Voracidad fiscal: El enemigo de la competitividad y la distribución del ingreso


Los datos señalan que la sociedad argentina tiene una predilección por un gasto público relativamente alto, más comparable al de economías desarrolladas que al de economías en vías de desarrollo. Esto no es positivo o negativo, es un parámetro objetivo. Sin embargo, ha quedado demostrado que no ha sido capaz de financiar el nivel de gasto que se ha permitido. Ya sea por la falta de voluntad para reducir gastos o por la incapacidad para incrementar ingresos a partir del crecimiento y no de la asfixia del sector privado, el resultado siempre es negativo.

Esto ha originado una repetitiva y secuencial búsqueda de fuentes de financiamiento para cubrir la diferencia entre lo que se pretendía erogar y lo que se podía recaudar. Cuando se agotan las fuentes, hay que volver a repartir las cartas: “terminamos la partida” incumpliendo con el acreedor de turno (bancos, bonistas, depositantes, etc.) y “barajamos” (licuamos los activos y los salarios con altas inflaciones, devaluaciones de la moneda, etc.) para comenzar de nuevo.

Así, utilizamos un sinfín de recursos ajenos que no podemos permitirnos, para luego desconocer las obligaciones y cambiar las reglas del juego. Muchos creen que esto no tiene consecuencias, porque siempre aparece “alguien” que tiene escasa memoria, o mucha codicia y vuelve a jugar. Pero esta dinámica trae serios problemas. Los números son contundentes. Cada vez que cambiamos las reglas se pierde el ahorro y se desalienta la inversión haciendo caer la producción Por eso, cada vez que “barajamos” y damos de nuevo, lo hacemos desde un piso más bajo, con una pobreza estructural más alta, con una competitividad muy alejada de nuestros pares y con imposibilidad de financiar de manera adecuada inversiones clave para el desarrollo.

Estos comportamientos insostenibles desde el punto de vista fiscal, tienen consecuencias directas e indirectas sobre la competitividad argentina. Las consecuencias directas son aquellas que erosionan directamente las variables macroeconómicas relacionadas a la política fiscal y que nos hacen menos competitivos frente a otros países con mejores indicadores.

Según el ranking IMD de Competitividad Mundial, Argentina se encuentra en el último puesto sobre los 63 países relevados en referencia a la eficiencia gubernamental, uno de los cinco factores que identifica como claves para el desarrollo económico. Dentro del factor de la eficiencia gubernamental, calificamos particularmente mal en las variables relacionadas a las finanzas públicas, tales como la presión impositiva o la deuda pública.

La elevada presión impositiva no llega a financiar el gasto público que se propone la sociedad argentina, que es relativamente alto en la comparación con sus pares. Además este gasto no se traduce en mejores servicios públicos y tampoco en una infraestructura física, tecnológica y científica acorde que mejore progresivamente el bienestar de la población.

Una economía más competitiva podría permitirse crecer para que la calidad de los servicios públicos mejore en el mediano plazo, dado un mismo nivel de gasto en términos del producto. Sin embargo, la búsqueda de la satisfacción instantánea es enemiga de la competitividad. Primero hay que ser competitivos para incrementar el ahorro y la inversión para, posteriormente, poder consumir más.

Primero hay que ser competitivos para incrementar el ahorro y la inversión para, posteriormente, poder consumir más.Archivo

Pero los altos impuestos, el creciente gasto y la acumulación de la deuda son sólo una cara de la escasa competitividad del país. La política fiscal insostenible se traslada a otros aspectos de la economía, afectando indirectamente otras variables clave para la competitividad, incluyendo el deterioro sobre indicadores socioeconómicos.

Dentro de las desventajas que conlleva la falta de un esquema fiscal sostenible intertemporalmente se destaca la relación, poco frecuentemente mencionada, entre la responsabilidad fiscal y la desigualdad. Si bien esta relación no está muy explorada en el debate público resulta interesante resaltar que las medidas fiscales tienen una influencia relevante y significativa sobre el nivel de desigualdad.

