Una ventana al bienestar que promete el verano



Como peregrinos en el desierto que extenuados alcanzan finalmente el anhelado oasis, los argentinos están llegando a la ventana de bienestar que trae el verano.

Encontrarse con los otros es en realidad un hallazgo de la propia individualidad. Rasgos de una identidad desdibujada en el tortuoso camino que implicó llegar hasta acá y volver a ser algo parecido a lo que éramos. La vieja normalidad gana potencia día tras día para recordarnos cuánto más interesante era que lo que se dio en llamar “nueva normalidad”. Un tiempo que, por cierto, de normal no tuvo nada.

No hay espacio ni energía para la euforia. Apenas una moderada celebración donde las sonrisas se mezclan con las lágrimas. Finalmente habrá reuniones de Navidad y Año Nuevo. Y también posibilidades de volver a viajar. Al menos dentro del país.

La sociedad entiende que llegó el tiempo de sanar. Sucede que las heridas son muchas y profundas. Teme, a su vez, que el tiempo no sea suficiente. Al levantar la vista y mirar hacia Europa, la angustia no puede sosegarse.

Cuando logran dejar de pensar en el virus se focalizan en la economía. Otro dolor de cabeza, como se desprende del estudio sobre el impacto del Covid-19 que acaba de publicar el Indec: la mitad de los hogares de la ciudad y el Gran Buenos Aires afirmaron tener menos ingresos que los que tenían antes de la pandemia. Algo que resulta lógico cuando se analiza que el producto bruto interno (PBI) caerá este año cerca del 12%.

No hay pandemias ni cuarentenas gratis. Se impone un disfrute low cost. El espacio público luce más que nunca. Los ciudadanos se apropian de él y lo ponen a jugar a su favor. Aire libre, sol, verde y gratis.

Del mismo modo que sucedió en el hemisferio norte desde mayo hasta septiembre, ahora tenemos nuestra chance de experimentar “la revancha de la vida” (¿noviembre a febrero?).

El dramaturgo irlandés George Bernard Shaw (1856-1950), famoso por sus filosas ironías, decía: “En la vida hay dos grandes tragedias: una, no conseguir todo lo que se desea. La otra, conseguirlo”. Queríamos ser más y más digitales. Tener más tiempo para las infinitas pantallas. Lo logramos. Sucedió a la fuerza y porque no tuvimos más remedio. De hecho, la tecnología nos salvó. Pero al perder el contacto físico nos dimos cuenta de cuánto lo necesitamos. Ahora nuestros deseos son otros. Solo queremos volver a vernos cara a cara. Juntarnos. Mirarnos. Conversar. Sentirnos más humanos.

Contrariando algunos pronósticos que tal vez en la urgencia haya sido algo extremos, la gente volvió a los bares, los restaurantes y las parrillas sin necesidad de que fueran transformados en laboratorios. Apenas ciertos protocolos de cuidado básico y un mayor y mejor uso de veredas, calles, jardines, patios y terrazas.

Muchos de ellos reconocen estar sorprendidos por la concurrencia. En algunos casos, incluso, supera la que tenían antes. Cuando las ganas contenidas se juntan con el temor de no poder hacerlo más adelante, la demanda puede crecer hasta niveles insospechados. Esto puede apreciarse en muchos polos gastronómicos de la ciudad de Buenos Aires y en otros tantos del conurbano bonaerense.

En la salida la gente reorganizó sus prioridades. Entre aquellos que tienen una mínima posibilidad, hoy pasarla bien encabeza el ranking. Puede ser un pícnic en la plaza, una cerveza de parado o una cena más glamorosa. No importa el formato, sino el hecho.

Sobre esta trama en reparación, todavía muy frágil y vulnerable, se asentará 2021. Los ciclos son simbólicamente muy trascendentales para el ser humano. Los necesitamos para organizar el devenir y poder ubicarnos en tiempo y espacio. Las horas, los días, los meses, las estaciones y los años son mojones que inventamos para cohesionarnos con el ritmo de la naturaleza y fluir con ella.

Tenemos claro que

El 31 de diciembre despediremos con ganas, y seguramente algún epíteto irreproducible, este año nefasto que será imposible de olvidar más allá de cuánto lo intentemos. El 1° de enero estaremos “del otro lado”. Más allá del alivio que implique haber dejado atrás 2020, conviene no creernos del todo nuestro propio engaño. El calendario dirá algo que no necesariamente se verificará en la práctica. ¿Qué tan distintas serán las cosas?

A esta altura, todos tenemos bastante claro que el verdadero “antes y después” no lo definirán las fechas, sino que lo marcará la inmunidad que prometen las vacunas. De acuerdo con las proyecciones de Bill Gates, eso podría suceder recién en el segundo semestre del año, si todo sale bien.

¿Tendremos una nueva cuarentena? No lo sabemos. Pero el temor es fundado. Esta vez ni Alemania pudo evitarla. Inglaterra, Francia, España e Italia, entre otros, están cruzando su invierno con medidas de restricción muy duras. Una vez más, ese espejo que adelanta en el que se transformó Europa para nosotros nos permite ver más allá.

La gente describe el momento que estamos viviendo como una crisis múltiple de cinco dimensiones: económica, social, política, sanitaria y emocional. Esto la vuelve una crisis tan inédita como imprevisible, veloz, inasible, escurridiza, sorprendente. No hay margen para relajarse del todo. Por eso se busca el disfrute, pero resulta imposible bajar la guardia. Vivimos en estado de alerta las 24 horas de todos los días. Y eso es siempre muy desgastante.

El año que se aproxima es percibido como una mamushka. Ya aprendimos que lo que se ve a simple vista puede esconder otras cosas dentro. 2021, ¿cuál de todos los posibles? ¿Con segunda ola o sin segunda ola? ¿Con un proceso de vacunación rápido o más lento? ¿Con una inflación superior a la de este año, como prevén los economistas -el promedio publicado en noviembre por Latinfocus es del 48%- o más acotada?

Ante la abrumadora incertidumbre, prevalecen el escepticismo y la cautela. La esperanza tiene todavía un volumen menor. Se imponen la sensatez y la prudencia.

Como pueden, con las fuerzas que les quedan, los argentinos se aferran a esta ventana al bienestar. Buscarán aprovecharla al máximo. Cada cual a su modo y según sus posibilidades. Lo merecen. Lo necesitan. Es un movimiento crítico para preservar su entereza.

Llegó la hora de salir, de reparar, de curar. Son conscientes de que tienen que intentarlo, antes de que sea demasiado tarde.

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