Sustentabilidad: la pandemia le dio impulso a un consumo más responsable



Además de más compras online, la pandemia hizo que avanzaran algunas otras tendencias por parte de los consumidores Fuente: LA NACION – Crédito: archivo Ricardo pristupluk

Según datos de referentes del sector comercial, hay cada vez más compras de productos amigables con el medio ambiente; historias de los que emprenden

CÓRDOBA.- La pandemia cambió hábitos de consumo y profundizó algunas tendencias. No solo crecieron el comercio online y la compra en locales de cercanía, sino que hay también una mayor preferencia por productos y servicios sustentables, más amigables con el planeta. Por ejemplo, datos de Mercado Libre indican que la elección de ese tipo de productos se duplicó en 2020 respecto de 2019. Los especialistas coinciden en que los consumidores, con más tiempo, pudieron analizar y probar cosas nuevas y, en un punto, vincularon el Covid-19 con la crisis climática y el frágil equilibrio del planeta.

Max Roller, supervisor regional de Sustentabilidad en Mercado Libre -al ser la mayor plataforma del país, se trata de un buen termómetro-, dice que en noviembre se superó el millón de ventas de productos sustentables y que las empresas de ese tipo crecieron 40% con respecto al tercer trimestre. Es un tipo de consumo, afirma, que se consolidó en la Argentina y en América Latina con el aislamiento.

Según un estudio hecho en agosto, durante la pandemia se duplicó el número de compradores en la sección Sustentables, la colección curada de Mercado Libre que incluye productos con impacto social y ambiental positivo. “Eso nos permite pensar que existe una relación directa entre pasar más tiempo en el hogar y la adopción de prácticas de consumo más amigables con el medio ambiente”. En la Argentina, unos 650.000 usuarios compraron productos sustentables en los últimos 12 meses; fueron el 26% del total regional. En ese período, 28.000 los eligieron como primera compra.

Andrés Pallaro, director del Observatorio Futuro de la Universidad Siglo 21, señala que influyeron el Acuerdo Climático de París de 2015 y el establecimiento de los Objetivos para el Desarrollo de Naciones Unidas: “Fueron hitos que terminaron generando un fenómeno en cascada, que llegó a municipios y empresas. Con la pandemia hubo un efecto multiplicador, ya que hay más disponibilidad para elegir tranquilos. A eso se suma que la economía de bajo contacto revaloriza los mercados y productores cercanos. Y hay un efecto sustitución, funcional al proceso”. El especialista grafica el fenómeno con la “ventana de Oberton” (teoría política que describe como una ventana el rango de ideas que el público puede encontrar aceptable). “Vemos que la idea de la sustentabilidad crece preferentemente entre los jóvenes y en el segmento con una posición económica que permite consumir”, describe.

Andrés Gago, economista y docente de la Universidad Di Tella, plantea que se podría haber pensado que la crisis asociada al Covid-19 reduciría estos consumos, pero se dio otra tendencia: una reorientación del gasto. “Hay compras y salidas que no se pudieron sostener, entonces hay recursos que pueden destinarse a ese consumo, a buscar más placer. Para muchos es más un lujo, no parte de la canasta básica”.

Pedro Reissig, diseñador, creativo y autor -con Adrián Lebendiker- del libro Food design: hacia la innovación sustentable, plantea que una tendencia no es equiparable a un cambio paradigmático. Comenta que hace unos 20 años hay una “profunda preocupación” por el tema alimentario, porque “muere el doble de gente por comer que por no comer”. Los cambios, afirma, “no son lineales, ni homogéneos, ni estables” y tienen relación con quiénes son los interlocutores y actores del proceso. “El panorama es complejo, pero empiezan a dilucidarse cosas y eso es irreversible -agrega-. Por ejemplo, los alimentos súper procesados y cocinados por automatización que llevaban medio siglo de liderazgo, hoy son mala palabra”.

La sustentabilidad empieza a ser transversal a empresas multinacionales y emprendimientos familiares, a la vez que abarca diferentes rubros. El diseñador argentino Benito Fernández lanzó este año su colección con prendas “sin género” (genderless). Fernández plantea que con la pandemia se replanteó muchas cosas y se reinventaron él y su marca.

