Por qué crece la brecha cambiaria, qué implica y qué hacer para contenerla



La diferencia entre la cotización oficial del dólar y su valor en el mercado paralelo genera presión inflacionaria, distorsiona las operaciones comerciales y suma incertidumbre Fuente: LA NACION – Crédito: Hernán de la Fuente

La diferencia entre la cotización oficial del dólar y su valor en el mercado paralelo genera presión inflacionaria, distorsiona las operaciones comerciales y aumenta la incertidumbre; las medidas del Gobierno no resultaron eficaces y los economistas señalan que la solución de fondo es ajustar el gasto público

La economía argentina navega en medio de una inmensa olla a presión regulada por una “válvula” llamada brecha cambiaria, que no es otra cosa que la diferencia entre la cotización oficial del dólar y su valor en el mercado paralelo.

En los últimos días, esta distorsión no ha hecho más que crecer, pese a los intentos del Gobierno por bajarla, y eso se traduce en posible desabastecimiento, falta de precios ciertos, remarcación por cobertura, problemas para importar insumos y bienes, y hasta maniobras en el comercio exterior por sobre o subfacturación de operaciones, que terminan por erosionar el superávit comercial y las reservas.

Nada que no se haya visto en la Argentina antes, pero esta vez hay que sumar el agravante de la emergencia por el coronavirus, que obliga a emitir más pesos, que, tarde o temprano, se van al dólar y suman más presión a una olla que no se sabe cuándo va a estallar. Ante esta situación, el Gobierno ensayó una serie de medidas que resultaron ineficaces hasta el momento, por lo que aumenta la incertidumbre. ¿Qué se debería hacer? Según economistas consultados por LA NACION, hay que atacar el fondo del problema y, por lo tanto, recortar el gasto fiscal, algo en lo que los gobernantes vernáculos no han sido exitosos.

Diego Saravia Tamayo, economista y director de Proficio Investment, dice que la brecha y las políticas para tratar de combatirla crearon cuellos de botella que perjudican la inversión y la asignación eficiente de recursos en la economía. “La brecha es consecuencia de que el Banco Central emite más dinero del que la gente desea tener en un contexto de desconfianza en las perspectivas del país, y este exceso de pesos se transforma en una mayor demanda del dólar al que se puede acceder, creando una diferencia significativa entre el tipo de cambio oficial y los libres”, explica.

En este contexto, explica José Echagüe, economista y estratega de Consultatio Investments, el Gobierno primero apeló a los controles; como advirtió que eso no resultaba, intentó por el lado de incentivar la exportación para obtener divisas (con la baja de retenciones, por ejemplo). “Eso tampoco funcionó; entonces decidió subir la tasa de interés, pero lo hizo tímidamente, por lo que tampoco movió el amperímetro. Apeló a disminuir el parking de quince a tres días y también fracasó, pero sigue sin hacer lo que hay que hacer, que es atacar el déficit fiscal”, afirma.

Según considera Diana Mondino, economista de la Universidad del CEMA, el dólar es un síntoma del malestar de la economía, que es a su vez un síntoma del malestar de la política, que es por su parte un síntoma del descontento de la sociedad. “Las medidas cambiarias no son útiles para modificar la desconfianza en el peso, al contrario. Cuanto más trabas haya, más urgencia hay en salir del peso. El dólar y el resto de las variables de la economía solo serán estables si hay razonables expectativas sobre el futuro. Hoy no las hay”, opina la especialista.

El martes pasado, las medidas para flexibilizar el acceso al dólar a través de los mercados financieros tuvieron un mal debut: provocaron que las cotizaciones del dólar que surgen de operaciones bursátiles alcanzaran nuevos récords. También el dólar blue se disparó, con lo cual volvió a ampliarse la brecha cambiaria (ver infografía).

El economista Gabriel Caamaño, director de Consultora Ledesma, comenta que lo que ocurre ahora es el resultado esperable de una combinación de muchos pesos y la expectativa de que vienen muchos más en camino, por un lado, y de una gran incertidumbre o falta de certezas de cómo sigue esta película y cómo se resuelven los desequilibrios de base, por el otro. “En consecuencia, los agentes buscan cobertura contra lo que prevén va a ser una aceleración de la nominalidad. Lo hacen donde pueden y donde los dejan. El dólar paralelo es uno de esos lugares”, analiza.

Los pesos giran cada vez más rápido y pegan en todos los mercados, haciendo subir las cotizaciones y las brechas. “Mientras no baje la cantidad de pesos en relación con el valor de las transacciones o se logre que la velocidad a la que giran se incremente más suavemente, las brechas van a seguir subiendo relativamente rápido. En ese sentido, la brecha es la válvula de la olla a presión. Nos indica cuanta presión hemos acumulado y si lo que hacemos contribuye o no a disminuirla”, destaca Caamaño.

