¿Quién cuida a los que cuidan?



Se está haciendo tan larga la situación de emergencia que muchos nos encontramos desgastados Crédito: Getty Images

Es muy probable que, en estos últimos meses, muchos de nosotros estemos lidiando con una carga de trabajo más pesada, con recursos más limitados y la atención muy tironeada entre lo laboral y lo familiar. Seguramente todos, en algún momento, nos sentimos aislados, enojados, frustrados y desganados, o tenemos síntomas vinculados al estrés, y nos cuesta encontrar cómo descomprimir, como aliviarnos. Convivimos con una intensidad emocional que muchas veces nos desborda y contagia negativamente a los que nos rodean. Necesitamos apoyo. Algunos buscamos y recibimos ayuda de nuestro entorno, de compañeros, colegas y quienes lideran las organizaciones de las que formamos parte. Otros, no sabemos parar.

Este tiempo ha sido particularmente desafiante para quienes tenemos el rol de cuidar de otras personas, sea por desempeñarnos en Recursos Humanos, por ser líderes de equipo o por estilo propio. Este rol de guiar a otros, que siempre existió, adquiere una relevancia inusitada dado el proceso de vuelta a los lugares de trabajo, cuando se movilizan más los miedos y las emociones intensas. Sostener, contener y cuidar a los demás fue y sigue siendo una constante. Se está haciendo tan larga esta situación de emergencia que muchos nos encontramos desgastados, con poco resto de energía y alto riesgo de enfermarnos, y comenzamos a preguntarnos: ¿Quién cuida a los que cuidan? ¿Los que cuidan, no necesitan cuidado?

Recursos para lidiar con el estrés

El estrés se desata cuando percibimos que la demanda es mayor a nuestra capacidad o energía para responder. Sin embargo, no siempre registramos los indicadores en nosotros mismos: irritabilidad, cambios de humor, intolerancia, problemas en la piel, malestar gástrico, alteraciones del sueño. A veces es por la velocidad a la que suceden las cosas, o por las exigencias externas.

Otras, somos nosotros mismos los que no podemos parar, los que actuamos por impulso, en automático, siempre disponibles, respondiendo de forma inmediata aun al punto de postergar nuestras propias necesidades. Nos cuesta decir que no, poner y ponernos límites. El resultado es una sobrecarga física, mental y emocional que puede conducirnos al estrés crónico y al burnout, con consecuencias para nuestra salud psicofísica y nuestro rendimiento en el trabajo, como así también en el estado de ánimo, el clima y la productividad de nuestro entorno.

Antes de comenzar un vuelo en avión, nos informan que en caso de descompresión de la cabina los adultos tenemos que ponernos la máscara de oxígeno para poder asistir a los niños. De la misma manera, para poder asistir a los que dependen de nosotros tenemos que estar oxigenados y serenos.

En estos días en que empezamos a sentir que el estrés nos está pasando factura, es bueno que podamos preguntarnos quién nos cuida o cómo nos autocuidamos para detener la inercia de nuestra respuesta habitual. En muchas organizaciones comenzaron a surgir iniciativas para reforzar las herramientas que las personas necesitan para aprender y desarrollar habilidades socioemocionales vinculadas con entender, registrar y gestionar las emociones, autorregular los impulsos y recuperar los niveles de energía y motivación.

Recuperar el potencial energético y tenerlo disponible integrando las emociones luminosas con las oscuras, nos permite recuperar las baterías desgastadas, nivelar los desajustes y recuperar el bienestar personal.

Stop

“Me piden que me meta al detalle en todo y yo salgo corriendo a resolver. Todos me piden soluciones, tengo que sostener, salvar, rescatar. Quiero hacer todo perfecto, no queda bien decir que no. Termino siendo la variable de ajuste, estoy para dar una mano en todo, me valoran por eso. Mi lema es: dejá que te ayudo”. “Lo hago yo”.

Necesitamos parar y reflexionar para registrar y entender lo que nos está pasando. Tomar conciencia de nuestras emociones y necesidades, contener el impulso a responder en forma inmediata, a estar disponibles a toda hora y a toda demanda, a controlarlo todo, a satisfacer a los demás.

Un buen recurso para entrenar nuestras habilidades de autocuidado es hacer un ejercicio de check-in y check-out al empezar y terminar la jornada:¿Cómo estoy de energía? ¿Cómo me siento de ánimo?¿Por qué lo hago? ¿Es una demanda externa? ¿Una autoexigencia? ¿Puedo decir que no? ¿Es negociable?¿Cuál es mi límite? ¿Hasta dónde tolero?¿A qué le temo?.

Es difícil conectarse con lo que nos cuesta, es doloroso. Sin embargo, para que pasen cosas diferentes, tenemos que dejar de hacer siempre lo mismo. Entrenar nuestras habilidades socioemocionales nos ayuda a balancear el mundo interno con las exigencias del afuera, recuperar el eje y sentirnos mejor.

Compartir el rol de cuidar a otros

A veces sentimos que somos los únicos que podemos ejercer el rol de andamio de las emociones y necesidades de otros. ¿Es tan así? ¿No hay nadie más que lo pueda hacer?

Para poder corrernos de nuestro impulso habitual es necesario que dejemos de naturalizar lo maquinal y de creer en los superhéroes. A nuestro alrededor seguramente haya otras personas que pueden reemplazarnos en el cuidado de otros. Si el rol fuera rotativo, si se distribuyera entre varios, probablemente habría menos presión y desgaste.

Expresar lo que nos pasa y pedir ayuda

Las emociones que se esconden por temor, vergüenza o negación corroen los cimientos y nos afectan a nivel individual y colectivo. Nos asusta expresar abiertamente lo que nos pasa, decir “no puedo” o “no doy más”, pedir ayuda, poner límites. Creemos que si nos mostrarnos vulnerables los demás van a pensar que somos débiles. Pero ser vulnerables no es ser débiles, sino todo lo contrario. Mostrar lo que ocurre bajo de la punta del iceberg nos hace más fuertes como personas, como equipo y organización.

Si las personas se animaran a expresar lo que sienten podríamos saber quiénes están emocionalmente en condiciones para enfrentar los desafíos y quiénes no, al menos por ahora, porque quizás necesiten más soporte o menos carga. Si diéramos a conocer cómo estamos y qué necesitamos podríamos saber quiénes están fuertes para cuidar a los demás y quiénes no, y encontrar maneras creativas y colaborativas de repartir el peso. Con transparencia, es más probable que logremos mejores resultados en relación con nosotros mismos y nuestro entorno.

Entrenar las competencias socioemocionales para generar un cambio de cultura

Son tiempos en que más que nunca necesitamos apuntalarnos entre todos. Sin ser superhéroes, reconociendo que no podemos todo, trabajando en colaboración, podemos atravesar con más calma y menos costos los desafíos y las complejidades del contexto. El momento nos llama a desarrollar a fondo nuestras habilidades socioemocionales no sólo como una competencia imprescindible para resolver las emergencias del presente, sino como el inicio de una transformación perdurable de las organizaciones hacia una cultura del cuidado, la salud y el bienestar..

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