Miguel Kiguel: “Hubo canje, pero el país nunca puso un programa sobre la mesa”


Es licenciado en Economía por la Universidad de Buenos Aires y PhD en Economía por la Universidad de Columbia; ejerció cargos en el Ministerio de Economía y el Banco Central y fue presidente del Banco Hipotecario; además, trabajó en el Banco Mundial y actualmente es director ejecutivo de la consultora EconViews

“La Argentina viene en una crisis económica desde 2018 y nunca pudo salir. El Gobierno asumió en una situación complicada y se agravó en parte por la pandemia de Covid y la cuarentena, pero también es cierto que nunca pudo dar vuelta”, plantea el Miguel Kiguel, en referencia a la recesión que marcó el final de la gestión de Mauricio Macri y que se profundizó con el coronavirus.

El economista graduado en la UBA y con estudios de posgrado en la Universidad de Columbia, la casa de estudios donde trabajó el ministro Martín Guzmán hasta su ingreso en la función pública, advierte sobre las falencias del Gobierno en la negociación de la deuda y plantea que, más allá de esa operación, hubo oportunidades no capitalizadas para ordenar la macroeconomía. “Un punto de inflexión pudo haber sido la reestructuración de la deuda, como escenario para normalizar una situación compleja y traumática, pero no ocurrió por una serie de factores. Se endureció el cepo, se pusieron restricciones al pago de deuda del sector privado y hubo otros temas que impactaron negativamente”, plantea el exfuncionario del Ministerio de Economía durante las Presidencias de Carlos Menem y Fernando De la Rúa.

En diálogo con la nacion, el titular de la consultora EconViews y autor del libro Las crisis económicas argentinas: una historia de ajustes y desajustes, analizó las distorsiones de la economía actual y planteó que el cepo y la brecha cambiaria, dos factores que afectan al crecimiento y la acumulación de reservas, serán dos cuestiones claves en la negociación con el FMI. Además, señaló que, a la par de ocuparse de la cuestión fiscal, es imprescindible un conjunto de políticas heterodoxas que apunte a contener las expectativas.

–¿Fue exitoso el canje?

–No fue exitoso en el sentido de que el riesgo país subió en vez de bajar. Un caso exitoso tendría que haber sido como el de Ucrania, donde bajó a 800 puntos, después a 600 y así. Puede pensarse que fue positivo porque el país salió del default y los bonistas aceptaron una propuesta dura, que implicaba postergar mucho los pagos, con cupones bajos por bastante tiempo. Pero desde un punto de vista práctico y efectivo no lo fue, porque la idea era una reestructuración que ayudara a bajar el riesgo país y que permitiera, no inmediatamente, que las empresas pudieran salir al mercado de capitales a financiar inversiones y al sector público refinanciar deudas de una forma que llevara a la normalización, que permitiera aumentar las reservas. Y nada de eso pasó. Hoy el riesgo país está en 1600 puntos, que es un nivel de un país al borde del default, una situación en la cual la Argentina no está, porque no tiene pagos importantes hasta 2024. Hoy hablar de default en la Argentina no tiene mucho sentido.

–¿Y donde está el problema?

–Hubo una falla estratégica del Gobierno, que fue primero negociar la deuda privada y después sentarse a negociar con el FMI, y esa visión fue criticada porque, en general, para todas las reestructuraciones ayuda mucho si el Fondo apoya. Eso les da a los bonistas cierta certidumbre, aunque sea mínima, de que habrá un programa en el tiempo. La Argentina hizo una reestructuración sin programa económico, y básicamente los bonistas compraron una esperanza de que el país iba a arreglar con el Fondo, pero el país nunca puso un programa sobre la mesa, solo medidas aisladas.

–¿Por qué no hubo acuerdo con el FMI?

–Si bien no es el mismo Fondo de los años 70, 80 o 90, sí va a pedir cosas mínimas: que la brecha no esté en el 60%, que el Gobierno no intervenga en el contado con liquidación, que haya un programa fiscal que lleve al equilibrio de las cuentas primarias. Martín Guzmán no lo hizo cuando había que hacerlo, antes de la reestructuración, y después nunca hubo oportunidad, porque la palabra ajuste es algo que este Gobierno trata de evitar. A medida que se acercan las elecciones, cada vez se hace más difícil ese acuerdo. Podría haber sido un punto de inflexión.

–Plantea que la Argentina no presenta un programa económico. ¿Eso existió en algún momento de la historia reciente?

–Lo que más se pareció a eso fue la convertibilidad de (Domingo) Cavallo. También hubo un plan con Krieger Vasena, que fue importante; Martínez de Hoz trató pero no funcionó, y tampoco se puede comparar con lo que pasó en una dictadura. El más ambicioso fue la convertibilidad, con un programa integral que por un tiempo funcionó muy bien. Bajó la inflación, entre el 91 y el 98 la economía creció, y junto con el de (Néstor) Kirchner fueron los dos períodos de mayor crecimiento de los últimos 40 años. Cumplió los objetivos que eran la estabilidad cambiaria y de precios y la baja de la pobreza. Por qué fracasó es una larga historia, pero creo que cuando hubo que salir, nadie se animó a hacerlo. Si se hubiera abandonado la convertibilidad después del Tequila, allá por 1996, probablemente la historia hubiera sido distinta, pero pasó con la peor crisis económica de la historia argentina.

PATRICIO PIDAL/AFV

–La inflación es un tema que la Argentina no resuelve hace décadas. ¿Por qué?