En tanto, Victoria Giarrizzo, economista y directora del Centro de Economía Regional y Experimental (CERX), señala que la brecha muestra que el mercado no confía en la capacidad del Gobierno para frenar el dólar y, entonces, los fondos del exterior, los locales, y los minoristas, quieren salir al mismo tiempo del peso. “La demanda de dólares crece y la oferta se retrae. Hoy el mercado está imponiendo las reglas cambiarias porque espera una devaluación. Mira la economía y ve pocas reservas, mucha emisión, alto déficit, inflación, recesión, pobreza y dice: esto no es sostenible. Es una crisis de confianza, pero alentada por una economía real y financiera muy débil. Y cuando tenés tanta fragilidad, no hay margen para el error, como viene sucediendo”, subraya.

¿Qué hacer ante este “perro que se muerde la cola”? Giarrizzo dice que el Gobierno decidió priorizar la inflación y que dar marcha atrás ahora minaría más la confianza. “Además, si devaluara, los precios seguirían al dólar y en breve estaríamos igual que hoy, mas allá de que la población, desgastada con la pandemia, no toleraría una crisis inflacionaria”, analiza.

Para la economista del CERX, hay que acomodar la economía a este dólar oficial, con pequeñas correcciones diarias, pero bajo tres prioridades: que no se dispare la inflación, que se estimule la inversión y que bajen el desempleo y la pobreza. “Para eso, hay que revertir las expectativas devaluatorias para estabilizar, pero eso acompañado con soluciones productivas que incrementen las exportaciones y aumenten la recaudación, para descomprimir el déficit fiscal. De lo contrario, la estabilización será pasajera. Finalmente, el trasfondo de la crisis es productivo, no es financiero”, opina.

Cuando se observa la dinámica fiscal, analiza Echagüe, lo que se ve son muchos pesos por venir (vía emisión) y eso, a la larga, va al dólar; pasa que el mercado se adelanta. Eso es más emisión, más pesos y, en definitiva, mayor tipo de cambio. Según el economista, se puede pensar en reducir la brecha mediante medidas regulatorias (controles, en general), pero con eso no se va a llegar muy lejos porque afectan solo en el margen.

Según Echagüe, la suba de la tasa de interés no es una medida inadecuada, pero agrega que ahí el Gobierno hizo muy poco, fue a cuentagotas, y, como era obvio, terminó por resultar una solución ineficaz, porque lo que está en juego es la dosis. “Se debería haber subido la tasa de una manera decidida, dando una señal fuerte”, recomienda el economista.

Existe, continúa Echagüe, una tercera vía para atacar este problema y que es en definitiva la adecuada, pero ahí el Gobierno no ha hecho absolutamente nada: se trata de la cuestión fiscal. Acá se debería dar cierta certidumbre, por ejemplo explicando cuál va a ser el sendero de reducción del gasto, porque es imposible sostener su nivel actual. Esto requiere dos acciones: se encara el ajuste fiscal ahora (algo muy difícil en medio de la emergencia por la pandemia), o se asume públicamente el compromiso de que se lo hará más adelante”, sugiere.

Saravia Tamayo opina que hay un problema de diagnóstico, porque el Gobierno cree que el tipo de cambio oficial está alineado con la situación económica y ha buscado bajar la brecha intentando que disminuyan los tipos de cambio que se fijan en el mercado. “Más allá del efecto de muy corto plazo que pueda tener alguna medida, el problema es que no hay motivos válidos para que disminuya la demanda de dólares y la brecha, si se insiste en que el tipo de cambio oficial está en un nivel adecuado”, remarca el experto.

¿Que sería correcto hacer? A estas alturas, responde Saravia Tamayo, la solución tiene que venir principalmente de la política. “Ya no alcanza con equipos económicos, por más sólidos que sean, y tampoco se ve un camino que sea fácil. El Presidente tiene que decir hacia dónde vamos y, fundamentalmente, presentar un plan que sea consecuente para no seguir con políticas inconsistentes y parciales que terminan causando más daño que el que vinieron a solucionar”, añade.

Tal como lo analiza Saravia Tamayo, el principal problema es la existencia de un déficit fiscal que debe ser financiado con emisión monetaria. “Esto y las débiles expectativas asociadas, generan una dinámica perjudicial en la macroeconomía, que no puede ser solucionada tapando el sol con un dedo. Es una pérdida de tiempo, como ya lo muestra la cantidad de evidencia existente. Es de fondo y necesita políticas de fondo”, indica.

Para algunos de los economistas consultados, en el caso particular del mercado cambiario y teniendo en cuenta esta coyuntura, un esquema mejor al existente sería tener un dólar libre para operaciones financieras y de turismo, y uno manejado por el Banco Central y que se vaya devaluando a una tasa mayor a la actual, para el comercio exterior.

