A 50 años de su muerte, cómo fueron las últimas horas de la vida de Janis Joplin: un cóctel de droga, desamparo y rock and roll



Jamás, antes de que apareciera Janis Joplin, alguien había cantado en el rock como lo hizo ella. Tampoco hubo quien lo hiciera después de que el domingo 4 de octubre de 1970 su road manager, John Byrne Cooke, la encontrara sin vida junto a la cama de su habitación en el Landmark Motor Hotel de Los Angeles. Janis tenía 27 años, y esa vez la heroína y el alcohol pudieron más que su ajetreado cuerpo.

Era el fin de una historia de poco más de tres años de inusitada intensidad, y el comienzo de una leyenda que lleva 50. Parte de la religión del rock, que un par de semanas antes, en Londres, había pasado a esa categoría a Jimi Hendrix y que en unos meses más, en París, incorporaría a su “club de los 27” a Jim Morrison.

La imagen es como sacada de una película. Janis está tirada ahí, en una posición incómoda, con su cabeza y su hombro encajados entre la cama y la mesita de luz. Su mano aún sostiene cuatro billetes de un dólar y dos monedas de 25 centavos; sobre la otra mesa de luz, del otro lado del lecho, hay un caja de Marlboros.

Poco más de tres años le alcanzaron a Janis Joplin para convertirse en una leyenda que fue mucho más de las anécdotas del “verano del amor”, a fuerza de grandes interpretaciones. /Foto AP

Todo esta en su lugar en la habitación. Sus pañuelos siguen cubriendo las lámparas tal como ella los puso para suavizar la iluminación; la cama está hecha. En uno de los cajones hay una aguja hipodérmica y una cuchara. También droga, aunque después la policía dirá que no había nada. En los demás, sólo ropa. Y algo de sangre seca, en su rostro.

Aturdido, el hombre apenas presta atención al ruido de motores que llegan desde la Avenida Franklin y reconstruye la secuencia: Janis salió a buscar cambio para comprar cigarrillos en la máquina expendedora del lobby del hotel, regresó, se sentó en el borde de la cama y, antes de llegar a encender uno, se balanceó hacia delante, su cabeza golpeó el canto de la mesita de luz y todo terminó.

Cooke la conoce bien. Él es quien la acompañó a sol y sombra desde poco después de su irrupción en el Monterey Pop Festival, en junio de 1967, hasta este momento. “Es como una escena de una novela de Raymond Chandler: un cuerpo encontrado en un cuarto de hotel de Los Ángeles. Verlo de esa manera ayuda a correrlo del plano real. No tengo duda de que lo es, pero ayuda, y puedo aceptar esa paradoja”, escribió en su libro On the Road with Janis Joplin.

Apenas un rato antes, el road manager compartía un rato con Dave Barry, un viejo amigo que quería mostrarle una canción a la cantante, antes de que regresara al estudio Sunset Sound. Allí, los integrantes la su banda, que ahora era la Full Tilt Boogie, la esperaban para completar la grabación de su primer álbum realmente solista, Pearl. Sólo restaba ponerle la frutilla al postre. La sesión del día anterior había sido fantástica.

A Janis sólo le faltaba ponerle voz a Buried Alive in the Blues. El resto estaba listo. El “resto” incluía Cry Baby, Me and Bobby McGee, Mercedes Benz, Get It While You Can, A Woman Left Lonely… Ahí, en esa última canción, Janis había cantado, con esa asombrosa mezcla de angustia y ternura que a veces transmitía su voz, que “una mujer a la que se la deja en soledad se va a cansar pronto de esperar; y hará cosas locas, sí, en ocasiones solitarias”.

Fue entonces, cuando ya se había casado de llamar a Janis a su habitación, que Cooke recibió el alerta del productor Paul Rothchild. Él, los músicos y los técnicos llevaban una hora esperándola. Cooke cortó y salió junto a Barry, pero no hay señales suyas ni en la pileta ni en el patio del hotel. Tampoco la vieron Vince Mitchell ni Phil Badila, ambos, parte de la crew.

