Opinión. El bendito y frágil corto plazo de la agricultura argentina



Será clave la comercialización del trigo de esta campaña para las decisiones que se tomen en la próxima Fuente: LA NACION – Crédito: Mauro V. Rizzi

No muchas actividades económicas en la Argentina pueden seguir funcionando con normalidad. No solo el problema es la pandemia, sino también influye el temor a tomar la decisión de entrar a un negocio, quedar atrapado y no poder salir. Antes de invertir se evalúa la actividad y sus riesgos intrínsecos, pero también se valora y se mide con detenimiento, si existe o no, una puerta de salida segura para ese negocio. Dimensionar cuan abierta y confiable, o a la inversa, cuan vulnerable a ser obturada es esa puerta, funciona como un factor definitorio a la hora de decidir inmovilizar capital.

La Argentina causa serias dudas a los inversores, pero el hecho de trabajar dentro de un plazo corto, con una salida clara y visible al final del ciclo, funciona como un atenuante de importancia para apaciguar en parte los fundados temores de los inversionistas.

El dinero destinado a producir trigo, maíz, soja, sorgo, girasol, y otros cultivos anuales que por su naturaleza se pueden sembrar, cosechar, y permiten vender la producción en menos de doce meses (y eventualmente volver a invertir la campaña siguiente), tienen una ventaja adaptativa a los vaivenes argentinos sobre otras actividades que requieren mucho más plazo para finalizar el ciclo.

Un año en nuestro país puede ser una eternidad, pero para el negocio agrícola existen formas de protegerse, sistemas que fueron perfeccionados con los años, con el objeto de intentar franquear la puerta de salida del negocio para volver a recuperar lo invertido.

Conseguir financiación en la misma moneda para insumos que para el producto final, y hacer coincidir esa financiación con el ciclo del cultivo es una ventaja. La utilización de mercados a futuro, la red de contratos de alquiler con baja litigiosidad y alto grado de cumplimiento también lo son. No sucede lo mismo con ganadería vacuna, lechería, inversiones fijas, fruticultura y forestación, que requieren ciclos más largos para poder entrar y salir. Al ser más largo el ciclo en actividades plurianuales, los temores se acentúan y el riesgo objetivamente aumenta. Por lo tanto, sin un ambiente de confianza, la inversión para proyectos de mediano y largo plazo indefectiblemente cae.

En el ADN del Gobierno hay una natural pulsión para intentar tener a mano la botonera de las compuertas de exportaciones e importaciones, interviniendo así en el normal fluir del comercio exterior. La tendencia de tener las puertas y ventanas cerradas por parte del gobierno contrasta con la necesidad imperiosa de aumentar el ingreso de divisas y tecnificarse. Los ratios de importación y exportación sobre PBI colocan a la Argentina entre los países con el comercio exterior más cerrados del mundo. Y eso se fue construyendo, y retroalimentándose como política nacional proteccionista, y pareciera no haber vocación de salir de esa situación.

La claustrofobia que esa actitud genera a los inversores contrasta con la claustrofilia del gobierno que siente la “comodidad” de las puertas y ventanas cerradas del comercio exterior, manejando su apertura o cierre según antojo.

Estas actitudes no solo golpean confianza interna, sino que nos cuestan muy caro frente a nuestros compradores, que lógicamente buscan proveedores confiables para su abastecimiento. Ya se están generando tensiones (nuevamente) con trigo y Brasil, principal comprador de la Argentina. Nuestros vecinos ya miran con recelo nuestra actitud con relación al comercio del cereal, y el “déjà vu” activa la búsqueda de alternativas en otros mercados.

Cuando se evidencia que la ventaja adaptativa y darwiniana del corto plazo de la agricultura argentina empieza a ser amenazada como en el caso del trigo, insinuándolo la sugestiva abrupta baja de declaraciones juradas de exportación desde inicios del 2020. Rápidamente, esa señal que despierta desconfianza llega a quienes siembran. A medida que comience la comercialización de la cosecha actual, y de acuerdo con cuan abierta esté o no la ventana de salida, se van a ir construyendo las expectativas y decisiones de siembra del 2021.

Si volvemos a quitar la confianza a los negocios de corto plazo, y la barrera de salida vuelve a bajarse frente a los ojos de los inversores, sumándose a las otras limitaciones ya existentes como los son la brecha del tipo de cambio, la presión impositiva creciente y dificultades para importar insumos, entonces el golpe al negocio agrícola y su producción se va a volver a sentir como lo fue en el periodo 2006-2015.

Una puerta siempre abierta que admite tanto la entrada como la salida invita a ingresar. Por el contrario, todo muro levantado en la salida, por más silenciosa que sea su construcción, se termina viendo desde lejos y amedrenta a quienes invierten.

El autor es productor agropecuario

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