No hay que subestimar a las perdices: la práctica enseña más que la teoría



El estudio, la academia, las teorías económicas o los consejos de los grandes especialistas pueden aumentar nuestra probabilidad de acierto en nuestras decisiones económicas, pero nunca garantizar el resultado buscado. La experiencia, ensuciarse los pies en el barro de la economía real, consultar a nuestros mayores sobre sus vivencias, puede ser mucho más efectivo para obtener un mejor resultado. Nunca hay que subestimar a las perdices.

Dicen que uno se hace autorreferencial cuando está envejeciendo y quizás esto me esté pasando, será por eso por lo que necesito compartir la siguiente historia con ustedes amigos lectores. Durante la crisis asiática en 1998, me tocaba estar a cargo del departamento de derivados de un importante banco mayorista local. Yo era muy estudioso de los procesos decisorios, de los gráficos de tendencias y de las probabilidades de ocurrencia de ciertos eventos. Tenía como jefe a un señor llamado “El negro Suárez”, al que siempre admiré mucho. Él siempre se jactaba de haber estudiado en la universidad de la calle. Yo llegaba a la mañana con mis teorías y exclamaba: “Compremos ahora, mis gráficos dicen que el mercado va a subir”. Él me miraba a los ojos y me decía: “El mercado va a seguir bajando”. Al final del día, ¿adivinen qué?, el mercado bajaba. Yo volvía a su escritorio para preguntar: “jefe, ¿cómo se dio cuenta?” De diez veces que discutíamos, él tenía razón en las diez y siempre me respondía lo mismo: “Claudio, vos siempre venís en taxi, yo vengo en subte y la gente vive muy preocupada como para esperar algo positivo”. Y luego venía su latiguillo “Tenés mucha teoría, pero te falta calle”. Nunca hay que subestimar a las perdices.

Creo haber aprendido la lección y todos los domingos, antes de comenzar la semana, no dejo de tomar un café con mis amigos que transpiran economía real: Kevin, Lito y Mambrú. Ellos me enseñan cada semana si faltan telas, si el importador retiene mercaderías, si se vende o no se vende, si la gente se saca los pesos de encima y, lo más básico, hasta cuánto están dispuestos a pagar por una llave de un negocio, un salario o, simplemente, dólares. Si caminamos por un barrio y vemos locales vacíos, yo elaboro teorías económicas que lo justifiquen; ellos, simplemente ven oportunidades de negocios para hacer. El resultado es mensurable, ya que ellos multiplican mi patrimonio.

Me preocupa mucho la soberbia de algunos funcionarios que creen que pueden controlar todas las variables económicas desde un ente regulador, o por medio de un discurso, creyendo que es la realidad la que se debe adaptar a las teorías y no al revés. Subestiman a las perdices y eso no es bueno.

El 50% de la economía argentina es informal, se operan más pesos por fuera del sistema que por dentro del mismo. Tantas regulaciones alejan a las pymes de los bancos y las empujan a las cuevas. ¿Realmente creen que una pyme toma como referencia la “tasa Leliq”?

Muy a diario vemos locales comerciales cumpliendo con todas las ordenanzas, desde dónde poner un cartel de promoción del local, los precios en la vidriería, hasta todos los protocolos dispuestos, obvio que con los costos a cargo de ellos. Pero cerca de la puerta de esos locales desfilan manteros, sin regulaciones, que claramente pueden vender más barato. Y los consumidores no castigamos con vehemencia esa desigualdad. ¿En serio cree el Ministerio de Economía o de Medio Ambiente que está regulando la situación en forma justa?

Dicen que el dólar informal no forma parte de los precios, pero, si el 50% de la economía es informal, ¿qué creen que hacen los productores con los pesos no declarados al sistema? ¿Los dejan en una mesita de luz esperando que valgan más dentro de un año?

Si los pesos no declarados solo circulan en efectivo y si no encuentran reposición de las mercaderías vendidas por faltantes de stocks, van al dólar informal como sistema de resguardo de valor. Aunque los dirigentes nunca hayan manejado un negocio con su propio dinero, deberían entender por qué se traslada a precios y no enojarse con ello.

¿Saben qué? Como contribuyentes deberíamos prohibir a los funcionarios a circular en autos oficiales con la sirena y la luz azul arriba, y con privilegios que nos les dejan ver la realidad. Los obligaría a todos a usar el transporte público.

Cuando usurpan un terreno o afectan la propiedad privada, ¿en serio creen que están ayudando a los que menos tienen? Para mí, solo estánespantando a los inversores y estos dejan de arriesgar y de emplear. Es el empleo el que dignifica.

