Mujeres rurales: cómo está cambiando hoy el rostro del campo argentino



Ana Boracchia, con su majada Crédito: ALEJANDRO GUYOT

A sus 62 años y con toda una vida dedicada al campo, los animales y la producción ganadera, Ana Boracchia, una médica veterinaria de la provincia de Buenos Aires, ha podido formar parte de distintos proyectos rurales que han servido para impulsar al sector ovino en esa zona del país.

Es que fuera de la región patagónica esta actividad no está del todo valorada por las condiciones climáticas en que se desarrolla la cría y producción de ovejas, y la pampa húmeda no estaba contemplada en el mapa para llevar adelante estas tareas. La iniciativa de Boracchia consistía en juntar a los productores ovinos para formar un grupo capaz de explotar esta actividad en la provincia, una tarea que se llevó al hombro hace unos años a través de las cuales lograron ganarse, de a poco, un lugar dentro de las grandes exposiciones ganaderas del país.

Boracchia, además de asesorar a productores a estimular la producción, trabaja incansablemente para posicionar la carne ovina y lana en el mercado. Es miembro de Carbap, la Sociedad Rural de Exaltación de la Cruz, Campana, Zárate y trabaja con escuelas agrarias y colegios, donde acompaña alumnos del séptimo año en prácticas rurales agrarias y clases de biología. Al interminable currículum se le suman los esfuerzos que hace junto a un grupo de productores de la provincia para que la actividad ovina sea valorada en la misma escala que lo es la de la patagonia.

“Empezamos a juntarnos con un pequeño grupo de productores de la provincia para empezar a trabajar porque había quienes abandonaban todo porque no miraban rentable la actividad. Esto fue el disparador para que junto a otras personas empezáramos a armar algo orgánico. Eso llevó a que cinco años atrás hiciéramos la primera jugada en la Exposición Rural de Palermo en un lugar que nos prestaron muy gentilmente y nos dio una vidriera impresionante”, dice.

Su rol en la Mesa Ovina de Buenos Aires le ha dado un plus a la actividad. “Siempre compartimos los trabajos de la provincia, también acompaño al grupo de la Mesa Ovina de Villegas para hacer crecer la producción”, señala.

Ana Boracchia en su establecimiento de Exaltación de la Cruz Crédito: ALEJANDRO GUYOT

Ley ovina

La productora que tiene detrás una historia familiar ligada al rubro aseguró que una de sus metas es lograr que en la provincia la actividad pueda ser impulsada a través de la Ley Ovina, la misma que busca lograr la adecuación y modernización de los sistemas productivos. Para conseguirlo trabaja junto a un equipo de productores de la zona para que la lana que está catalogada como “poco útil” por su fibra gruesa, acceda a mercados que sí la demandan. Según ejemplificó, por su condición ignífuga ese tejido tiene distintos usos, por ejemplo, alfombras para la hotelería, aviones, fibras para heladeras, tejidos artesanales. No obstante, en el sector son muy poco explotadas para esos fines.

Sus motivaciones están puestas en “encontrar las vías para que el productor no pierda gran parte de su producción y que la actividad se convierta en un trabajo rentable”, dice. La idea de allanar el camino para las nuevas generaciones se basa en que, hasta hace unos años, los productores tenían que quemar la fibra ante la falta de compradores. A partir de la primera exposición en Palermo pudieron empezar a posicionar la carne ovina en el mercado y ahora busca conseguir el tratamiento “prolana” para perfeccionar la esquila en esa región.

“Estamos soñando con armar un acopio de lana en la provincia de Buenos Aires para que la esquila alcance la categoría prolana mediante un tratamiento que se le da a la lana que se obtiene de manera determinada a través de tres cortes distintos, y que son seguidos por un determinado sistema. Además, necesitamos más salas de faena para que el animal salga faenado a la venta y que la carne tenga características y seguridad alimentaria”, subraya.