Se ha demostrado que los países que adoptaron límites a la política fiscal (reglas fiscales orientadas al equilibrio fiscal) experimentaron una baja significativa en la desigualdad, en comparación a países similares que no adoptaron estas medidas. Sin embargo, algo a destacar es que no todas las intervenciones generan los mismos impactos en la desigualdad.

Reglas asociadas al equilibrio fiscal y a un presupuesto equilibrado, junto con las relacionadas con los límites al endeudamiento público reducen la desigualdad. Adicionalmente, es fundamental medir cuidadosamente la eficiencia de las políticas distributivas y sus externalidades positivas y negativas. Las evaluaciones de impacto son fundamentales a la hora de determinar si se lograron aquellos objetivos de mejora que se enunciaban. A veces de buenas intenciones está empedrado el camino hacia el infierno

¿Por qué es tan importante reducir la desigualdad pensando en la competitividad? Porque la desigualdad retroalimenta un esquema de conflictividad social, inseguridad, inestabilidad macroeconómica e incremento del riesgo real y percibido. Esto impacta negativamente en la toma de decisiones en general y en la inversión en particular, y deteriora la competitividad.

Existe consenso acerca de los perjuicios para el crecimiento y el desarrollo económico que implican altos niveles de desigualdad. En sociedades menos polarizadas se genera una mayor acumulación de capital físico y humano lo que permite acelerar el crecimiento económico.

Los niveles de educación tienden a ser mejores en sociedades con una distribución del ingreso más progresiva (Coeficiente de Gini más cercano a 0) conformándose de esta forma una suerte de círculo virtuoso en el cual se generan mejores condiciones de vida y oportunidades para su población, y esto a su vez genera mayor crecimiento y equidad.

Es decir, países con desigualdades marcadas (principalmente en ámbitos como la educación, la salud o la seguridad) pueden capitalizar mucho más los beneficios de las políticas de responsabilidad fiscal y de eficiencia en el gasto público. En efecto, la medición del ranking IMD incorpora variables como el coeficiente de Gini, una encuesta sobre igualdad de oportunidades, el gasto en salud, el gasto total en educación por estudiante (en las cuales ocupamos el puesto 50, 58 y 43, respectivamente), dando cuenta de la relevancia de estos factores para competir en el mundo.

Por el otro lado, el empeoramiento en la distribución del ingreso es además indeseable porque puede conducir a malestar social e inestabilidad política (puesto 61 y 58 respectivamente en el ranking IMD) que impactan en la credibilidad y estabilidad de las reglas de juego y del gobierno, teniendo consecuencias negativas para el crecimiento económico a partir de la inestabilidad macroeconómica.

Mientras se utilicen todas las herramientas fiscales al límite de la insostenibilidad, realizar una inversión en el país va a costar relativamente más que en otros, no solamente por la alta presión impositiva, las tasas de interés, el tipo de cambio u otras variables macroeconómicas, sino por las variables socioeconómicas que empeoran a la par que se suceden las múltiples crisis.

La gratificación instantánea del gasto público corriente que vuelve insostenible el financiamiento deviene en una mayor volatilidad macroeconómica llevándonos a menores tasas de inversión y consecuentemente de menores ingresos, mayor pobreza, mayor desempleo y menores salarios. En otras palabras, queriendo vivir por encima de nuestras posibilidades, terminamos viviendo muy por debajo.

Para prosperar económicamente hay que ser competitivo y un plan pro-competitividad es necesario, siendo la estabilidad fiscal una condición necesaria. Así como en otros temas apelamos, con razón, a los científicos, es importante entender que la economía también es una ciencia. Social pero ciencia al fin. Tratemos por un momento de analizar qué nos dicen los datos, de entender las secuencias de causas y consecuencias. Apliquemos rigurosidad en el análisis. Y sepamos que siempre hay un día a partir del cual se puede empezar a cambiar la historia.

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