Mondino subraya que, para crecer, la Argentina necesita reducir su gasto público, de tal forma de dar aire al sector privado, aumentar su comercio exterior, agrandar su mercado y generar divisas. “Pero, lamentablemente, nunca hay certeza en las decisiones, y es aún más difícil cuando se basan en información incompleta o errónea. Las declaraciones públicas de funcionarios a veces muestran datos inexactos y me queda la duda de si son los que utilizan para decidir”, comenta la economista.

En este sentido, describe Mondino, han desaparecido los instrumentos de ahorro en pesos y solo puede ahorrarse en mercadería o en dólares. Y, además, es el propio Gobierno el que empuja hacia arriba precios y dólar, al eliminar las otras opciones con tasas reales negativas, castigo a fondos comunes de inversión e impuestos a la renta.

Está claro que no es simple salir de esta encerrona en la que se encuentra la economía argentina. “No es fácil. Y cada vez lo es menos”, concluye Caamaño. “Básicamente, tenés que anclar expectativas y convencer a los agentes de que los desequilibrios se van a ir corrigiendo de forma ordenada y de que no va a ser necesaria una aceleración nominal desordenada”, dice.

Mostrar consistencia

Eso se logra, según el economista de Consultora Ledesma, con un plan de estabilización que demuestre ciertos niveles de consistencia básica entre lo fiscal y lo monetario. “Lo primero sería poner sobre la mesa un sendero de normalización fiscal y un diferencial de tasa de interés en pesos consistente y conducente. En mi opinión, esta última es preferible que sea resultado de un esquema de agregados consistente, lo que exige un esfuerzo de esterilización, que una variable fijada directamente (régimen de tasa)”, desarrolla.

Pero la dura tarea no termina ahí, porque al mismo tiempo que se hace eso, habría que repensar todo el esquema de regulaciones cambiarias, lo que puede incluir una corrección de la paridad oficial. Esa normalización puede contener una etapa transitoria con cambios múltiples. “Lo que hay que entender es que esta administración quemó mucha credibilidad; en consecuencia, el mercado le va a exigir, para poder creerle, niveles altos de sobreactuación. No discursiva o gestual, sino en los hechos”, advierte Caamaño.

Otra opción, para no recaer en la tasa, sería aplicar un ancla cambiaria, pero la falta de reservas lo desaconseja y sería necesario previamente que se destruyan muchos pesos contra precios. “Y eso sale caro”, enfatiza Caamaño. En medio de la incertidumbre, la pregunta que aparece es: ¿en qué puede desembocar esta situación? “Lo que sabemos como algo seguro es que vamos a tener una aceleración de la inflación y un deterioro mayor de los indicadores sociales, y que la salida de la fuerte caída que sufrió la actividad por la pandemia y la cuarentena se va a ralentizar”, estima.

En definitiva, los economistas ven que lo que se está discutiendo al esgrimir cada una de las alternativas posibles es cuándo se darán y de qué manera, porque las correcciones van a llegar (y también sus costos). La incógnita que se agrega es si eso será ordenado y si se logrará administrar las consecuencias, o si será desordenado y solo quedarán para administrar los “platos rotos”.

No resulta más alentador el panorama que arriesga Echagüe, que cree que, dada la evolución de la brecha cambiaria, todas las variables macro se deterioran: la propia brecha se ensancha, la presión sobre el nivel de actividad se incrementa y el empuje sobre la inflación aumenta. “En general, si el Gobierno no encara un ajuste, ese ajuste se hace por su cuenta, como ocurrió en 1975, 1989, 2001 y 2014. Ahí lo que se produce es una devaluación, un ajuste fiscal que hace la licuación de gastos, un salto inflacionario y un costo en el nivel de actividad”, enfatiza el economista.

A la hora de dar su estimación sobre lo que estima que podría ocurrir, Giarrizzo hace hincapié en que hay cansancio en la gente, que ve que pasan los mejores economistas del país por los ministerios y ninguno puede resolver el problema. “Si ahora se opta por sostener el tipo de cambio, tiene que ser con mucha cintura, para generar confianza. Si no es así, se podría desatar una marea inflacionaria que acentuaría los faltantes de productos y la vulnerabilidad social. Además, este dólar obliga a controlar importaciones, y si eso no se ejecuta de un modo hipereficiente y no se desarrollan proveedores locales de calidad rápidamente, el tejido productivo terminará afectado”, advierte.

Saravia Tamayo afirma que si no se cambia de dirección, va a continuar la pérdida de reservas y muy probablemente no se pueda evitar una devaluación y mayores niveles de inflación. “En el camino quedará la actividad económica más deprimida, como consecuencia de restricciones impuestas para tratar de evitar, precisamente, la pérdida de reservas, la devaluación y la inflación”, sintetiza el especialista.

El tiempo corre y la “válvula” de la olla a presión en la que navega la economía argentina indica que el límite está cada vez más cerca: solo queda saber si la tapa de esa olla volará de manera descontrolada o si se podrá, al menos, morigerar su trayectoria y evitar daños mayores.

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