¿Y adónde van a parar los corazones rotos?



¿Y adónde van los corazones rotos? Esta pregunta que tantas veces ha inspirado a los artistas esconde en su respuesta los secretos del futuro próximo. ¿Qué hará la gente con todo el dolor que le provocaron tanto la pandemia como la extensa cuarentena? ¿Podrá esta sociedad curar sus múltiples heridas de un modo progresivo y ordenado o nos enfrentaremos a más de un “día de furia”? ¿Estamos en un momento de calma o en realidad es solo una “calma chicha”?

No lo sabemos. Lo que sí podemos es detectar en el presente algunas señales del porvenir. No hay ninguna duda de que la pasamos muy mal. Se aproxima a su fin un año de espanto.

En nuestra más reciente medición cualitativa del humor social que realizamos a través de focus groups por Zoom, nos encontramos con expresiones como estas: “Todo el tiempo estamos en una olla a presión a punto de estallar”, o “el año está perdido. Si podés sostener lo que tenés, reinventándote, haciendo algo, moviéndote y manteniendo la salud, ya es ganancia”.

Además de toda la infraestructura sanitaria que dio y da pelea a la pandemia en la primera línea de fuego, hoy en la progresiva salida que estamos viviendo los psicólogos, los psiquiatras, los kinesiólogos, los osteópatas, los nutricionistas, los entrenadores deportivos y los centros de estética experimentan un fuerte crecimiento en su trabajo. Muchos “no dan abasto”. Los argentinos necesitan “sanar”. Cuerpo, mente y alma.

Quienes tienen la posibilidad acuden a uno o varios de estos especialistas y quienes no, hacen lo que pueden. Se apoyan en la familia, los amigos y la religión. Hay un factor común que se transformó en prioridad: la desesperada búsqueda de momentos de bienestar. Aunque sean breves y esporádicos. Operan como el “remanso del guerrero”.

Este anhelo de estar bien, al menos de a ratos, atraviesa de manera transversal edades, geografías y clases sociales. “Poder encontrarte de manera personal, compartir un asado y un vino con tus padres, tomarte una cerveza en una terraza con un par de amigos o que los chicos puedan jugar y correr en la plaza trae un poco de alivio”. Es obvio que no alcanza, pero peor es nada. En lo emocional, nos aproximamos a concluir un año que extrañamente fue y no fue. Donde por un lado pasó de todo y por otro lado simula no haber existido. Volver al verano nos lleva a la inquietante sensación de haber atravesado un “no tiempo”.

Pero cuando pasamos al plano racional y nos detenemos a pensar, somos plenamente conscientes del costo que pagamos. En la última encuesta nacional de Synopsis, el 74% de la población argentina dijo que la economía del país está peor que hace un año. Y el 51% piensa que el año que viene estará aun peor que este. Solo el 26% cree que mejorará y el 17%, que apenas estará igual. En el relevamiento que hizo Poliarquía en diciembre, el 56% de los encuestados afirmó que su economía personal está peor que hace un año; el 38%, igual, y únicamente el 4% dice que está mejor.

“Es necesario que se reactive la economía y que la gente salga de la casa y sea más feliz, que se activen un montón de gremios, la malaria que hay es tremenda”, es otra de las citas textuales de nuestra indagación de noviembre. Paradójicamente, al retomar el contacto con lo perdido, tomamos dimensión de la magnitud de la pérdida. Nos damos cuenta de que la vida que teníamos antes de entrar en el “hábitat viral” era mucho más interesante y atractiva que la que nos impuso la “nueva normalidad”. “¡Estar todo el tiempo con la cara tapada! ¡No vernos la cara es rarísimo! ¡Que se ponga en juego el contacto físico!”, reclaman unos. Otros, donde aún incide mucho el miedo, no quieren ir tan rápido: “Pasamos de estigmatizar a los runners a ‘lo dejo a tu criterio'”.