Alina Ruiz

Huerta y sabores propios en El Impenetrable

Amanece en la selva chaqueña. Son las seis de la mañana y el sol rojizo de la tarde de ayer no auguraba lluvia pronto. El calor ya empieza a pegar en las puertas de El Impenetrable y el canto de los gallos se entremezcla de lejos con el de los pájaros del monte nativo. Alina Ruiz hace rato está levantada, ya dio de comer a las gallinas y aguarda delante del galpón, con unos pocos cajones de frutas de estación y hortalizas que pudo cosechar.

Ni bien llega su hermano, enganchará el carromato a la camioneta para ir a la feria franca en la plaza de Castelli, a 12 kilómetros de la quinta. A pesar de las dificultades, los Ruiz no han dejado de estar allí, donde conviven tres culturas, los inmigrantes, los criollos y las comunidades originarias.

Desde hace tiempo llevan sus productos de la huerta, como huevos, quesillos, chacinados y carnes ahumadas envasadas al vacío. Hoy es distinto, no hay quesillos, por poca leche que dan las vacas por la falta de agua y pasturas priorizan criar el ternero y en tanto en la huerta no se alcanza a reponer y queda poca producción de hojas verdes para vender.

Con 41 años, además de productora frutihortícola, es cocinera. Concluído sus estudios secundarios, decidió estudiar cocina en Buenos Aires. En 2009 regresó a sus pagos con la idea de montar un restaurante de campo en la finca y revalorizar recetas de antaño, como las empanadas de charqui y algarroba.

“Con el nombre de Anna, en honor a mi abuela materna, el proyecto nació como gastronomía Kilómetro 0, es decir que un gran porcentaje de lo que se cocina es producido aquí. Queríamos evocar recetas con productos de nuestra región en un menú de pasos con maridaje de vinos”, cuenta Alina a LA NACION.

Sabía que la propuesta para un pueblo del interior, donde las costumbres culinarias son más clásicas, iba a ser difícil. Casa por casa, con un álbum anillado de fotos de comidas bajo el brazo, deambulaba las calles de Castelli mostrando el catálogo de su emprendimiento.

Fue atrevida la manera publicitaria de hacerlo pero enseguida aceptaron su iniciativa. Y una noche, a puertas cerradas, sin un menú para elegir, unos cinco primeros comensales se acercaron a la Finca Don Miguel para ver de qué se trataba.

En la pequeña casa de adobe y ladrillos que su abuelo había alzado tiempo atrás, se pusieron las mesas de los asistentes.

En un primer momento, junto a Pablo, su marido y economista, iban y venían de Buenos Aires al Chaco y, de manera remota, organizaba las comidas. Cuando llegaba a un cupo de comensales que le cerrara, volvía al campo para realizar el evento.

Pero un buen día entendió lo inviable de esa vida nómade y decidió dejar esa alocada hoja de ruta. En 2016 se radicó definitivamente en el campo para trabajar en la finca y abrir las puertas del restaurante de una manera formal, de jueves a sábado por la noche. Luego de unos meses cerrado por la pandemia, volvió a reabrirlo.

Alina Ruiz junto a su madre en la cosecha de tomates de la huerta en la finca Don Miguel

En 50 hectáreas

En la finca convive junto a sus padres, con quienes comparte las labores de la huerta y el cuidado de los animales. En el predio de 50 hectáreas se pueden encontrar verduras de hoja, zapallos, tomates, flores de zucchini, mandioca, cebolletas, zanahorias, sandías, melones y caña de azúcar.

Además, crían a campo patos, pollos, corderos, chivitos, cerdos y vacunos. Elaboran su propia miel y recolectan chauchas de algarroba, siempre que las lluvias acompañen entre los meses de noviembre a febrero y así hacen su propia molienda de harina.

Para Alina trabajar la tierra, producir y cocinar con lo que genera la finca es un desafío diario y placentero, más allá de las dificultades, como la gran sequía y la pandemia que hoy les toca atravesar. “Aquí donde la naturaleza manda, los días no siempre tienen un final feliz”, se lamenta.

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