Motor exportador: El supermercado que nunca llegamos a ser


Este documento forma parte de una serie de estudios sobre competitividad de la economía argentina, realizados en la Facultad de Ciencias Económicas de la UCA, coordinado por la Dra Alicia Caballero y los profesores Andrés Roberts, Federico Cuba y Ernesto O´Connor. El objetivo del trabajo es indagar acerca de la evolución del comercio exterior argentino, revisando los resultados de la competitividad del país en los últimos 20 años, para, identificar algunas causas de este derrotero en el tiempo, y realizar algunas propuestas de cambio.

Este objetivo se enmarca en los resultados del informe de competitividad del IMD (IMD World Competitiveness Center), en este caso, relacionado con la performance exportadora de los países. En este ranking que mide la internacionalización de las economías, la Argentina ocupa el puesto 46 en comercio exterior, mientras que en materia de inversión extranjera directa, es la penúltima. Desglosando la información, es evidente que el peso de las exportaciones de granos es decisivo para mantener a la Argentina por delante de todos los países de ALC, pero no por mucha diferencia. Sorprende la ubicación de Chile en el puesto 62, quizás influenciado por la caída del precio del cobre en los últimos años, que se recuperó en parte en 2020. En lo atinente a la IED, la economía argentina se encuentra en el puesto 62/63. Con todo, sorprende la distancia con la mayoría de los países de ALC, que tienen una mucho mejor ubicación en el ranking.

La economía argentina, a la luz de su sendero de bajo crecimiento y estanflación registrado entre 2012 y 2019, agravado por el impacto de la pandemia-confinamiento en 2020, y por la incierta salida de 2021, enfrenta un problema de competitividad, reflejado claramente en la performance exportadora de mediano y largo plazo.

Un problema que la economía acarrea desde hace décadas, posiblemente por cierta tendencia a una intervención exagerada del Estado en la producción y la regulación de la actividad privada, bajo el objetivo de lograr “una mejor distribución del ingreso”, o “una mayor equidad”. La historia demuestra que la economía sufre recurrentes crisis cada 10 o 15 años – o menos- y que la intervención reguladora no ha sido la solución. Por ejemplo, en la década del ’80, que terminó con la hiperinflación de 1989, los problemas de competitividad eran de consideración. Las reformas de los ’90, entre ellas las privatizaciones, la apertura comercial, la Convertibilidad y, sobre todo, el decreto de desregulación de noviembre de 1991, fueron instrumentos decisivos para revertir los problemas de competitividad, modernización y tecnología que sufría la producción nacional.

Actualmente, la combinación de inflación anual de dos dígitos, suba de insumos, aumento de la presión tributaria de los tres niveles de gobierno, costo laboral elevado, y menor consumo de la población por la pandemia y la crisis, tienen efectos graves las empresas, que pierden mercado interno, y sufren el costo argentino a la hora de querer exportar más. Y no es una cuestión de tipo de cambio. Es un problema de costos internos, que quitan competitividad. Una de las mejores medidas de la competitividad de la producción es su inserción internacional. Un repaso sobre la evolución de las exportaciones argentinas en los últimos 20 años es aleccionador.

Tomando el periodo 2001-2019, la Argentina ha experimentado una evolución en las exportaciones totales menor no sólo las de los países vecinos como Brasil y Uruguay, sino que también por debajo del promedio mundial.

Entre 2019 y 2001 las exportaciones mundiales crecieron 205.3%, las de Brasil 284.3%, las de Uruguay 279.8% y las de Argentina, 144.7%. La brecha de crecimiento es evidente.

Entre 2019 y 2001 las exportaciones mundiales crecieron 205.3%, las de Brasil 284.3%, las de Uruguay 279.8% y las de Argentina, 144.7%,, impulsadas, principalmente, por la soja.

Este débil crecimiento se debe a múltiples factores los cuales se los agrupa en el costo argentino, dentro de los cuales se pueden mencionar las restricciones a las exportaciones (cuotas, prohibiciones, ROES, derechos de exportación), la presión tributaria, el costo de transporte y calidad de la infraestructura, la inestabilidad de las políticas de promoción de exportaciones, el costo laboral y la inflación y la inestabilidad macroeconómica.

