A 90 años del nacimiento de Alfredo Alcón, el actor que fue sinónimo de su profesión



“Yo no oigo cuando me dicen maestro. Me río”. Alfredo Alcón le esquivaba al estereotipo y mucho más a la glorificación. Sin embargo, el actor, que este 3 de marzo hubiera cumplido 90 años (nació el 3 de marzo de 1930), se convirtió en sinónimo de su profesión y en un referente para todos sus colegas. Pero él insistía: “El que se cree un maestro es un pelotudo”, comentó en una entrevista con Clarín, unos años antes de morir.

Además de su talento, lo que más lo identificaba era su humildad a pesar del recorrido que lo llevó hasta ser considerado el actor nacional por excelencia. Aún hoy, a casi seis años de su muerte (el 11 de abril de 2014), su legado sigue presente. Aunque hay muchos actores y muy buenos en la escena local, todavía ninguno ligó el mote como sucesor de Alcón. 

Criado en una familia de clase media entre Ciudadela y Liniers, desde adolescente tuvo muy definida su vocación. Y se formó con grandes maestros, esos que hoy están inscriptos en salas y espacios como próceres del teatro: Antonio Cunill Cabanellas y Margarita Xirgu, entre otros.

Trabajó en radioteatro, cine y teatro, con figuras que van desde Tita Merello y Mirtha Legrand hasta Graciela Borges. En sus inicios fue galán, interpretó a José de San Martín (en El Santo de la espada) de Leopoldo Torre Nilsson y también al Diablo en Nazareno Cruz y el lobo, de Leonardo Favio.

Arriba del escenario fue Hamlet. Y transitó por textos de Sófocles, Arthur Miller, Federico García Lorca, Manuel Puig, Tennessee Williams, Roberto Arlt, Eugene O’Neill, Roberto Cossa, Henrik Ibsen, Samuel Beckett y William Shakespeare. Es decir, media historia del teatro universal pasó por su voz y por su cuerpo.

Alfredo Alcón como Rey Lear, en uno de los tantos personajes de William Shakespeare que interpretó.

Lo dirigieron grandes nombres del teatro nacional como Agustín Alezzo, Carlos Gandolfo y Omar Grasso, y también otras figuras contemporáneas como Rubén Szuchmacher, Daniel Veronese y Javier Daulte.

El mismo dirigió varias obras, entre ellas, la de su despedida, en 2013. En Final de partida, donde compartió protagónico con Joaquín Furriel en lo que fue su última actuación. El título no podía ser más simbólico.

“El que encuentra rápido es porque busca poco: cuando empiezo a trabajar, estoy tan inseguro, que me sobran los brazos. La experiencia puede llevar a ritos mecánicos, a perder frescura. Creés que sabés y perdés todo”, dijo en la entrevista con Clarín. “Hay gente que tiene una teoría espléndida y sabe explicar todas las cosas, pero yo no sé.”

El talento de Alcón también fue reconocido en España, donde pasó varias temporadas con la misma repercusión: grandes nombres de la escena española marcaron su trabajo y Alfredo dejó su huella en ese país también. En la Argentina, el Teatro San Martín fue como su segundo hogar; en España, el Centro Dramático Nacional.

Todos los que lo conocieron coinciden en destacar que, antes que un actor impresionante, Alcón fue un hombre de una sensibilidad extrema. Cultivando la humildad y hasta con rasgos de timidez, abajo del escenario, Alfredo era como niño grande que descubría que lo habían estado viendo actuar un rato antes. Y hasta parecía darle pudor el elogio.

“Final de partida” Alfredo Alcón se despidió de los escenarios y de la vida con esta obra de Samuel Beckett, junto a Joaquín Furriel.

Hace muchos años pero cuando Alcón ya era considerado el actor por excelencia, esta cronista tuvo que llamarlo para convocarlo a participar de una sección, hasta entonces, inédita: el Álbum de fotos. Una figura conocida era invitada a mostrar retazos de su vida menos conocidos a través de algunas fotos personales. Alfredo respondió a la invitación con absoluta entrega.

Recuerdo perfectamente que me citó en una confitería, en la esquina de su casa, donde solía ir a tomar el té y donde los mozos lo atendían con devoción. Llegó, puntual e impecable, con un sobre de papel madera, lleno de fotos. Casi todas en blanco y negro.

A medida que emergían del sobre las imágenes corría ante mis ojos casi toda la historia del teatro y el cine nacionales. También había fotos de su infancia y otros momentos más íntimos de su vida. El relato que acompañaba cada imagen era fascinante, y así se sucedían una anécdota tras otra, narradas entre la alegría y el susurro.

“No sé si les será útil. Es lo que les puedo ofrecer”, dijo casi como disculpándose. En ese momento, a la admiración le sumé un sentimiento de ternura que guardo entre mis mejores recuerdos con entrevistados.

E.S.

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