¿Por qué hoy volvemos a recordar la 125?


Martín Lousteau, el 10 de marzo de 2008, dictó la resolución ME 125 que disponía que la alícuota que debían pagar las exportaciones de soja dependiera del precio internacional del producto. Específicamente, que creciera a la luz del aumento que en ese momento se estaba verificando. La idea era que campo y Estado fueran socios en este “regalo del Cielo”, y no -como pretendía otra porción del Poder Ejecutivo- que el Estado se apropiara de la totalidad del resultado del aumento del precio de la soja.

Seguramente que los diarios del 11 de marzo no dijeron: debido a la repercusión de la medida, el ministro Lousteau renunciará el 24 de abril; la presidenta de la Nación pretenderá darle a la 125 fuerza de ley, pero la iniciativa fracasará porque -en la madrugada del 17 de julio- Julio Cobos, presidente del Senado, votará “no positivo”.

En una palabra, recordar a la 125, en función de la actual pulseada entre el gobierno nacional y el de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, implica preguntar si el actual entredicho referido a las clases escalará, como ocurriera en 2008.

La 125 es materia de estudio entre quienes analizan procesos decisorios, porque muestra cómo una decisión -no digo aceptable pero tampoco de vida o muerte- casi termina con la renuncia de las máximas autoridades ejecutivas.

¿Qué pasó? El denominado “estilo K”, consistente en tomar una decisión frente a las críticas, duplicar la apuesta y esperar que el adversario se termine rindiendo. Funcionó hasta la 125. La 125 fue un proceso, en el que las oportunidades para aflojar (la renuncia de Lousteau, la transformación de una resolución en una ley, etc.) fueron desaprovechadas por el Poder Ejecutivo, precisamente por el “estilo K”.

Un antecedente alentador: el caso Vicentín. El presidente Fernández anunció muy entusiasmado la intervención del grupo, pero luego recogió el barrilete.

Última, pero importante. Una clara diferencia entre la 125 y el cierre de las escuelas en CABA es que la primera pudo tener algún fundamento; mientras que el referido cierre ninguno. Los datos son contundentes: las escuelas no contagian, de manera que la decisión no fue adoptada por razones sanitarias. Y fundamentarla en que los alumnos intercambian los barbijos y las madres se agolpan delante de las escuelas aumentó todavía más la bronca social.

Ojalá la dinámica futura se parezca más a Vicentín que a la 125.

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