Se requiere muy poco para destruir la dignidad de las personas: simplemente, convencerlas de que nadie las necesita y, así, convertirlas en instrumentos para empoderar al que les hizo creer que solo sirven para protestar.

Es un error pensar que progresar es llegar a ser longevo o estar cómodo recibiendo el alimento diario; eso es creer que el animal que vive en un zoológico es más feliz que el que vive en libertad con los riesgos de la selva.

La experiencia nos enseña que nada es más permanente que los planes, los déficits y las comisiones “provisionales”. Y nada hay más provisional que los acuerdos “permanentes”.

La experiencia nos invita a diagnosticar cómo va a terminar nuestro país con solo revisar la economía de la ex Unión Soviética, descripta de esta manera por un camarada: “Cualquier mercancía importante tenía dos precios: uno virtual y otro real. El Estado fijaba el primer precio a través de algunos métodos arbitrarios. Si tenías suerte, después de varias horas de estar en una fila, podías comprar bienes al precio del Estado. Sin embargo, debido a la falta crónica de todo para todos, el mismo producto podía ser comprado en el mercado negro a un precio mucho más elevado, digamos, al precio real”.

La gente se vio obligada a utilizar los servicios del mercado negro, asumiendo el riesgo de un castigo severo. Casi toda la sociedad estaba involucrada en actos poco transparentes, para mantener un cierto nivel de vida. Se daba una situación paradójica: que los estantes de los supermercados estaban vacíos, pero de alguna manera los pudientes accedían a los productos.

El mercado negro se llenó de productos de contrabando procedentes de talleres clandestinos sin controles ambientales ni laborales. Todo al revés de lo que dicen que quieren hacer. ¿A eso llaman justicia social?

En la facultad nos enseñan primero a planificar lo que queremos hacer. Luego, lo comparamos con lo que realmente hicimos. La diferencia es lo que no pudimos conseguir y, por tanto, debería ser nuestro “problema a resolver” y el desafío consiste en esforzarse para conseguirlo.

El verdadero problema no es lo que hicimos, puesto que es simplemente lo que pudimos hacer. El problema es lo que planificamos. Quizás nos imaginamos más de lo que somos. Muchas veces nos fijamos metas, que luego se transforman en frustración.

En el mundo de hoy, nadie puede hacer algo totalmente solo, es imposible la utopía de “vivir con lo nuestro”. La globalización y el conocimiento compartido implican una ventaja maravillosa para aprovechar; negarse a ello es evitar el progreso y condenar a la sociedad a una peor calidad de vida. Es de soberbio querer regular el conocimiento compartido. Es de soberbio querer regular el esfuerzo de intentar hacer los méritos suficientes para aumentar las probabilidades de vivir mejor.

Para demostrarlo, voy a apelar a un ejemplo de Xavier Sala i Martin, que se preguntó: ¿Quién sabe hacer una galleta? Si lo pensamos bien, la respuesta es que no hay nadie en el mundo que sepa hacer una galleta.

Si le damos los ingredientes (la harina, los huevos, la leche, el azúcar) y el resto de lo que hace falta para hacer una galleta, por ejemplo, el horno y el gas, una cocinera sin dudas será capaz de hacer galletas. Sin embargo, la cocinera no sabe cómo hacer crecer el trigo que se utiliza para hacer la harina, cómo cultivar la caña o la remolacha que genera el azúcar, o cómo criar las gallinas que dan los huevos o las vacas que dan la leche. Tampoco sabe cómo hacer el horno a partir del acero, el aluminio, la goma, el vidrio o el plástico, ni cómo fundir el hierro que se utiliza para fabricar el acero, ni cómo extraer el aluminio de la bauxita, ni cómo extraer el petróleo necesario para hacer los plásticos o las gomas que hay en el horno. Insisto: no hay nadie en el mundo que sea capaz de hacer una cosa tan simple como una galleta.

A pesar de que no haya nadie en el mundo que pueda hacer una galleta, ¡entre todos sí la podemos hacer! Y es que cada uno de nosotros sabemos hacer una pequeña parte de todo lo que producimos. Nadie lo sabe todo, pero entre todos sí sabemos hacerlo todo. La grandeza del ingenio humano es que hemos llegado a saber tantas cosas, nuestro conocimiento es tan grande, que no hay nadie que sea capaz de tener toda esta información en el cerebro.

Conclusión:

La educación y la formación no aseguran el empleo ni que tengas un mejor salario, pero sí mejoran muy sensiblemente la probabilidad de que ello ocurra. La soberbia de no escuchar a aquellos que se meten en el barro para resolver problemas es un gran pecado. La política entiende que cuando se piensa en una nueva ley de caza no se consulta a las perdices, pero la experiencia dice que siempre hay saber escucharlas. Nunca hay que subestimarlas.

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