Si se concentra en análisis en los productos más importantes de la oferta exportadora argentina, muchos vinculados a la idea de ser el “supermercado del mundo”, la evolución muestra un comportamiento similar, es decir, que aun teniendo únicamente en cuenta los productos en los que la Argentina se especializa, las series muestran una baja performance con respecto a los países vecinos.

Se puede observar a continuación la evolución de seis productos durante el mismo periodo para los tres países, en donde se observa que los niveles experimentados por Argentina son inferiores al resto en la mayoría de los casos. Dentro de los productos utilizados para el análisis se encuentran: pellets de soja, trigo, maíz, carne bovina congelada, aceite de soja y porotos de soja.

En el caso de los porotos de soja mientras que Brasil logró multiplicar por 10 sus exportaciones y Uruguay en un nivel cercano a 6 veces los niveles de 2001, la Argentina lo multiplicó por 3. Y eso que se considera al país como un exportador notable de soja. Esto quiere decir que, por el costo argentino, se produjo menos que en los otros dos países, proporcionalmente. Otro producto emblema a la hora de analizar la matriz exportadora Argentina es la carne bovina, sin embargo, si se observa la evolución desde 2001 a 2019 se puede constatar que la evolución de Brasil ha sido incesante, y la de Uruguay también ha crecido. A fines de los ’2000 los cupos, los ROES rojos y los derechos de exportación licuaron el stock vacuno desde 55 millones de cabezas hasta 47 millones, por citar un motivo central del estancamiento de largo plazo.

En este trabajo se revisó la performance exportadora de Argentina en los últimos 20 años, y se analizaron problemas de competitividad asociados. Las propuestas a favor de una mayor competitividad consisten en medidas de política económica que promuevan la producción, la inserción internacional, las exportaciones, las importaciones, la atracción de inversión extranjera directa, la internacionalización de empresas argentinas, con el fin de recuperar el desarrollo económico, con mayor empleo formal y menor informalidad.

* Consolidar el Mercosur apuntando a mejorar la integración comercial de manera efectiva y no declamatoria, con metas de integración productiva y exportación en conjunto.

Esto implica acuerdos intertemporales por parte de los países miembros, cumpliendo los objetivos originarios, o, en todo caso, definiendo cambios que les sirvan a todos los países.

* Una política económica pro-competitividad, que aliente las exportaciones y no limite las importaciones, agregando valor y tecnología a la producción nacional, con menos impuestos y más desregulación del comercio.

Esto implica eliminar los derechos de exportación a todos los bienes y servicios -porque los países del mundo no gravan exportaciones, salvo contados casos como Rusia-, abrir la economía a la importaciones -sin desproteger a la producción nacional, pero facilitando el acceso a los insumos importados-, y favorecer la entrada de inversión extranjera directa.

* Promover el retorno de los argendólares, para ampliar el financiamiento. Mejorar el financiamiento, eliminando el impuesto a la riqueza, estableciendo una reforma intertemporal al impuesto a los bienes personales con estabilidad, junto a mecanismos de incentivos como desgravaciones impositivas en el impuesto a las ganancias para nuevas inversiones, para permitir el libre y paulatino retorno de los argendólares.

* Un rol proactivo de la Cancillería y de organismos públicos, como la Agencia de Inversiones y Comercio Internacional (AIyCI), para la promoción de exportaciones. La AIyCI debería pasar a ser uno de los organismos principales de la Administración Pública, con alto presupuesto, equiparando a organismos como ProChile o ProPerú. Considerando que ProChile, por ejemplo, tiene más de 50 oficinas comerciales en el mundo, la reforma de la AIyCE luce imprescindible.

Los resultados esperados serían mayores inversiones, mayor empleo privado, mayores exportaciones, un mejor financiamiento del sistema jubilatorio, y una mayor calidad de vida, con menor informalidad y mayor empleo formal, con mayores salarios, donde cada uno potencie sus capacidades, y no dependa de la asistencia del Estado. Un país con un desarrollo económico, social y humano más integral.

Ernesto A. O’ConnorAgustina SchneebergerAgustín Jaimes Freyre

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