Para enseñar, solo hace falta saber, pero para educar, se necesita “ser”



El placer de recibirlos de nuevo en este espacio, esta vez utilizando una gran reflexión de Quino para sostener lo siguiente: educa quien motiva a aprender, quien motiva a cambiar una conducta. Pero, como dice Quino, se educa más con el ejemplo que con relato. Soy de los que creen que las nuevas generaciones no están recibiendo los incentivos necesarios para soñar con un futuro que los motive a progresar. Dedicarnos a esta tarea va a ser quizás la única oportunidad de cambiar el destino.

Sé que son momentos muy complicados para nuestro país. Vivimos como transitando un camino con la sensación de que estamos por chocar en cualquier momento. O quizás los precios del dólar y de nuestros activos estén reflejando que ya chocamos y no nos dimos cuenta aún.

Los pasajeros sabemos que vamos por el camino ya transitado y con malos resultados, e incluso a una velocidad inadecuada. El problema se agrava porque los que tienen la responsabilidad de conducir, ya sea el Poder Ejecutivo, el Legislativo o el Judicial, perdieron la credibilidad.

Tenía un jefe que siempre me decía: “Claudio, cuando dos elefantes se pelean intentá no ser nunca el pastito que está debajo. Seguro serás el más pisoteado y el más lastimado”.

La situación paraliza y sabemos que es insostenible en el tiempo.

A mi entender, y como repito en cada columna, la manera de cambiar es recuperar la inversión para aumentar la oferta de productos, y para que, con ello, haya más empleo y más recaudación. Para lograrlo, hay que tomar el ejemplo de lo que están haciendo varios países: bajar impuestos, sacar las cargas laborales por lo menos para los que obtienen su primer trabajo y acordar que no haya modificación de reglas por los próximos 20 años.

Sin seguridad jurídica no hay inversión, pero sin seguridad física no hay inversores. La inversión es el acto de postergar el beneficio inmediato del bien invertido por la promesa de un beneficio futuro, más o menos probable. El gasto es priorizar el corto plazo. Gastar sin estrategia es solo el reparto de la plata generada por otros. Incluso los planes sociales podrían transformarse en inversión social, si se generaran incentivos para la inclusión de los beneficiarios dentro del sector privado.

Un país pobre no tiene capacidad de ahorro; sin capacidad de ahorro no hay inversión; sin inversiones no hay productividad; sin productividad no se crea riqueza y, sin ella, solo se distribuye miseria. Y la pobreza se transforma en estructural.

Tras la catarsis, déjenme desconectarnos del día a día y pensar en qué queremos dejarles a nuestros hijos, en un viaje imaginario hacia el futuro. Atravesamos un presente difícil e incierto, con la certeza de que solo educando a la próxima generación tendremos posibilidades de revertir esta tendencia negativa que arrastramos desde hace tanto tiempo.

Dicen que hay tres tipos de confianza en la vida. Una es la confianza de corto plazo, que se refleja en cómo invertimos nuestro dinero, si compramos o vendemos dólares, bonos o acciones. Conflictos o crisis en esta instancia no son tan relevantes, duran poco, son solo financieras y hacen a la volatilidad de las decisiones.

Luego, está la confianza de mediano plazo, que se refleja en si transformamos o no esos ahorros en inversión productiva: en la construcción, en nuevas máquinas para aumentar la producción o en un nuevo local comercial, por ejemplo. Conflictos en esta instancia provocan grandes crisis estructurales. Quizás esto esté bien representado en este presente y la solución requiere mucho tiempo.

Por último, esta la confianza de largo plazo, que nos lleva a decidir desarrollar nuestro “ser”. Es cuando elegimos el lugar donde nos gustaría que se desarrollen nuestros hijos y nietos, más allá de las turbulencias del presente. El replanteo de esta instancia es el más complicado para una sociedad. Cuando son muchos los que deciden emigrar, la condena ya no es sobre nuestro presente, sino sobre nuestro futuro. De eso muy difícilmente nos podamos recuperar.

Un buen padre no siempre hace lo que sus hijos quieren. Hace lo necesario y posible. Un buen Estado (los tres poderes) no debe hacer solo lo que la gente quiere. Las elecciones deben ser el resultado de la gestión. No gestionar solo para ganarla.

¿Cuál es la herencia que les gustaría dejarles a sus hijos?

Siempre me movilizó una frase de la película Los descendientes, que dice: “Hay que darle a los hijos lo suficiente como para que hagan algo en la vida, pero no tanto como para que no hagan nada” (lo dice Matt King,, interpretado por George Clooney).