En su edición de esta semana, la revista Time trae en su portada un 2020 gigante tachado con una cruz roja de trazo irregular, similar a la que podría hacerse son sangre. Debajo, en una tipografía pequeña, apenas cuatro palabras: “The worst year ever”, lo que podría traducirse como “el peor año que jamás hayamos tenido”. En el desarrollo de la nota, su autora, la crítica de cine Stephanie Zacharek, dice: “2020 nos puso a prueba sin medida. ¿A dónde vamos después de este año horrible? Si hubiera una película de 2020, probablemente la apagarías a los 20 minutos. Además de estar forjado por el dolor, enloquecedoramente mundano, la rutina del día a día se volvió en nuestra contra”.

A sabiendas de lo polémico de su afirmación, la responsable de un editorial que supo captar la vibración de la época aclara que puede haber habido años peores, en la primera o en la segunda guerra mundial, o en la gran depresión de los años ´30, pero son pocas las personas vivas que vivieron ese momento. Sí fuimos testigos de esos desastres a través de relatos orales, libros, películas y todos los medios a través de los cuales nos habla la historia. Pero esta vez nos toca escribirla. No es lo mismo. Esta es nuestra historia.

En su último libro, 21 lecciones para el siglo XXI, el historiador israelí Yuval Noah Harari alertaba de manera casi profética sobre las habilidades que deberíamos desarrollar para poder vivir en un mundo desbordado de información y disrupciones que nos harían perder la orientación. “Lo más importante de todo será la capacidad de aprender cosas nuevas y mantener el equilibrio mental en situaciones con las que no estamos familiarizados. Los humanos como individuos y la humanidad toda tendrán que vérselas cada vez con cosas con las que nadie se topó antes. ¿Qué es lo correcto cuando nos enfrentamos a una situación sin precedentes? ¿Cómo vivir en un mundo donde la incertidumbre profunda no es un error, sino una característica?”

En el reporte que publicamos el 27 de mayo, Sil Almada, la directora de nuestro Lab de Tendencias Almatrends, anticipaba un concepto que hoy toma cuerpo y gana densidad: “Reset”. De qué modo volvemos a empezar. Qué tenemos que “re-pensar”, “re-encuadrar” o “re-hacer”. Mientras lidian con el dolor que buscan mitigar y ubicar en algún lado, los argentinos comienzan lentamente a enfrentar estos nuevos dilemas que les permitan “re-organizar” sus vidas.

La “vieja normalidad” pugna por volver, algo que podemos ver en los restaurantes, bares y shopping centers, que tienen mucha más concurrencia de lo que muchos suponían. En simultáneo, la “nueva normalidad” mantiene sus aguijones clavados que impiden olvidar el sufrimiento. ¿Habrá segunda ola? ¿Llegarán a tiempo las vacunas? ¿Es peligroso ir a la playa? ¿Volverán los chicos a la escuela? ¿Cuándo podremos volver a la cancha? ¿Y a ver un show de música en vivo? ¿Qué sucederá con la economía en 2021? ¿Se recuperarán los empleos perdidos? ¿Habrá una nueva cuarentena, como está sucediendo ahora en Europa?

Hasta ahora, España, Italia y Francia fueron para nosotros “un espejo que adelanta”. Compartimos con ellos nuestra condición de latinos y por ende la vocación gregaria que nos caracteriza. Nos gusta juntarnos, tocarnos, reír, compartir. No somos ni nórdicos ni asiáticos. La distancia social se nos vuelve un desafío difícil de tolerar y cumplir. Si ellos hoy tienen hasta “toque de queda”, ¿podremos evitarlo nosotros en el otoño?

Otra vez preguntas y más preguntas. Todas sin respuestas certeras. Apenas hipótesis y supuestos que van cambiando en tiempo real. Mientras esperan y desesperan, los argentinos, cada uno a su modo y según sus posibilidades, aprovechan todo al máximo la ventana de oportunidad que trae el verano. Saben que puede volver a cerrarse. Hoy es hoy.

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