Suba de la soja: una buena noticia que podría ser mejor en otras condiciones



Crece la demanda mundial de soja

Que la soja haya cerrado cerca de los US$500 dólares la tonelada en Chicago, el principal mercado de referencia mundial de las commodities agrícolas, debería ser una excelente noticia para la Argentina. Su principal producto de exportación, en forma de poroto, harina, aceite y biodiésel, vuelve a tener niveles récord que no conoce desde hace seis años.

Otra vez, como sucedió en 2008 y en 2012, los planetas se están alineando para que los precios se coticen en alza.

China, la segunda economía mundial, es el principal importador de soja del mundo, con 100 millones de toneladas al año. Su actividad se está recuperando rápidamente de los efectos destructivos de la pandemia del Covid-19. Al mismo tiempo, también está superando los estragos de la peste porcina africana que arrasó su rodeo de cerdos. Al modo chino, para superar esa crisis, construyó granjas de producción profesionales que reemplazan a la cría en los patios traseros. ¿Resultado? La población vuelve a consumir más cortes porcinos y crece la demanda de soja porque es la proteína más eficiente para convertir vegetales en carne.

La cuestión climática también juega su partido. El principal productor mundial, Brasil, que desplazó a Estados Unidos del primer lugar en el podio, está afrontando la falta de lluvias que recortará la cosecha esperada.

En ese escenario, la debilidad del dólar a nivel mundial impulsa la suba del precio de las materias primas, no solo la soja, y se presenta el combo perfecto. Lo saben desde los fondos de inversión y especulación que se mueven en Chicago hasta los chacareros de la pampa húmeda.

Pero la noticia podría ser más auspiciosa si las condiciones argentinas fueran diferentes. Desde hace varios años la producción de soja está estancada porque sobre el cultivo pesa la voracidad fiscal del Estado y la inestabilidad de la economía. Solo cuando hay buenas lluvias se superan los 50 millones de toneladas.

El gobierno de Macri no pudo cumplir con su promesa de reducir cinco por ciento por año los Derechos de Exportación (DEX), mal llamados retenciones, que Cristina Kirchner había dejado en 35% en diciembre de 2015. Apenas bajó cinco puntos cuando asumió. Su intención fue reducirlos, pero las urgencias fiscales fueron el argumento para no hacerlo

Con la llegada al poder de Alberto Fernández volvió a aumentar la presión impositiva. De un promedio de 24%, los DEX pasaron al 30%, luego bajaron temporalmente para los productos procesados y desde ayer volvió a 33 por ciento. Otra vez, las urgencias fiscales fueron el argumento.

En definitiva, la presión impositiva y las distorsiones macroeconómicas, hacen jugar a los productores argentinos en una cancha inclinada y en su contra. A esa supuesta soja de US$500 el productor local la tiene que cotizar al dólar oficial -la mitad que el paralelo- y descontar el 33% de retenciones. Y esto sin mencionar otros rubros del “costo argentino”.

Eso es muy diferente de lo que ocurre en Brasil, Estados Unidos o Paraguay, donde los gobiernos trabajan para que las condiciones de competitividad sean lo más favorables posible. Saben que la soja es vital para generar divisas y hacer crecer sus economías. Saben también que la demanda mundial de alimentos no cede y están dispuestos a satisfacerla.

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