La idea surge en un debate que tuve con padres de amigos de mis hijos sobre economía y las posibilidades que los hijos tienen, entendiendo que vivirán en promedio unos 100 años y habitarán este planeta unos 80 años, por lo cual tienen más incentivos para cuidarlo y mucha razón en hacerlo. Y nos planteamos lo obsoleto que es para ellos eso de “para toda la vida”.

Partimos de un lugar común y muy certero: lo mejor es dejarles educación, respeto, compromiso, actitud de lucha, etcétera. Pero inevitablemente terminamos en la vulgar discusión monetaria. El debate terminó con las siguientes preguntas: ¿es preferible dejarles plata o un negocio en marcha? La empresa o los ahorros, ¿están en el lugar adecuado? ¿Hay que incentivarlos a buscar otro lugar donde el esfuerzo sea valorado? Las alternativas más debatidas fueron:

1) Quiero que mis hijos trabajen en mi proyecto o negocio y lo continúen, para garantizarles un flujo futuro del que puedan vivir ellos y, por qué no, mis nietos. En este caso, hay que entender que ellos no heredan una empresa, sino que la empresa los está heredando a ellos.

Como planteo aspiracional, me gustó mucho una descripción de Sebastián Zuccardi, tercera generación de esa prestigiosa familia. “Hoy cosecho la vid que plantó mi padre y éste cosechó la que sembró mi abuelo”. La empresa familiar puede ser el cielo o el infierno; la libertad de decisión de sus herederos es lo que cuenta.

2) Vender todo y dejarles el dinero, para que ellos decidan qué quieren hacer. Les otorgan así la libertad de decidir a riesgo de que lo puedan malgastar y/o lo puedan invertir en algún bono o instrumento que luego sea incumplido (pasa muy seguido en nuestro país).

¿Cómo decidir hoy para los próximos años? Dentro de 30 años, cuando mis hijos tengan mi edad, habrá en el mundo casi 10.000 millones de habitantes, o sea, 2500 millones de personas más de las que hay hoy. Piensen un segundo: ¿Cómo será ese mundo? ¿Dónde vivirán esas otras personas? ¿Cómo se ganarán la vida?

Antes de que arriesguen una respuesta, déjenme contarles cómo era el mundo 30 años atrás, así comparamos la capacidad de transformación de una sociedad y vemos entonces si todo tiempo pasado fue mejor.

Hace 30 años (promediando los 80), China era una nación pobre liderada por Deng Xiaoping. El 84% de la población era pobre y solo el 14% tenía acceso a la educación universitaria. Se caía el muro de Berlín y aparecían más de 30 países con la desintegración de la URSS y el surgimiento de las repúblicas balcánicas. La población mundial era de unos 4500 millones de personas y el 42% (casi 2000 millones) vivía en la pobreza extrema. Se temía que la población creciera más rápido que la capacidad de producción agrícola y que eso creara más pobreza. En la Argentina no había pesos sino australes, que valían más que el dólar. No había celulares; casi ni teléfonos fijos había, y la guía Peuser era la Biblia para los que veníamos a estudiar a Buenos Aires. Los protagonistas de Clave de Sol, ni un beso en cámara te mostraban. Y a mis viejos les mandaba cartas a Mar del Plata para contarles mis novedades.

Conclusión: en 20/30 años puede pasar de todo; no planifiquemos tanto, eduquemos a nuestros hijos con el ejemplo de ser fieles a nuestros valores, esos que nos transmitieron nuestros padres mostrándonos esfuerzo y trabajo. Que nunca pierdan su libertad de elegir. El esfuerzo no es sacrificio, es el único camino para mejorar una situación inicial.

En una oportunidad, subiendo a un taxi, el taxista me reconoció y me dijo: “Ya que usted se dedica a los números, le voy a decir la mejor frase económica: Si te morís y te sobra dinero, hiciste mal las cuentas”. Me encantó la frase y se la conté a un colega, que me dijo: “Esa frase es de Franco Modigliani (premio Nobel) que dijo que la herencia es un error de cálculo”.

Conté la anécdota en una charla y un asistente me dijo que siempre festejaba su cumpleaños con sus hijos y nietos, pero al cumplir los 80 años se los llevó a todos (11 en total, él, su mujer, tres hijos y 6 nietos) a París. Estaba brindando, emocionado porque todos lo habían acompañado y eso representaba su mayor logro, hasta que uno de sus hijos le dijo: “Papá, convengamos que vos pagaste todo, por eso vinimos”. El padre respondió orgulloso: “Por eso les digo gracias; todo esto lo pagué con la herencia de ustedes y se disfruta aún más”.

Me causó mucha gracia la escena (espero a usted también) hasta que escuché al gran Roberto

contar: “Murió Cacho”… “¡Qué mala noticia ¿Qué tenía?”… “Solo un dos ambientes”. Amigos lectores, nos reencontramos en quince días. Ojalá, en un país con un horizonte más claro.

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