Un mensaje urgente: cuidar el suelo



El cuidado de los suelos es clave para sostener la competitividad del agro Fuente: LA NACION – Crédito: Marcelo Manera

Si hay algo que está dejando en claro este 2020, atravesado por la peor pandemia de la que tenga memoria el mundo moderno, es que la cuestiones básicas tienen que atenderse rápidamente. Si no hay salud no se puede hacer nada más. Parece una obviedad, pero si se observa con un poco más de atención no lo es. Las señales de alarma de los especialistas por el riesgo de una pandemia no fueron tenidas en cuenta. Hoy se padecen las consecuencias.

Por ese motivo habría que tomar en serio las advertencias sobre el cambio climático y el deterioro del ambiente. Y en este capítulo, uno de los puntos críticos es la salud del suelo.

Hoy, justamente, se celebra el Día Mundial del Suelo, instituido por las Naciones Unidas hace siete años. Quizás sea un mero formalismo (en país hay un Día Nacional del Suelo, el 7 de julio), pero la fecha puede contribuir a poner en los primeros lugares de la agenda pública los procesos de erosión y degradación a los que están sometidos los suelos.

Una de las iniciativas que se están llevando adelante para encontrarle una solución a este problema, la encabeza el Instituto Interamericano de Cooperación Agrícola (IICA) que ayer presentó el programa “Suelos Vivos de las Américas”. Este proyecto pretende coordinar a gobiernos, industrias, productores, organizaciones locales e internacionales, científicos y técnicos para regenerar los suelos.

“La restauración y el manejo sustentable del suelo son más importantes que nunca”, advirtió el doctor Rattan Lai, investigador y docente de la Universidad de Ohio, Estados Unidos, ganador del Premio Mundial de la Alimentación 2020 y del premio Nobel de la Paz de 2007 como integrante del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés).

Rattan Lal, ganador del “Nobel” de la alimentación Crédito: aapresid

Lai, que habló con periodistas de América Latina como parte del proyecto del IICA, destacó también que “no se puede obtener más del suelo de lo que se invierte, sin degradar su calidad y poner en peligro su capacidad de producir servicios esenciales del ecosistema”. Recordó que el suelo es “una fuente de secuestro de dióxido de carbono dependiendo de cómo se lo gestiona”. Por ese motivo, propuso apuntar a una agricultura de conservación.

A la pregunta sobre qué hacer frente a los gobiernos que adoptan políticas de corto plazo que atentan contra el cuidado de los suelos, el científico no dudó en responder que se necesitan medidas en favor de los agricultores, que recompensen las Buenas Prácticas Agrícolas (BPA).

“Una manera de hacerlo es no por la coerción o fuerza, sino más bien con recompensas: si a un agricultor se lo motiva a hacer algo, como restaurar los suelos, deben ser recompensados; por ejemplo, yo he estado proponiendo los créditos de carbono”, sostuvo.

La evidencia argentina demuestra que cuando las señales económicas son las correctas hay más posibilidades de adoptar una agricultura de conservación. La baja de los Derechos de Exportación (DEX) al trigo y al maíz a partir de 2015 favoreció la rotación con gramíneas y le puso un tope a la condición de monocultivo de la soja en buena parte de la zona núcleo y la región central del país.

La prioridad del incentivo y no del castigo también cobra relevancia en estos tiempos, donde brotan iniciativas desde la coalición oficialista para ponerles palos en la rueda a la producción como la reforma a la ley de manejo del fuego, la ley de humedales o las prohibiciones a aplicar fitosanitarios. Se invierte la carga de la prueba y se pone en el banquillo de los acusados a quienes trabajan, sin discriminar si lo hacen bien o mal.

De esa forma se está perdiendo una de las principales ventajas que tiene la Argentina. Hay suficiente capital económico y social acumulado como para hacer las cosas bien. Por ejemplo, con más de treinta años de siembra directa, que ahora apunta a los cultivos de servicio, con el conocimiento de científicos y técnicos de las instituciones públicas y privadas, o con una red de producción de empresas de maquinaria agrícola, semillas, fertilizantes, fitosanitarios, biológicos y servicios profesionales.

“Las políticas deben tratar de recompensar a los agricultores y promover la agricultura, deben darle el respeto que se merece a la profesión y que se necesita en estos momentos, para asegurarse que la agricultura y los recursos naturales sean gestionados de manera sostenible”, expresó Lal.

Todavía, más del 95% de la producción de alimentos viene del suelo, más allá de que esta semana Singapur se convirtió en el primer país del mundo en aprobar el consumo de carne celular producida en un laboratorio, del crecimiento de la hidroponia o de las experiencias para cultivar vegetales en el espacio. También de la salud del suelo depende la supervivencia del planeta.

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