Los cuatro subieron al Volvo de Cooke, quien detuvo su marcha apoco de arrancar, cuando vio el Porsche convertible y psicodélico de Joplin estacionado frente a su habitación. Adentro, la luz está prendida. El conductor da marcha atrás, pide que lo esperen, baja, camina hasta la puerta 105, golpea y sólo recibe silencio por respuesta.

Janis, y su Porsche Type 356 C Cabriolet. la cantante era una apasionada de los “fierros”.

Cooke no sabe por qué, pero tiene su copia de la llave encima. Y la usa. “No hay nadie. Esa es la sensación que tengo cuando veo a Janis en el piso, al costado de la cama. Antes de tocar esa carne, sé que es sólo una cáscara recipiente. El espíritu ha partido”, contó después. Parece de película, pero no lo es.

Dicen que Janis tuvo una muerte en sintonía con su tormentosa vida. Que lo fue, y de eso no hay duda. La infancia, en la conservadora y religiosa Port Arthur, en el sur de Texas, donde había nacido el 19 de enero de 1943, hija de un ingeniero y una secretaria. La adolescencia, con la piel marcada por un acné que requirió un tratamiento para mejorar la textura de su rostro; el cuerpo, por un sobrepeso que la convertía en el blanco de la agresión fácil; y el alma, por el bullying suyo de cada día. La juventud, una vorágine espiralada de drogas, sexo y alcohol. Pero tal vez su muerte no haya sido tan así. 

Freak, inadaptada, rara… En estos días, Benito Cerati posteó un esclarecedor dibujo entre los tantos que nos regaló Quino: allí, un padre, con la anuencia de su esposa, reprende a su hijo por haber dibujado una línea curva en un mundo de ángulos rectos.

“Una verdadera obra de arte”, escribió el líder de Zero Kill. Algo de eso hubo en la vida de la hija de Dorothy Bonita East y Seth Ward Joplin (1910–1987), y hermana de Michael y Laura. Sólo que cuando todo parecía pintado de un gris eterno, las voces de Bessie Smith y Ma Rainey le dieron color a su futuro. Cantar: ahí estaba la clave; su lugar, su identidad. Y en la San Francisco que se hacía una de las grandes sedes del “verano del amor”, su base de operaciones.

“Lo estoy haciendo, man. Por primera vez en mi vida, creo que puedo cantar”. Eso contó que le dijo Janis el DJ, productor y personaje contracultural de los ’60 Milan Melvin, uno de los hombres con los que la cantante se involucró sentimental y sexualmente. Fue en una de las dos ocasiones en las que se cruzaron, cuando faltaba menos de un año para que ella muriera.

Para entonces, Janis llevaba editados tres discos, Big Brother and the Holding Company (1967), Cheap Thrills (1968), I Got Dem Ol’ Kozmic Blues Again Mama! (1969), y se había convertido en un ícono. No mucho más que tres años antes, su irrupción en el Monterey Pop Festival, en junio de 1967, fue una patada al tablero del rock, y desde entonces, pasando por el Carousel Ballroom, el Fillmore East de Nueva York, el Winterland Arena de San Francisco y mil lugares más, pasando por Woodstock ’69, su imagen había crecido de una manera fenomenal. Janis fue, efectivamente, un fenómeno que, además, vendía mucho.

Metidos a profundizar en ese “fenómeno”, habrá quienes elijan quedarse con su versión contestataria, feminista, y liberada; o quienes prefieran la excitante novela de la chica adicta al sexo de todo tipo y factor con tracción a alcohol -primero el whisky y después la vodka-, heroína y otras sustancias; o los que hagan foco en el maltrato a punto del abandono al que Janis sentía que sus hombres y mujeres la condenaban una y otra vez. La frase que lo sintetiza es un clásico: ”Cuando canto es como si le hiciera el amor a 25.000 personas, pero luego me voy a mi casa y estoy sola”.

