a 20 años del estreno de Los simuladores, cómo se creó el ciclo que batalló contra el corralito

Una sobrecarga eléctrica y una explosión que dejó sin luz a cientos de vecinos de Palermo. Así arrancó una de las primeras grabaciones de Los simuladores, con un bombazo accidental que se convirtió en metáfora del estallido que llegaría meses después.

Antes, mucho antes, existió un safari de cuatro amigos que después de ser socios en un bar se lanzaron a un emprendimiento comandado por Damián Szifron y resistieron a todo: al corralito, a los patacones, a los Lecop. Viaje a la prehistoria del hito por el que el quinteto desembolsó 5.000 dólares (o pesos argentinos, en las mieles finales del 1 a 1).

El germen, la semilla, el primer punto de un caminito de puntos que hoy se unen mirando hacia atrás podría situarse en Pol-ka. 1995. Nace Poliladron y con este producto germina un vínculo entre tres de sus actores, Alejandro Fiore, Diego Peretti y Federico D’Elía. En medio de las balas de utilería, la “sangre” extraída de jugo de tomate y las persecuciones, el lazo crecerá y tomará nuevas formas cuando en Mar del Plata se estrene la versión teatral veraniega y se incorpore la “ficha” que falta hacia el futuro tablero de ajedrez perfecto: Martín Seefeld.

Fuera de la ficción, el bar Los sospechosos, de Vicente López, los tiene como dueños. Pero el hambre del grupo no está en lo gastronómico, sino en un proyecto de ficción autogestionado. “¿Y si hacemos algo corto para el cable?”, se preguntan en una charla de café. Los simuladores no tiene nombre ni trama aún, pero ya toma la forma de un hijo imaginado, deseado.

Los cuatro fantásticos.

Los cuatro fantásticos.

En esta parte de la historia es cuando entra Szifron, el cerebro, el creador, el quinto elemento, potencial revelación que poco más de una década después entraría en la historia con una de las películas argentinas más vistas de todos los tiempos –Relatos salvajes-. Su proyecto de “solucionadores de problemas” estaba escrito, solo faltaba el match perfecto. El chico de Ramos Mejía tenía el hambre y la convicción, a pesar del marco: la Argentina estaba por sufrir un nocaut.

Carola Reyna tenía 20 años como actriz cuando un joven egresado de la Universidad del Cine la llamó por teléfono para invitarla a protagonizar el capítulo piloto. “Hola, quisiera contar con vos”, se presentó sin el mínimo titubeo, convencido del producto que quería contar. “Nunca me habían encarado así. Una mezcla inédita de juventud absoluta y de seguridad. Me trataba con un respeto total, pero también sin achicarse“, evoca ella, fascinada por la relectura de ese recuerdo, que también es el recuerdo de una argentina grisácea, que se desmoronaba.

“Él tenía para ofrecer una muy buena idea, pero era un desconocido para nosotros. Esa audacia me impactó muchísimo. Era una confianza a prueba de todo. Le pedí que me mandara el guion y cuando lo terminé me di cuenta de que estaba frente a algo increíble, atípico, una aventura divina, que en ese momento fue también una patriada”, suma Reyna.

Carola Reyna en una escena del primer capítulo de "Los simuladores". En ese bar de Palermo hubo una accidentada jornada que los dejó sin luz.

Carola Reyna en una escena del primer capítulo de “Los simuladores”. En ese bar de Palermo hubo una accidentada jornada que los dejó sin luz.

A los 1.000 dólares multiplicados por cinco se sumaron “muchas voluntades”. Mario Santos (Federico D’Elia), Emilio Ravenna (Diego Peretti), Pablo Lamponne (Alejandro Fiore) y Gabriel Medina (Martín Seefeld) vieron la luz roja sin saber si el experimento iba a terminar como un VHS perdido en una estantería y cubierto por el polvo del olvido. Ese primer capítulo (Tarjeta de Navidad, que dura 40 minutos y se emitió el 21 de marzo de 2002) está disponible hoy en Netflix y en la página de Telefe. Nos lleva a una historia de amor rota que los encantadores farsantes ayudan a recomponer mediante la logística empujada por celulares sin Internet y con tapita y antena.

Harta de su marido Bernardo (Claudio Rissi), Claudia (Carola Reyna) abandona su casa y siembra en él una tristeza tan honda que solo un milagro puede curar. Así, aparece esta extraña organización de cuatro señores dispuestos a montar una realidad paralela para que algo vuelva encenderse y el amor triunfe.

Los roles asignados en el primer capítulo: Lampone, técnica y movilidad; Medina, investigación; Santos, logística y planificación; Ravenna, caracterización.

