Rincón Gaucho. Cándido Silva, el platero que hizo verdaderas joyas


En los cuadros de Prilidiano Pueyrredon cuando se observa un paisano de recursos montado con el estribos, pretal o cabezada de plata, espuelas o cuchillo, que seguramente esos objetos provenían del taller de Cándido Silva. Nacido en la Banda Oriental, en 1817 en el hogar de Joaquín Silva y de Eustaquia Fraga, muy joven cruzó el río para establecerse en Buenos Aires. Su carrera fue como la de mayoría de los plateros comenzó como aprendiz, a medida que avanzaba hacía de tutor de los que ingresaban para convertirse luego en maestro y finalmente abrir un afamado taller.

De su mano salieron verdaderas joyas que al decir de un anónimo comentarista hace más de medio siglo fueron “los más finos mates, los más curiosos estribos, los yerberos elegantes, las espuelas galanas, los armoniosos pebeteros, los platos de línea sobria, en fin; dentro del arte de la platería, tanto ciudadana como campera, de cuanta pieza de buena calidad que en algún rincón se encuentre, siempre ostenta el sello de su firma”.

Curiosamente a pesar de ser largamente mencionado, su nombre permanece olvidado, y no ha merecido una biografía, y hasta la que estaba preparando nuestro amigo Arnaldo Cunietti Ferrando quedó entre sus papeles inéditos.

Llegó al país en 1831, y ya con sobrado prestigio y un buen pasar, el 2 de agosto de 1846 se casó en la iglesia de San Telmo con Manuel del Carmen Saavedra, de una muy antigua familia de la que también descendía don Cornelio el presidente de la Junta de Mayo. El censo de 1855 nos confirma que era el principal inquilino de la casa de la calle Piedad (hoy B. Mitre) 127, de la vieja numeración donde vivían también su esposa, su hija Manuela Agustina de 3 años, dos mujeres de servicio.

Allí tenía instalado el taller ya que Luis González y Lucio Reyes eran sus aprendices. La familia aumentó con la llegada de Emilia del Carmen en 1858 y Cándido Eduardo en 1860, según las partidas bautismales de la iglesia de la Merced vivía en la misma calle, pero en el número 183.

Sus talleres estuvieron también en la calle Belgrano 215 y Rivadavia 188. A su muerte el 29 de agosto de 1877, su domicilio particular estaba en la calle Cangallo 737. Su hija Manuela Agustina casó con el español Manuel Moreno Pérez, a quien su suegro se asoció bajo el rubro “Cándido Silva y Cía”, aportando el capital y el recién llegado como socio industrial. En su testamento esa joyería quedó para su hija “por ser su esposo del ramo”.

Las existencias fueron tasadas a su muerte en casi un millón de pesos, siendo $480.000 en brillantes. Dueño de cuatro casas y dos quintas, una en San Martín y otra en Ramos Mejía, fue hombre de importantes recursos, pero de muy bajo perfil ya que no se le conoce siquiera un retrato. Los más destacados estancieros tenían cuenta corriente en el taller: Carlos Casares, Nicolás Anchorena, Ezequiel Ramos Mejía, Antonio Pereda, y muchos otros. Las piezas se conservaron en las familias y hoy integran colecciones privadas o los museos de Luján o Fernández Blanco. Su punzón era la abreviatura de su nombre “C°. Silva”.

Fue desde la época de Rosas uno de los más destacados en el manejo del buril, y su prestigio siguió intacto después de Caseros, sin ser molestado a pesar de haber realizado el curioso jarro que aquí reproducimos representando al general Urquiza con cara de chancho, con una inscripción que dice “Oprobio y muerte a Urquiza, traidor a la confederación”. En el interior se ve el escudo argentino, con el perfil de Rosas y la inscripción “Que viva el restaurador Dn. J. M. Rosas” “Que mueran los salvajes unitarios”

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