Y es verdad que Janis era todo eso junto. Pero en esos tres discos, además, la voz de Janis está inmortalizada a través de canciones como Bye Bye Baby, Down On Me, Combination of the Two, Summertime, Ball and Chain, Try (Just A Little Bit Harder), Little Girl Blue y Maybe. Y en ellas, su capacidad de interpretación y su voz se confabulan para apoderarse sin remedio de las emociones de quien las escuche. Sin ellas, todo lo demás no habría sido más que una anécdota con fecha de vencimiento.

Janis Joplin y su sonrisa inmensa, que de golpe se convertía en un estrépito aguardentoso que lo ponía todo bajo su efecto casi hipnótico.

Janis es, ante todo y sobre todo, sus canciones. Y lo es aunque recién a finales de 1969 sintiera “por primera vez” en su vida que podía cantar. Eso era una cuestión de ella, pero se puede no estar de acuerdo. El paso del tiempo permitió, además, el rescate de muchas de sus grabaciones en vivo que ratifican que fue -es- única en su especie.

En escena, su presencia era tan avasallante como conmovedora, capaz de pasar de la excitación a la consternación en apenas unos segundos. Sus alaridos y susurros decididamente convertían sus shows en una especie de sube y baja emocional constante. Para Janis, cantar era lo más parecido “a hacer el amor”: la totalidad, lo real. Cero actuación. 

El paso del tiempo permitió saber, también, que su muerte encaja raro en un tempo en el que parecía que había encontrado su eje.

Con el plan de grabar Pearl en sus cabezas, la cantante y Rothchild llegaron a Los Angeles el 6 de septiembre de 1970 y establecieron de inmediato una rutina de trabajo, que consistía en escuchar una lista de temas entre los cuales serían elegidos los que irían al disco. En el estudio, la tarea arrancaba después del mediodía. Y todo terminaba, invariablemente, con unos tragos en el Barney’s Beanery.

Según Cooke, el clima laboral era bárbaro. Janis estaba encantada con Rothchild, que le pedía que explorara nuevas formas en su voz. “Parece que tuviera dos voces”, me dice mi hija de 9, mientras escribo esto y Joplin suena en un loop eterno. De eso, precisamente, hablaba el productor.

Del otro lado, el propio Rothchild confesaba estar asombrado por la dedicación de la cantante. Desde su respeto por los horarios hasta el afecto que les transmitía a sus músicos, pasando por su entrega irrenunciable y su capacidad para almacenar información, todo le llamaba la atención. Además, ambos compartían la pasión por los autos, y salían a dar vueltas por ahí en sus Porsches.

“Ella maneja como un hombre”, contó Cooke que le dijo. Signo de los tiempos. También que los dos hemisferios cerebrales de Janis trabajaban a la par, y que esa era una extraña combinación, en las mujeres. Y también en los hombres.

Janis Joplin, en el Newport Folk Festival con su banda Big Brother and the Holding Company y el despliegue absoluto de su talento incomparable. /Foto AP

Todo estaba bien, entonces. Sólo que había un momento en el que las luces del estudio se apagaban, los demás se iban a dormir y los demonios, que podían tener cara de hombre o de mujer según el momento, volvían a salir de sus escondites en busca de la Janis vulnerable; la Janis sin escudos. La que pedía a gritos un poco de amor, de comprensión y de contención. Tan poco. Tan mucho.

En su sinuosa línea de “conquistas”, que oscilaba entre muchachos carilindos y de buena apariencia y personajes que podían interpretar a algún ‘Yeti’ de ciudad, el elegido del momento era Seth Morgan; un chico bien que cursaba en la Universidad de Berkeley, atesoraba siempre en el bolsillo unos gramos de coca que gustaba combinar con whisky del mejor, y se estaba dando sus grandes gustos en vida.

Cooke aseguró que con Seth hasta habían hablado de casarse. Sólo que el chico lindo del barrio no sentía que debía pasar las semanas allí -“Me sentía fuera de lugar en el (hotel) Landmark. No pertenecía a ese lugar, del modo en que ella quería”, dijo luego, alguna vez- y había decidido visitarla sólo los fines de semana. Mal presagio.