Los roles asignados en el primer capítulo: Lampone, técnica y movilidad; Medina, investigación; Santos, logística y planificación; Ravenna, caracterización.

Cerca de diez semanas se usaron para el piloto al que Telefe -que se sumó en coproducción después- no le tocó una coma. D’Elía recuerda esa mezcla de emoción que se fundía con la intranquilidad de la espera de su primer hijo y ese estado de alerta permanente a que su mujer le avisara cuando rompía bolsa. También sitúa en ese contexto épico, “actores no tan populares entonces, cuatro personas que no eran figuras, no estaba Ricardo Darín para que el producto se publicitara solo”.  

“El piloto dio muchas vueltas. Se lo mostramos a colegas como Adriana Salonia, Fernán Mirás, Pablo Novak. Lo llevamos a El Trece y a América. Al Trece le gustó, pero estaba produciendo otras cosas“, explica Seefeld, que no imaginaba el ruido de las cacerolas que sobrevendría. “En el diario salió un informe que decía que se habían hecho para esa época más de 3 mil pilotos y no había entrado ninguno. Creo que cuando algo tiene que ver la luz, lo hace de la forma que sea. Los simuladores fue una epopeya”.

Claudio Rissi en una escena del primer capítulo de "Los simuladores".

Claudio Rissi en una escena del primer capítulo de “Los simuladores”.

Conexiones con El Chavo, problemas con Marvel

​La primera escena de la historia de Los simuladores transcurre en un empedrado de San Telmo. Estados Unidos al 300. Un cartel de “vende” es el ovillo de una historia de compra-venta de un departamento en el que terminan interviniendo los cuatro fantásticos para que la compradora (Nilda Raggi) consiga adquirir el inmueble por un menor valor. “Soy el ingeniero Máximo Cosetti de Galimberti Construcciones”, se presenta Ravenna (Diego Peretti) que interrumpe la firma del contrato para tomar una foto del terreno de enfrente, donde supuestamente (allí la puesta en escena) construirán un gigante de 30 pisos que quitaría la luz reinante. Con ese operativo exitoso, llegará el imbatible boca a boca. 

Betún, el perro de "Los simuladores".

Betún, el perro de “Los simuladores”.

“No es un policial, no es una comedia romántica, no es una serie de suspenso”, se definía al programa en el anuncio de Clarín de 2002. La primera crítica sobre esa novedad la escribió Luis María Hermida. Hacía hincapié en “la apuesta al ingenio y la originalidad con altibajos, a la valiosa ingenuidad y al producto a mitad de camino entre Misión imposible y La isla de la fantasía“.

“A partir del resultado de esa auditoría nosotros pensamos una solución, un operativo simulacro. No será barato: hay que presupuestar vestuario, locaciones, movilidad”, advierten en ese episodio uno los encantadores impostores, obreros de la mentira. “No solo somos el mejor cirujano disponible: somos el único”. Los roles asignados: Lampone, técnica y movilidad; Medina, investigación; Santos, logística y planificación; Ravenna, caracterización.

Bajo la lluvia. La postal más emblemática de los cuatro "solucionadores de problemas".

Bajo la lluvia. La postal más emblemática de los cuatro “solucionadores de problemas”.

“Estuvimos casi un año recorriendo canales y productoras. Adrián (Suar) nos recibió y le gustó, pero él hacía sus proyectos y no producía los de otros”, rememora Alejandro Fiore. “Fuimos también a Canal 9, a Guebel/Pergolini, hasta que el tema llegó a manos de Axel Kuschevatzky, que se lo mostró a Claudio Villarruel”.

En la cabeza de Szifron no había dilemas morales. Sus “Men in Black” con música de Astor Piazzolla quebrantaban muchas leyes y reglas, pero siempre con un fin noble. Eran producto de años de Damián absorbiendo películas y series, con grupos comando y misiones, al estilo Maxwell Smart (El agente ’86). De orfebrería, ese primer cuento nos habla indirectamente de esa atmósfera post-helicóptero y estallido social. Vemos como increíble un viaje en taxi a 4 pesos y chispazos de esa mishiadura porteña, mientras suena Gilbert O’ Sullivan (Alone Again).

Aquel nacimiento en el que nadie imaginaba que la serie viraría a de culto, fue tema de estudio hasta en tesis universitarias. No faltan en la nube trabajos compartidos por alumnos de la Facultad de Psicología que con la excusa de Los simuladores teorizan sobre la creatividad, el trabajo en equipo y los modos distintos de percibir una misma realidad conflictiva.

¿Tercera temporada o película? "El deseo está, pero pasaron 20 años y no hicimos nada", admite D'Elía.

