Una sociedad con el alma llena de preguntas



Para los argentinos el futuro siempre resultó elusivo. Ahora se volvió indescifrable. Crisis económicas atravesaron muchas. Sociales, varias. A los vaivenes políticos están más que acostumbrados. Lo inédito es la superposición de esos factores con una crisis sanitaria y emocional. El desconocido fenómeno se está tornando cada día más difícil de sobrellevar. Deben lidiar con un porvenir críptico que solo produce interrogantes. Una usina de preguntas que ni siquiera admiten alguna hipótesis como respuesta razonable. El estado de ánimo de buena parte de la población está quebrado. La Argentina tiene el alma en pena.

En nuestro último relevamiento cualitativo, concluido a finales de septiembre, nos encontramos con una sociedad profundamente agotada donde el desasosiego es extendido. Los datos cuantitativos que acaba de publicar el relevamiento del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la UBA lo refrendan. Continuando con su monitoreo de la salud mental, realizaron 3664 entrevistas en todo el país entre el 20 y el 26 del mes pasado. El 65% manifestó tener mucha o bastante incertidumbre. El valor más alto del año. El 61% dijo estar preocupado; el 49%, ansioso; el 42%, angustiado, y el 39%, triste.

En un ejercicio donde a los encuestados se les pedía que escribieran la primera sensación que describía su estado de ánimo actual, la palabra que emergió con más potencia fue hartazgo. La segunda, cansancio. El 64% afirma que su estado de bienestar general es peor que antes de la pandemia y la cuarentena. Por si fuera poco, el final de la pandemia lo ven todavía muy lejos. Para el 42% llevará entre 6 meses y un año. Un 21% es todavía más drástico: dicen que durará todo 2021. Es decir que para 2 de cada 3 todavía falta un tiempo, que a esta altura parece eterno. Coinciden con lo que esta semana le confirmó Bill Gates al consejo consultivo de The Wall Street Journal: “Para fines del año próximo las cosas pueden volver a la normalidad, eso en el mejor de los casos”.

Frente a la consulta sobre el estado de ánimo de los hijos -1241 casos-, el 33% dijo que los ve desorientados; el 31% los percibe frustrados; el 27% dice que están confundidos; el 20%, tensos; el 19%, nerviosos; el 12%, directamente irascibles, y el 10%, deprimidos. El desgaste es doble: personal y familiar.

La crisis económica ya llegó. Fue subestimada durante meses mientras el virus captó y cooptó la atención. Pero finalmente la realidad se hizo visible y palpable. La economía cayó 26,4% en abril, 19,1% en el segundo trimestre y 12,6% en el primer semestre, según el Indec. El presupuesto nacional enviado al Congreso proyecta una caída del 12,1% en el año. Los economistas que consulta el Banco Central coinciden: el promedio de los últimos pronósticos es -11,8%. En todos los casos serían los peores registros de la historia.

Una contracción de esa magnitud de ningún modo podía ser inocua en el humor social. A la gente se le apilan los problemas uno sobre el otro. El último relevamiento publicado por Poliarquía el pasado viernes muestra que el 75% de los encuestados sostiene que su economía personal se vio afectada negativamente por la pandemia y la cuarentena. El 60% dice que su bolsillo está peor que como estaba antes del virus. El peor registro del año.

Esas opiniones se reflejan en los actos. El consumo masivo -alimentos, bebidas, cosmética y limpieza- tuvo una contracción en agosto del 5,4%, de acuerdo con los datos de Scentia. En los supermercados fue de -7,6%; en los mayoristas, de -11,6%, y en las farmacias, de -12,8%. En todos los casos, las más fuertes del año.

La caída del poder adquisitivo de las familias en el segundo trimestre, según la evolución anual del ingreso de los hogares y de la inflación, ambas medidas por el Indec, fue del 11%. Ahora se comienza a sentir. La última medición del panel de 5500 hogares de Kantar en todo el país indica que mientras las primeras marcas crecieron 2% en lo que va del año, las segundas lo hicieron un 8% y las terceras, un 12%.

El dólar complica

A este contexto ya de por sí muy complejo hay que agregarle el salto en el valor del dólar blue de la última semana. El viernes 2 cerró en $150. El viernes 9, en $167. Es cierto que los insumos que importan las empresas se rigen por el dólar oficial, pero el valor que marca la temperatura de “la calle” es el del dólar que se puede conseguir. En el lenguaje popular, “el billete” o directamente “el verde”. Pocas cosas ponen más nerviosos a los argentinos que un dólar sin precio ni techo. Puedan o no comprar. Históricamente es el metro patrón que siguen los ciudadanos para ver cómo va la economía. La inflación es otro. Saben por experiencia que más temprano que tarde ambos van de la mano.

La última medición de Synopsis, realizada entre el 10 y el 14 de septiembre, confirma que, paradójicamente, cuando la pandemia no logra todavía encontrar su pico, se invirtió la dinámica en la tensión “salud/economía”. Al comienzo de la cuarentena, el 79% de la población decía que le preocupaba más el virus y solo el 16%, su economía personal. Todavía no es exactamente al revés, pero se parece bastante: 61% dice que le preocupa más su economía personal y solo un 37% todavía está más preocupado por la salud que por las cuentas cotidianas.

Las proyecciones de crecimiento del presupuesto nacional para 2021, 2022 y 2023 son: +5,5%, +4,5% y +3,5 %, respectivamente. Es decir que recién en 2024 la economía argentina volvería el nivel que tenía en 2019.

El filósofo y sociólogo Edgar Morin es uno de los pensadores contemporáneos que más contribuyeron al análisis de los acontecimientos con un enfoque sistémico. En el prólogo de su famoso libro Teoría de la complejidad, publicado en 1990, dice: “Nunca pude, a lo largo de toda mi vida, resignarme al saber en parcelas, nunca pude aislar un objeto de estudio de su contexto, de sus antecedentes, de su devenir. He aspirado siempre a un pensamiento multidimensional”. Hecha esa introducción, describe luego en el texto la base de su pensamiento. “¿Qué es la complejidad? La complejidad es el tejido de eventos (complexus: lo que está tejido en conjunto), acciones, interacciones, retroacciones, determinaciones, azares, que constituyen nuestro mundo fenoménico. Así es que la complejidad se presenta con los rasgos inquietantes de lo enredado, de lo inextricable, del desorden, la ambigüedad y la incertidumbre”.

Es entonces cuando nos desafía a correr el riesgo de pensar distinto. “La dificultad del pensamiento complejo es que debe afrontar lo entramado (el juego infinito de ínter-retroacciones), la solidaridad de los fenómenos entre sí, la bruma, incertidumbre y la contradicción”. Para Morin, si no somos capaces de integrar disciplinas y ahondarnos en lo complejo, asumiendo la dificultad de lidiar con lo múltiple eludiendo la simplificación y la linealidad, tendremos una inteligencia ciega. Solo podremos comprender la dinámica de los acontecimientos si vemos el mundo como un todo indisociable, donde las partes están profundamente interrelacionadas y se afectan mutuamente. Es esta intrincada trama de influencias mutuas la que debemos intentar visualizar.

Si seguimos su consejo y miramos lo que está ocurriendo bajo su perspectiva, podremos entender por qué los signos de interrogación están lastimando el agobiado espíritu de los argentinos.La crisis que estamos atravesando no es económica, ni social, ni política, ni sanitaria, ni emocional. Es todo eso junto.

Para poder sortearla se requerirán temple y lucidez.

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