Un censo en la era del big data



Nuestro poder de cómputo es descomunal. Vivimos en Internet, donde todo lo que hacemos se registra automáticamente. Sin embargo, para éxtasis de los nerds de la estadística y la demografía, este año vamos a volver a contar como en la Antigüedad, uno por uno: nos toca hacer un nuevo censo.

Previsto para octubre, el censo es una movilización democrática parecida a las elecciones. Uno de los pocos días en que todos hacemos lo mismo, como cuando juega la selección en el mundial. Un domingo para convidar facturas al censista y sentirse parte de la nación. Dicen que los censos son la mayor movilización de los países en tiempos de paz. De mínima, son un gran trabajo colectivo.

Los gobiernos -desde los egipcios, romanos e incas- siempre contaron a sus habitantes con dos fines centrales: sumar contribuyentes o soldados. La democracia inventó el conteo para garantizar que los ciudadanos sean representados de forma proporcional. Ese rol en la Argentina lo tienen los diputados, cuyo número está determinado por la cantidad de habitantes de cada provincia. Sin embargo, una ley de 1982 distorsionó las cuentas y el cálculo nunca se adecuó a los censos siguientes, de manera que hoy tenemos provincias subrepresentadas y otras sobre-representadas. Por ejemplo, según datos publicados por la especialista Delia Ferreira Rubio después del censo 2010, los bonaerenses tienen un diputado cada más de 220.000 habitantes, mientras los cordobeses tienen uno cada casi 184.000, y los santacruceños uno cada menos de 55.000. Dicho de otro modo, un bonaerense está cuatro veces menos representado que un santacruceño.

Los resultados del censo reactivarán discusiones de política pública. Por ejemplo, la distribución etaria de la población puede incidir en cómo repensar el sistema jubilatorio. La gestión de Jorge Todesca en el Indec -que terminó en diciembre pasado- anunció que las pruebas piloto incluyeron nuevas preguntas sobre autopercepción de género, pertenencia a pueblos originarios y población con discapacidad.

También se mencionó la posibilidad de pedir el número de DNI, una medida polémica que pone en riesgo el anonimato de los datos. El secreto estadístico siempre fue un pilar de las buenas prácticas para censar, pero la digitalización de los datos nos tiene a todos más alertas respecto de cómo se usa nuestra información. ¿Afectarán esos temores nuestra respuesta colectiva al censo?

El Indec planea una recolección de datos presencial, aunque los censistas podrían reemplazar planillas de papel por dispositivos electrónicos. En Estados Unidos tendrán censo el 1 de abril, con varias novedades tecnológicas. Pasan de emplear 150.000 censistas a 50.000, que visitarán solo los domicilios que hayan variado de acuerdo a una revisión de imágenes satelitales. Los demás responderán a distancia, por Internet. Se espera también una campaña de marketing digital millonaria, que informe sobre el censo aprovechando las herramientas más nuevas de personalización digital que hoy tienen semivedadas las campañas electorales. Los aficionados a los datos y la comunicación estaremos mirando en primera fila.

Los resultados del censo suelen tardar un año en producirse. Con el uso de nuevas tecnologías, se espera que el de 2020 pueda estar listo en 6 meses. Más tarde o más temprano, tendremos un nuevo espejo donde mirarnos. Lo importante es qué haremos para mejorar esa imagen.

La autora es directora de Sociopúblico

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