Un nuevo año en el país de los eternos laberintos borgeanos



Las decisiones que tomamos cada día son la mejor respuesta que tenemos para enfrentar la forma en que imaginamos el futuro. Cuando el futuro es más difícil de imaginar o anticipar, nuestro posicionamiento se vuelve más ambiguo y la convicción con las que ejecutamos nuestras decisiones pierde potencia. Previsiblemente, los efectos de lo que hacemos, también.

A diferencia de Ts’ui Pên, el personaje borgeano que no le teme a decidir entre uno y otro camino porque sabe que finalmente encontrará lo que busca (después de todo, él es capaz de retener todas las opciones y de recorrer los infinitos escenarios posibles del laberinto), a la Argentina le está resultando un objetivo esquivo encontrar su destino, desde hace demasiado tiempo.

La incertidumbre macro está en el centro de la explicación. Desde el punto de vista económico, el país ofreció en los últimos años un cóctel perfecto para diluir decisiones. Los senderos no solo comenzaron a bifurcarse: se volvieron repetidamente binarios. Cada año aparece algún evento con altísimo nivel de incertidumbre, que ordena los planes individuales de forma tal que el resultado es una falla de coordinación colectiva sistemática. Algunos ejemplos recientes: la reestructuración de la deuda en 2020, el resultado de las elecciones en 2019, 2017 y 2015, la salida del cepo en 2016. La lista es frondosa.

Pero la incertidumbre no se agota ahí. Eventos como la reversión de flujos de capital de 2018, que desnudó la fragilidad del gradualismo, o la pandemia de 2020, son testimonios de que, además de las cosas sobre las que los argentinos no podemos decidirnos, a menudo suceden otras que ni siquiera podemos prever.

El año 2021 se perfila como un eslabón más de esta serie de años binarios, con una singularidad: muy posiblemente será un evento natural (las lluvias) lo que ordene tempranamente la macro del año. Con un Banco Central sin reservas liquidas, con apenas US$5000 millones de reservas netas y con una brecha cambiaria mayor a 70%, la capacidad de recomponer reservas y disminuir la vulnerabilidad externa depende casi exclusivamente de los dólares que pueda aportar la cosecha. Que los precios de la soja sean los máximos en 5 años y que aun así eso no alcance, es revelador de la fragilidad del resto del armado macro.

Estabilizar la macro y reducir la incertidumbre constituyen la mejor política expansiva. Con un Estado que, además, agotó toda su capacidad de estímulo, hoy es la única. Alcanzar un acuerdo temprano con el FMI es el mejor vehículo disponible para salir por arriba de este laberinto de incertidumbre crónico.

La idea del programa no se agota en fijar senderos plurianuales que no se bifurquen hacia variables como el resultado primario, la monetización, las reservas y la deuda. Es también poder “contar una historia” sobre cómo se pretende alcanzar esas proyecciones. La agenda de reformas estructurales que libere el crecimiento potencial es parte de esa historia a contar. Así, al poner en papel los objetivos y las herramientas de la política económica, el acuerdo permitirá despejar esa incertidumbre que se alimenta de declaraciones cruzadas hechas por diferentes funcionarios, que muchas veces son diametralmente opuestas.

La iniciativa del ministro de Economía, Martín Guzmán, de hacer pasar el acuerdo por el Congreso es un paso en la dirección correcta para ganar legitimidad y construir consensos. Eso ayuda a la hora de reducir la incertidumbre.

Poner los problemas centrales sobre la mesa, consensuar un tratamiento creíble e implementarlo. Hoy. Y aceptar que, por más que nos deleite, tal vez sea mejor que dejemos de aspirar a ser Ts’ui Pên. Lo demás, vendrá por añadidura.

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