Un lejano conflicto bélico en el que se usaron caballos argentinos



Los caballos argentinos rumbo a Sudáfrica

Los bóers eran colonos holandeses que en Sudáfrica estuvieron en conflicto con el Imperio Británico entre 1880 y 1881 y luego desde 1899 hasta el Tratado de Vereeniging en mayo de 1902 mediante el cual se dio por finalizada la guerra Anglo-Bóer.

El conflicto abrió un mercado exportador para nuestro país, donde el caballo ocupó un lugar preponderante con un triste final. Inglaterra envío una comisión integrada por oficiales británicos, encabezada por el coronel Truman, que debía seleccionar la caballada.

Isidro Castaño en “La Agricultura” de mayo de 1897 informaba que la primera remesa de entre 1200 y 1500 caballos se enviaron como un ensayo; luego a raíz de los buenos resultados continuaron las exportaciones.

Si bien la parte compradora que seleccionó la caballada fue muy crítica, solamente consideraba apta el 10 o 20% de la muestra, ya sea por problemas de alzada, contextura, pelaje o de vista; también estaba la parte vendedora que como dice Giberti en “Historia de la ganadería argentina” “es que hubo quién vendió a precios nobles, cuando apenas servían para caballos de tramways (Anales de la Sociedad Rural Argentina)”.

En noviembre de 1899 partió uno de los tantos barcos, el Beacon Grange especialmente diseñado para transportar caballos; viajaron 691 caballos de 3 a 4 años, procedentes de: Venado Tuerto (253), Capitán Sarmiento (232), Cañada de Gómez (130) y Hurlingham (76).

El 15 de abril de 1901, la nacion publicó parte de un interesantísimo informe que elevó Norman Jacobs luego de una participación de once meses en el conflicto y ante un requerimiento del director de Agricultura y Ganadería, Ronaldo Tidblon. Comenta que el teatro de operaciones en la Colonia del Cabo, el Estado Libre de Orange y Transvaal, salvo alguna excepción, está formado por colinas y bajos pedregosos, divididos por cadenas de montañas.

Resalta que todos los caballos ingleses y australianos llegaron a Sudáfrica herrados, y que los vasos de los caballos americanos de Texas, Kansas o Nebraska frecuentaban suelos duros, y por supuesto estaban acostumbrados a comer granos. Aquí destaca la primer gran desventaja del caballo argentino: llegó sin herrar, de suelos blandos y acostumbrado a comer pasto verde.

Como caballos bien formados ubica a los europeos en primer lugar, luego a los australianos, en tercer lugar, a los argentinos, posteriormente a los americanos y después a los bóers. Los australianos los define como altos pesados y fuertes similares a los expuestos por Manuel Güiraldes en 1899 en la Sociedad Rural. Sobre los caballos bóers detalla “son simplemente petisos de 1.35 metros a 1.40, del ancho de un ternero grande, peludos, feos y cabezones; pero con un vaso como de hierro que los hacía superiores a todos los demás para el terreno donde debían operar”

El regimiento del señor Jacobs recibió al salir de la Ciudad del Cabo, 900 caballos argentinos, americanos, australianos, canadienses, europeos, de la India y once basutos. De todos estos equinos sobrevivieron once meses después: un árabe puro, un basuto y tres argentinos, uno de Cura Malal, otro de las sierras de Córdoba y el tercero de Santa Fe.

En cuanto a la resistencia, ubica al caballo argentino en primer lugar y finaliza dando su opinión sobre el caballo de guerra ideal para este teatro de operaciones: sería un caballo criollo de 1 metro 50 centímetros de talla, con un descanso en libertad durante el mes siguiente de llegar a Sudáfrica, para que antes de entrar en servicio hubiera podido endurecérsele los vasos que se le hubieran ablandado durante el viaje en barco.

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