–Es un tema de economía política también, en el sentido de que muchos países tienen cero tolerancia a la inflación, y eso marca su política económica. Entonces, cuando la inflación sube y hay que elegir si se la tolera o se la combate, y se sabe que si se la tolera se postergan decisiones, y si se la combate hay costos de crecimiento, muchos países eligen pasar por un período corto de recesión para que la inflación no se escape. La Argentina tiene una tolerancia a la inflación mucho más alta. Es un problema que vuelve a crecer en 2004 y lentamente se agrava. Después del shock de 2002 posterior a la devaluación, fue de 3% en 2003. Empezó a subir y el Gobierno nunca quiso combatirla, porque no quería arriesgar e ir a un menor crecimiento. Entonces, empezó a subir al 6%, 12%, 15% y, así, de a poco, la sociedad también toleró la inflación. Al Gobierno no le convenía bajarla y la sociedad tampoco lo pedía. En la época de Kirchner se priorizó el crecimiento, aunque el costo fuera más inflación. Uno mira encuestas y las prioridades de la sociedad en ese entonces eran la seguridad, el empleo y otras cosas.

–¿Qué debería incluir un plan antiinflacionario hoy?

–Requiere un programa de dos componentes y tiene que ser completo. Por un lado, elementos que cierren el chorro de la emisión monetaria. Hay que atacar el déficit fiscal, porque hoy la Argentina no tiene acceso al crédito y cualquier déficit hay que financiarlo con emisión. El Banco Central tiene que tener una política que acepte que la inflación tiene aspectos monetarios, que ese no es el único factor, pero es importante. Eso implica usar la tasa de interés, la política fiscal que no recurra al Banco Central y armar un acuerdo con el FMI para conseguir más reservas.

–Es bastante similar a lo que intentó el gobierno de Macri. Y no funcionó.

–Es que eso solo no alcanza, porque la Argentina tiene inflación inercial. Si uno le pregunta a la gente de cuánto va a ser la inflación hacia adelante, está más cerca del 40% o del 45% que del 20%. Eso genera expectativas de aumentos de salarios, alquileres, ajustes de tarifas y hasta del tipo de cambio. Por eso, hay que trabajar sobre la política de ingresos tratando de atacar esa inercia, y en un componente de planes heterodoxos que se orienten a cambiar expectativas y a sincronizar que no suban los precios. En el gobierno anterior pusieron en marcha la parte ortodoxa, con la política de crecimiento cero de la base monetaria y tasas de interés astronómicas, pero la inflación no bajó. Hay un tema de expectativas que lleva tiempo manejar. Es más fácil si se empieza con una inflación de 4%, pero es mucho más complejo cuando el punto de partida es 45%. Y otro punto es dale previsibilidad al tipo de cambio.

–¿Qué puede esperarse de la negociación con el FMI?

–Es un programa de facilidades extendidas, de estabilización y crecimiento. El Fondo va a aceptar el plan a 10 años, pero va a pedir las políticas para estabilizar. El país va a plantear que no puede hacer un ajuste fiscal rápido y el FMI seguramente va a dar tiempo, pero va a exigir saber cómo se va a financiar el gasto, porque claramente no va a aceptar que la emisión del Banco Central sea la única fuente. Eso va a ser la discusión más sencilla, no va plantear ir al déficit cero derecho, pero sí un sendero. Va a haber una segunda discusión más difícil, la de cómo el país va a acumular reservas, porque así no puede seguir funcionando y porque un cepo como el actual es inconducente al crecimiento. Y al FMI le interesa que el país crezca para que pague su deuda. En cómo ganar reservas y sacar el cepo empiezan los problemas en la discusión, y no veo que el Gobierno tenga hoy un programa. En 2001, cuando se terminaron las reservas, lo que se hizo fue usar un tipo de cambio híper alto que ajustado por inflación, es muy parecido al contado con liqui. Esa es una referencia que se va a discutir, junto con el tema de la brecha y la intervención cambiaria.

–¿Qué efectos tiene la brecha cambiaria?

–Complica el crecimiento porque, con el cepo, se pierde el acceso a divisas, las empresas no pueden pagar deuda y no se pueden financiar. En la Argentina el sector privado necesita financiarse con deuda externa, porque el mercado de capitales local es muy chico. Y hoy no se puede financiar, porque no sabe si cuando esa obligación venza el Banco Central va a dejar girar los dólares, porque no sabe si los va a tener. Genera problemas de financiamiento, vas a una subvaluación de exportaciones, una sobrevaluación de importaciones. Con brechas como la actual, podés perder un punto de crecimiento al año.

–¿Qué historia de crecimiento puede ofrecerle hoy la Argentina al mundo?

–Aunque cada vez menos, el país sigue siendo atractivo. Primero, porque tiene recursos naturales. Aunque algunos hablen de la maldición, es una maldición si se maneja mal, pero una bendición si se maneja bien, porque es una fuente de empleo y de dólares. Es clave usarlo bien para que llegue a todos y no sea un enclave. Hay recursos naturales, pero lo más importante es que en la Argentina el crecimiento lo tiene que liderar el sector privado. El sector público está fundido; gasta en planes sociales, mucho en jubilaciones, algo en salud y educación y no tiene la plata ni acceso al crédito para financiar inversiones. Cualquier crecimiento que proponga aprovechar los recursos naturales o los recursos humanos, variable que la Argentina destruye poco a poco pero todavía tiene, debe estar liderado por el sector privado, y lo que tiene que hacer es dar un giro copernicano en lo que es el clima de negocios. Hay que cambiar la actitud hacia los empresarios, que no sean los que se quieren llevar la plata sino los socios que ayuden a revertir el escenario, y pensar en cómo generar inversión que cree empleo y ayude a revertir la pobreza.

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