Presupuesto y realidad: hogar, empresa, Nación



“El presupuesto nacional es una autorización de gastos y un pronóstico de ingresos, así que la diferencia -déficit o superávit- no sé qué es”, me metió en la sangre Cayetano Antonio Licciardo en la UCA, en 1964. Sabía de qué hablaba, pues quien luego fuera titular de las carteras de Economía y de Educación había sido director nacional de Presupuesto.

El punto que enfatiza Licciardo es obvio, pero fundamental. Los diputados y senadores pueden votar que el Estado nacional contrate a determinado número de médicos, músicos o jardineros, y cuánto le pagará a cada uno. Pero ¿qué sentido tiene “votar” las futuras recaudaciones impositiva, aduanera y previsional?

El presupuesto nacional se elabora en pesos corrientes, por lo cual quienes lo preparan tienen que pronosticar qué va a ocurrir, entre el año en curso y el próximo, con el PBI real, la tasa de inflación, los salarios, el tipo de cambio y la tasa de interés.

En un país donde nadie sabe lo que va a pasar la semana que viene, el desafío es monumental, pero hay que cumplir con la denominada ley fundamental de la Nación.

¿Qué ocurrió en el pasado, cuando la realidad inflacionaria superó los pronósticos con los cuales se elaboraron los presupuestos? Del lado de los ingresos, que el aumento de la recaudación por encima de lo previsto fue gastado de manera discrecional, mientras que del lado de los gastos se aprobaron las correspondientes modificaciones presupuestarias.

Encima, utilizando la ley de emergencia económica, el Poder Ejecutivo pudo redireccionar partidas presupuestarias. En materia fiscal, la Argentina funcionó con una restricción presupuestaria blanda, según la feliz expresión de Janos Kornai.

Una de Perogrullo, pero muy importante: el presupuesto nacional no es una unilateralidad, sino que es parte de la política económica. Las autoridades que comenzarán su gestión el 10 de diciembre próximo no tendrán más remedio que anunciar lo que piensan hacer, gastando algunos minutos en los objetivos y en la herencia recibida, para concentrarse en el plano instrumental. Porque nunca está de más recordar que la clave de una política económica no se da tanto en el plano del qué, sino en el del cómo.

Al conocerse la política económica, se verá si resulta congruente con las pautas con las cuales se elaboró el presupuesto nacional. Si lo es, entonces los números usados en su elaboración servirán para pronosticar; si no lo es, la base decisoria se hará sobre la base de que “algo diferente va a pasar”.

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