“Lugarcito Montessori”, por su parte, es una marca de juguetes sustentables de madera que salió al mercado a mitad de año de la mano de Stephani Polo. “Nos basamos en el concepto de educación de María Montessori, que pasa por respetar al niño -cuenta Polo-. Con los juguetes pueden aprender con el tacto, con el peso; son piezas que duran, heredables, amigables con el planeta. Los chicos aprenden de dónde viene aquello con lo que juegan. La aceptación es muy buena y va más allá de lo lúdico; se vincula con un cambio de concepto, con mamás que eligen otro método educativo”. El proyecto final, cuando la pandemia lo permita, es que la marca tenga su espacio para que los chicos jueguen y se reúnan fuera del colegio.

Un espíritu similar empuja, desde 2016, a “Libros sensoriales Calle Francia”. Reciclan y utilizan retazos y sobrantes de tela de otras empresas y, así, evitan o limitan mucho la basura textil. Trabajan principalmente con “Domingo”, una marca de indumentaria masculina de slow fashion (un concepto de fabricación para el consumo durable y sustentable). “Hacemos juguetes artesanales con mano de obra propia, con un mínimo de utilización de plásticos (como son algunos botones, cuentas o broches, que en su mayoría son reutilizados) y, con los años, fuimos profundizando el aspecto ecológico sustentable del proyecto; hoy en día todo el packaging y la papelería son reciclados/ reciclables”, cuenta Candela Núñez.

Para Reissig hay diferentes caras de la innovación sustentable, desde algunas más superficiales a otras más profundas. A su entender, la definición debe contemplar el alimento, al individuo y la relación entre ambos: “Puedo obsesionarme con comida saludable y me convierto en una suerte de neurótico alimentario, con lo que hay una distorsión”. Dice que prefiere usar concepto de “sujeto alimentario, decisor” y no el de consumidor, que es una figura “puesta por el mercado”.

Cero Market es el primer supermercado libre de envases del país; está en el barrio porteño de Belgrano. Una de sus fundadoras, Ana Pierre, dice que el emprendimiento nació como respuesta a preocupaciones personales. Viajó a Europa y vio que la venta a granel gana terreno desde 2005, con condiciones de higiene comprobadas. “Traje mucho material y trabajamos un año antes de abrir; lo hicimos con todo argentino, en una apuesta a la industria nacional”. Dice que, al comprar, la gente “se compromete con el concepto, con el modelo”. Y agrega que no apuntan solo al vegano y al vegetariano: “La idea es que al planeta lo cuidemos todos”, define.

En la Argentina, según Mercado Libre, las categorías huertas y composteras, movilidad sin emisiones, alimentos orgánicos y productos “basura cero” fueron las de mayor demanda en 2020. La venta de pañales reutilizables creció en los últimos meses 2000%, las de botellas reutilizables, 900%; cremas faciales sustentables, 700%; huertas y composteras, 550% y copas menstruales, casi 350%. La sección de Sustentables ofrece 6600 productos de casi 1400 pymes de todo el país.

Pallaro y Gago coinciden en que el precio de estos productos y servicios -más alto que los regulares- aún actúa como una barrera, y señalan que en los países más desarrollados, el segmento de clientes es más masivo.

“Es una tendencia que va en aumento y que no a va a parar; desde el lado de los consumidores hay más voluntad por buscar y más disposición a pagar un poco más por estos productos amigables con el planeta y con las condiciones de quienes lo producen -describe Gago-. Y, por el lado del inversor, existe más predisposición para apoyar a empresas que cumplen con principios éticos. Es inevitable que se profundice este modelo”.

Pallaro advierte que, si bien la innovación y la escalabilidad vienen abaratando costos, falta más masividad en las tecnologías, para que más personas puedan acceder. Otro aspecto tiene que ver con las certificaciones y la trazabilidad; en la Argentina no hay aún ese tipo de mecanismos, que ayudan a generar confianza.

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