Un gimnasio social para humanos oxidados



El cambio de hábitos que requiere atravesar una pandemia tiene múltiples consecuencias. Muchos de nosotros hemos disminuido nuestras interacciones sociales casi por completo. Los compañeros del trabajo, la salida de la escuela de los chicos, los extraños de los bares y hasta con nuestros más queridos con quienes no tenemos un abrazo hace tantos meses. Esta privación puede “atrofiar” una parte importante de nuestra vida con los otros, como si tuviéramos que ponerle WD40 a cada charla, a cada sonrisa y no sumirnos en un pantano de ansiedad y encuentros toscos.

Para Miguel Espeche, psicólogo especialista en vínculos, tarde o temprano volveremos a relacionarnos con fluidez, porque tenemos la capacidad de hacerlo, pero el aislamiento tiene consecuencias. “Al reducirse las variables de nuestra vida cotidiana, nos da una sensación de cobijo en esa no interacción, sobre todo con un ambiente tan hostil como es ahora afuera desde la salud y lo económico. Sentimos que el prójimo es un potencial peligro, la reducción de nuestras rutinas nos hace aquerenciarnos en ellas y volver a la normalidad requiere cierto ejercicio que nos va a costar”, describe.

Existen investigaciones sobre personas privadas de su libertad, ermitañas, soldados, astronautas, exploradores y otros, que han pasado largos períodos de aislamiento, que indican que las habilidades sociales son como músculos que se atrofian por la falta de uso. Las personas separadas de la sociedad se sienten más ansiosas, impulsivas, incómodas e intolerantes socialmente cuando regresan a la vida normal.

Por otra parte, también existen razones biológicas para quienes sufren la falta de sociabilidad. Stephanie Cacioppo, directora del Laboratorio de Dinámicas del Cerebro de la Universidad de Chicago, lo describió así recientemente en un informe del diario The New York Times. “No es una patología o un trastorno mental. Incluso los más introvertidos están programados para desear compañía. Es un imperativo evolutivo porque históricamente ha habido seguridad en estar con otros. Cuando nos separamos de los demás, nuestro cerebro interpreta como una amenaza mortal. Y al igual que no comer cuando tienes hambre, no interactuar con los demás cuando estás solo conduce a efectos cognitivos, emocionales y fisiológicos negativos”, describe.

Podemos entrenarnos para “el regreso”. Nuevas interacciones que de a poco se empieza a dar, aún con restricciones, incómodos y desafiantes. “La preparación consiste en identificar que esto pasa, no hay que asustarse, también será un reto físico de volver a mover el cuerpo de un nuevo modo, hablar con emociones incluidas, poder comentar cómo nos sentimos, cómo estamos”, dice Espeche.

La privación envía a nuestro cerebro a un “modo supervivencia”, lo que debilita nuestra capacidad para reconocer y responder adecuadamente a las sutilezas y complejidades inherentes a las situaciones sociales. En cambio, nos volvemos hipervigilantes y hipersensibles.

Gabriela Goldstein, doctora en psicología y miembro titular de Asociación Psicoanalítica Argentina APA, reflexiona sobre cómo la virtualidad ha colaborado a sostener ese “lazo afectivo posible” durante estos tiempos de aislamiento por la pandemia. “Pero evidentemente, no reemplaza el contacto humano, es cierto que se puede vivir con una cierta extrañeza y por momentos como estar en un sueño. Pero el deseo es ‘indestructible’, los efectos del confinamiento se pueden hacer visibles en algunos casos como una salida que puede ser ‘maniaca’ como nuevas formas de fobias fundadas en el miedo. Es deseable gestionar la angustia y no habitar en ella. La expectativa de reencontrarnos sostiene una tensión deseante vital. Es un trabajo interno de entrenamiento, combinar la realidad externa con lo interno, esa es nuestra tarea”, describe.

Laura Orsi, médica psicoanalista de APA, secretaria científica del capítulo Psicoanálisis Subjetividad y Comunidad, agrega “Es importante y necesario estar cerca de amigos, colegas y familiares a través de las vías permitidas, expresar nuestro afecto, para minimizar el aislamiento. Estar atento de las personas cercanas que no la están pasando bien, más tristes e irritables y que no pueden conectarse, así como con los profesionales de la salud que necesitan de nuestra cercanía para poder sobrellevar su tarea incansable”.

El aislamiento nos cortó mucho del acceso a una red de pertenencia que nos daba sentido. Muchos la extrañamos y tememos en partes iguales. Desde esa ambigüedad nos toca transitar los meses que vienen. Quitarle el óxido a mecanismos desengrasados para darle plasticidad a nuestras habilidades sociales.

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