Sobrevivir entre el “hogar bunker” y los “nodos de vitalidad”



Crédito: Alfredo Sabat

La sociedad está pasando de gestionar el encierro a procesar las tensiones y paradojas de la salida. Si entrar fue traumático, salir no está exento de múltiples complejidades que traen aparejadas sus propios miedos y ansiedades. Pero la tentación es grande. Está escrito en los genes de la naturaleza humana: la escasez genera deseo. Progresamos porque anhelamos aquello que podemos imaginar y soñar pero no alcanzar. En un desierto de malestar, hoy el bienestar “no tiene precio”. Los argentinos están regresando lentamente a la vida. Con ella vuelven el oxígeno de la libertad y la opresión de la nueva realidad.

Hay plena conciencia de que el fenómeno está lejos de haber concluido. Las noticias que llegan de Europa no son malas, son peores. Las vacunas son una esperanza, pero todavía brumosa. La restricción económica se siente y se hará sentir. Lo viven, lo saben. Hace meses que la gente decidió clausurar el futuro. Parecería estar siguiendo las enseñanzas del poeta romano Horacio (65-8 AC), quien hace más de 2000 años acuñó la famosa consigna: “Carpe diem, quam minimim credula postero”. Lo que se puede traducir como “Aprovecha el día de hoy; confía lo menos posible en el mañana”. Dicha filosofía se resumió en la idea de “Vivir el hoy”.

Sucede que este es un carpe diem forzado. Según la última encuesta publicada por la consultora Taquion (2028 entrevistas total país), el 72% de la población tiene una mirada negativa respecto del futuro. Coincide con lo que encontramos en nuestro último relevamiento cualitativo, concluido a finales de octubre: una nube de pesimismo y desesperanza. La gran mayoría no quiere pensar en el futuro porque eso solo le genera aun más angustia. En la oscilación anímica del humor social que luce como un electrocardiograma, ese carpe diem, de acuerdo con los hechos del día, se torna muchas veces en su inverso: “sufre el hoy”.

En consecuencia, la libido está puesta, por un lado, en acondicionar el “hogar búnker” y por otro, en nutrirse de energía positiva en los “nodos de vitalidad”. Los dos movimientos se están dando en simultáneo y son parte de un mismo proceso. La articulación de un nuevo modo de vida híbrido. Un interregno entre la vida que teníamos y la que venimos de tener. Ni lo uno ni lo otro. Se puede salir, sí, pero a medias. Mejor que lo que había, peor que lo que añoramos.

Por eso se busca ante todo “asegurar la base”. Que esas casas que de pronto se volvieron casa, colegio, oficina, gimnasio, cine y sala de juegos estén acondicionadas del mejor modo posible. Preparadas como un búnker para seguir protegiéndonos y conteniéndonos. Listas para lo que fuera que pudiera pasar.

Si algo aprendimos en estos meses es que lo imposible no existe. Ahora somos más respetuosos con las distopías. Lo que vemos hoy en Italia, España, Francia, Inglaterra y hasta en Alemania es una nueva lección de este curso acelerado de realismo crudo siglo XXI.

Los datos más recientes lo confirman. La construcción chica, individual, casera es la gran ganadora de la cuarentena. De acuerdo con los datos del Indec, el sector tuvo un colapso en abril con el comienzo del confinamiento más estricto: cayó 76% en la comparación interanual. En mayo la contracción fue también muy violenta: -49%. Desde entonces comenzaron a verse números menos negativos, que concluyen con el que se acaba de publicar para septiembre: -4%.

Hay tres rubros que marcaron el ritmo y revelan el nuevo patrón de conducta. El primero de ellos es ladrillos huecos. En abril se derrumó -87%. En septiembre creció 24%. Si lo llevamos a valores trimestrales, en el segundo trimestre sus ventas cayeron -36% interanual, mientras que en el tercero crecieron 22%. El segundo rubro es pinturas. Mientras que en el segundo trimestre cayó -14,5%, en el tercero subió 14,5%. Y el tercero son pisos y cerámicos, que pasó de caer -32% a crecer 9% en los mismos períodos.

