”, es una sátira sobre las taras de la Guerra Fría tan ácida como Dr. Insólito o: Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba (1964) de Stanley Kubrick) y en conversación fluida con la renovación radical que había desplegado Talking Heads en sus tres primeros discos -Talking Heads: 77 (1977), More Songs About Buildings And Food (1978), Fear of Music (1979)- que la banda liderada por David Byrne continuaría en Remain in Light (1980), retroalimentación de todo ese compost sonoro que finalmente decantó en My Life in the Bush of Ghosts, colaboración entre Byrne y Eno de temperamento omnímodo y tono anticipatorio que señalaría el horizonte de mucha de la música que se produjo en los próximos veinte años.

A cinco años de la desaparición física de Bowie, sigue siendo difícil abarcar con una mirada estándar todo lo que produjo artísticamente, hacerle justicia a su obra inmensa, dar cuenta de todos y cada uno de sus oportunos cambios, sintetizados a la perfección en la ética incorruptible de “Changes”, uno de sus hits más significativos, elaboración profunda del estupor que le provocaba un mundo que le ofrecía millones de alternativas al alcance de la mano y evanescentes al mismo tiempo. “Veo cómo las ondas cambian de medida, pero nunca abandonan la corriente de la cálida impermanencia. Así, los días flotan delante de mis ojos y sin embargo parecen los mismos. El tiempo puede cambiarme, pero yo no puedo rastrear al tiempo”. Todo eso nos sigue diciendo esa extraordinaria canción que se nutre de algunas enseñanzas básicas del budismo y permite tomarnos el atrevimiento de pensar al pop también como religión. Es palabra de Bowie. Te alabamos, señor.

Cinco libros para saber más de Bowie

*Como un golpe de rayo. El glam y su legado, de los setenta al siglo XXI, de Simon Reynolds (Caja Negra): Más que una historia del glam, un género del que Bowie es referente indiscutible, este libro editado en Argentina en 2017 propone un análisis detallado y muy agudo sobre cómo su estallido produjo la ruptura con los valores del rock de la era del hippismo. La autenticidad y el compromiso político sobreactuados versus una sensibilidad más fluctuante que luego decantaría en el posmodernismo.

* David Bowie, una extraña fascinación, de David Buckley (Ediciones B): Muy buena biografía de un escritor doctorado en Música popular en la Universidad de Liverpool que también escribió libros sobre The Stranglers, Roxy Music y Kraftwerk. “Bowie fue escandaloso, ambiguo y artificial, pero al mismo tiempo muy genuino. Quizás él se moleste por el tono crudo con el que cuento algunas historias de su vida y su obra, pero tuvo la oportunidad de contestar y no quiso”, aseguró alguna vez el autor de este libro cuya primer edición apareció en 2001.

* David Bowie. Starman. La biografía definitiva, de Paul Trynka (Alba): Libro publicado en 2011 y basado en cientos de entrevistas a amigos y detractores de Bowie, le presta especial atención a sus relaciones con otros grandes artistas (Brian Eno, Iggy Pop, Lou Reed, Mick Jagger). Editor de la famosa revista inglesa Mojo entre 1999 y 2003, Trynka desafía algunos de los tópicos establecidos sobre la carrera del músico con una investigación muy elaborada y asegura sin ruborizarse que “David Robert Jones, un joven con más encanto y ambición que talento (¡!), logró encontrar la fórmula mágica para forjar su personalidad y su destino”.

* El club de lectura de David Bowie, de John O’Connell (Blackie Books): En 2013, al inaugurarse una enorme exposición dedicada a Bowie en el londinense Victoria and Albert Museum, el propio artista hizo pública una lista de las cien lecturas más importantes en su vida. Esa data que provocó el éxtasis de sus fans más acérrimos fue el disparador de este original volumen donde se comentan todos esos libros y se aventuran hipótesis sobre su influencia en la obra del Duque Blanco: aparecen, entre muchos otros, En el camino (Jack Kerouac), 1984 (George Orwell), La naranja mecánica (Anthony Burgess), Lolita (Valdimir Nabokov) y El maestro y Margarita (Mijaíl Bulgákov).

* Bowie por Bowie. Entrevistas y encuentros con David Bowie, editado por Sean Egan (Planeta): Esta compilación de muchas de las mejores entrevistas que Bowie concedió en sus cincuenta años de carrera es algo así como una potencial autobiografía creada a partir de las declaraciones que hizo a la prensa, siempre reflexivas y estimulantes. Uno de los artistas más estudiados de la historia de la música contemporánea expresado en sus propias palabras, que a lo largo del tiempo configuraron un discurso que, observado como un todo, destila heterogeneidad y abunda en meditaciones ambivalentes sin por eso resignar solidez.

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