¿Tercera temporada o película? “El deseo está, pero pasaron 20 años y no hicimos nada”, admite D’Elía.

Para 2008, el cuarteto hipnótico llegó a México, en una idea de exportación, la remake que emitió Televisa: “Para los personajes hechos por actores mexicanos intentamos que alguno fuera el Profesor Jirafales (Rubén Aguirre) o Ñoño (Édgar Vivar), pero nos pedían una fortuna, así que hicimos casting para elegirlos”, admite D’Elía.

El grupo de WhatsApp “Los simu” y ¿el regreso?

Coinciden todos en que las primeras horas del milagro argentino fue accidentada. En una jornada de grabación, alguien conectó incorrectamente un equipo en un bar de la calle Arévalo, un estruendo se apoderó del lugar y a pesar del susto, las escenas de café con un Papá Noel ladrón quedaron para la posteridad.

“Hacer ese piloto era una fiesta, a pesar del trabajo descomunal que era al principio buscar recursos. Parábamos a los taxistas y le pagábamos el tiempo que podíamos usar ese taxi, o prestábamos los autos nuestros”, narra Fiore. “Recuerdo haber llamado al Puma Goity para un quinto capítulo y decirle: ‘Tenemos poca plata’. Los colegas leían el guion y se sumaban sin dudar”. 

Reconvertidos en memes alegóricos a cualquier situación político/social, Los simuladores flotan vigentes como si el tiempo fuera una ilusión. Hasta el mítico perro actor vuelve de modo permanente en ese lunfardo de las redes. “Yo tenía un ovejero alemán, Fachino, que arrancó a trabajar en el segundo capítulo. Un día, el paseador de mi perro, Jorge Montenegro, autor del libro El mejor entrenador, ofrece a Betún, a quien sumamos en la segunda temporada“, detalla Fiore, que terminó encariñadísimo con su compañero, hermano de otra estrella de cuatro patas, Violeta (Fatiga en Casados con hijos). “Me llevé un tiempo a Betún a vivir conmigo para reforzar el vínculo y entrenarlo en ciertas cosas”.

Una amistad que se transformó, además, en una "empresa" exitosa.

Una amistad que se transformó, además, en una “empresa” exitosa.

Telefe se unió en tiempos de Claudio Villarruel y Bernarda Llorente. Aquella espalda que el quinteto necesitaba fue el detonante en el camino al triunfo popular. En 2003, Los simuladores fue el programa más visto de Telefé, con picos de 35,6 puntos. El último capítulo se emitió en enero de 2004. Desde entonces, los justicieros de sobretodo no hicieron más que ampliar público a través de repeticiones. Los rumores de tercera temporada nunca dejaron de sonar. La pandemia los trajo de vuelta unos segundos: en cuarentena, grabaron un spot para concientizar sobre la importancia del aislamiento. 

“Se sigue hablando de Los simuladores como si no hubiera pasado una vida. Sorprendentemente, los pibes que no habían nacido por entonces lo ven y hay un gran rebote. ¿Tercera temporada o película? El deseo está, pero pasaron 20 años y no hicimos nada”, se ríe D’Elía, que recuerda que cuando estalló la crisis de 2001 pensó que las grabaciones quedarían congeladas. “Nos terminaron pagando una parte en patacones y Lecop, como a todo el mundo”, confiesa Seefeld. Este lunes Telefe celebrará los 20 años con un especial.

Los simuladores (Archivo Clarín).

Los simuladores (Archivo Clarín).

En ese camino adrenalínico lleno de espinas cuentan como divertido contratiempo cuando llegó una carta de Marvel Studios tras el capítulo El vengador infantil. “Tuvimos que ir a la oficina del gigante porque usamos algunos personajes, pero se resolvió rápidamente y no pasó demasiado”, se ríe D’Elía.

“Como estaban las cosas en aquel momento, uno quería que esos seres existieran de verdad, tenían algo de nobleza con métodos poco ortodoxos. El mundo cambió, pero siguen teniendo valor desde el cuento”, aporta Seefeld, que confiesa que existe un grupo de WhatsApp del quinteto, “Los simu”. “La amistad sigue intacta, a pesar de que algunos no nos veamos tan seguido. El deseo de volver es manifestado entre todos permanentemente, pero nunca se sabe”.

¿Tocar algo tan sagrado para traerlo al presente sería terminar con el encanto del éxito que nunca vuelve? “No queremos romper la mística”, confiesa Fiore, que piensa posible un filme como “costilla” de ese invento de oro. “Mantendríamos la línea de lo que fue. No habría aviones que explotan ni nada que se le parezca”, sonríe el que vio explotar los tapones de luz de un bar mucho antes de que explotara la magia.

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