Las cifras de los despachos de cementos de la Asociación de Fabricantes de Cemento Portland confirma la tendencia. En septiembre, las ventas de bolsas de cemento de 50 kilos tuvieron un boom de +36,6%, mientras que los despachos de cemento a granel, que se destinan a las grandes obras, cayeron 26%. En el tercer trimestre del año, esos indicadores son +18,5% las bolsas, -38% el granel. A los productores les cambió el negocio: mientras que en 2019 las bolsas eran el 56% de las ventas y el granel, 44%, ahora las bolsas ya representan el 71%.

Por último, el índice Construya, que releva las ventas de reconocidas empresas de insumos para la construcción como Loma Negra, Ferrum, Aluar, FV, Plavicon, El Milagro y Peisa, entre otras, después de haber sufrido un desplome del 74% en abril, y un marcado descenso del 34% en mayo, hace 5 meses que muestra números positivos. Mientras que en el segundo trimestre las ventas cayeron -36%, en el tercero crecieron 11%. Los dos últimos datos demuestran que la curva ascendente se consolida: septiembre, +18,5% y octubre, +15,8%.

El monitoreo del sitio especializado Reporte Inmobiliario agrega un componente adicional no menor para comprender lo que está sucediendo: el metro cuadrado de construcción, que llegó a cotizar más de 1100 dólares en agosto de 2011 y en abril de 2017, hoy tiene el valor más bajo desde 2008: menos de 500 dólares.

Los argentinos que tienen resto económico son expertos en gestionar la brecha cambiaria. Impedidos de acceder ahora al dólar ahorro, se concentran en los “bienes ahorro”. Desde hace décadas, en circunstancias como las actuales, con alta volatilidad, el preferido es el “dólar ladrillo”. La mejor forma de comprar con pesos algo que algún día podrían eventualmente ser vendido en dólares.

Se juntaron el deseo con la oportunidad. La gente quiere mejorar sus casas porque se modificó abruptamente el peso relativo de este bien en sus hábitos y en sus preferencias. La misma encuesta de Taquion revela que el 73% no tiene planes para hacer turismo en el verano. El 26%, por temor al Covid, y el 42%, por un tema de restricción económica. El resto, por cuestiones laborales. Será un “verano en casa”. Un textual de nuestros focus groups: “Diciembre, verano, me deprime de solo pensarlo”.

Los efectos colaterales positivos del fenómeno se ven en muchos rubros vinculados. Desde las inmobiliarias que no dan abasto para alquilar casas con acceso al verde y el sol en countries o barrios privados, con precios muy superiores a los del año pasado y en dólares, los albañiles, los pileteros y los jardineros desbordados de trabajo, hasta las empresas de electrodomésticos, que ven crecer sus ventas de heladeras y lavarropas, y los hipermercados y home centers, que focalizan sus ofertas y promociones en los muebles de jardín.

Mientras acondiciona el “hogar búnker”, la gente concurre masivamente a buscar sol y verde a los “nodos de vitalidad”: plazas, parques, costas y todo espacio al aire libre que encuentren, incluso los que se ubican al costado de rutas y autopistas. Ahora se sumaron los bares, restaurantes y parrillas, con sus mesas en veredas y calles que se transforman en peatonales. Contra lo que muchos pensaban, la concurrencia está sorprendiendo incluso a los mismos dueños. En este rubro ya quedó verificado que cuando baja el miedo vuelve el deseo.

Aferrándose a lo que tienen a mano, los argentinos se protegen y respiran. Buscan pasarla bien como puedan y mientras puedan. El pasado fue amargo, el presente, al menos, agridulce. El futuro por ahora no tiene sabor.

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