Jimi Hendrix y Janis Joplin, juntos en los camarines del Festival Monterey Pop. El primero murió el 18 de septiembre, la cantante, dos semanas más tarde. Los dos tenían 27 años.

De la nada, en el lugar que dejó libre Morgan, Peggy Caserta recuperó la bendición de Janis para estar a su lado, meses después de que la hubiera echado de su casa junto a sus amigos ‘drogones’. Caserta había sido su pareja y también, según Cooke, una compañera de experiencias alucinadas. Por eso al road manager no le extrañó ver, una de esas tardes, que los ojos de Janis miraban distinto. Las pupilas frías y brillantes, la cara libre de emociones. Era un día antes o después de la muerte de Hendrix.

“Es sólo por un rato”, era el argumento. La bebida afectaba el canto de Janis; un “pase”, en cambio, la ayudaba a mantenerse en acción durante las largas horas de toma tras toma en el estudio. Esa era su excusa. Mientras, ella seguía con la idea de firmar un contrato prenupcial con Morgan, a quien no se le ocurrió mejor idea que postergar, ese fin de semana, su llegada al Landmark. Sólo 24 horas. Una vida.

Aún así, nada se veía fuera de control. Después de dejar Pearl casi a punto caramelo, el plan del sábado a la noche fue calcado del de los días previos: la cantante recorrió los 10 minutos que separan los estudios Sunset Sound del Barney’s Beanery, en el 8447 del Boulevard Santa Monica junto a Bennett Glotzer, socio de su histórico manager Albert Grossman.

Compartieron varios tragos. Janis sólo tomó dos, porque le esperaba un día más de grabación. El último. Pero ahora la escena es la de Glotzer en la habitación en la que todavía nadie tocó el cuerpo de la diosa blanca del blues. También está Seth Morgan, que acaba de transitar los 25 minutos que separan al aeropuerto de Burbank de la 105 del Landmark. Hagan la prueba: si buscan “Landmark Hotel” en Google Maps, la aplicación cambia automáticamente la dirección a “Janis Joplin Room 105”. Impacta.

Además está la policía, y Cooke acaba de llamar al papá de Janis, Seth, que no entiende del todo lo que le están diciendo. Los músicos de la banda ya saben, y el abogado de Janis ya está en el hotel. El domingo cambió por lunes y Kris Kristofferson está llegando. Él también fue parte íntima de la vida de Janis, como la diseñadora Linda Gravites, que por alguna razón, el día anterior al de la muerte de su amiga había sentido el impulso de viajar a Los Ángeles.

La muerte de la cantante ya es noticia en los medios, y Morgan se culpa por no haber sido algo menos hermético cuando, días atrás, ella le pidió auxilio. Había estado limpia durante varios meses pero ya no, y necesitaba alguien que la ayudara a parar. Janis recurrió a él. “No puedo hacerlo por vos”, fue la respuesta. Tal vez si hubiese escuchado antes eso de que “una mujer a la que se la deja en soledad se va a cansar pronto de esperar, y hará cosas locas; sí, en ocasiones solitarias”. Pero no.

Janis Joplin

El doctor Thomas Noguchi cumple con su rol de medico forense. Pregunta, y con cada respuesta va completando el “perfil psicológico” de la artista. El veredicto es “muerte por sobredosis accidental”. Los padres de Janis ya llegaron y decidieron que el servicio fúnebre será íntimo. En su libro, Cooke se reconoció señalado por ellos como uno de los que “mataron” a su hija. “Somos el mundo del rock and roll que la destruyó”, escribió.

En su testamento, la cantante dejó 2.500 dólares para que sus amigos disfrutaran de un velorio distinto, y el 26 de octubre hubo fiesta. El resto de su fortuna lo dividió en parte iguales entre sus padres y sus hermanos.

Tres días después de la muerte de Joplin, Paul Rothchild y el resto de la crew se reunirán en el estudio a escuchar lo que Janis nos legó. “Hay que trabajar mucho”, dicen, pero hay con qué hacer su último y mejor disco. Diez días después, el trabajo había sido hecho. Pearl fue publicado el 11 de enero de 1971.

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E.S.

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