La revolución esperanzadora de las personas



En este 2020 se aceleraron los cambios. Y aguardamos con desesperada ansiedad lo que viene. ¿Servirán las fórmulas que conocemos para lidiar con el mundo distinto? Alerta spoiler: probablemente no. Pero para imaginar ese mundo, quiero hacer una invitación por unos minutos a dejar de hablar del incendio para tratar de entender qué lo provoca e indagar sobre las posibles salidas.

Durante el último siglo, las burocracias públicas y privadas fueron una respuesta eficiente a un mundo predecible. La regularidad y la constancia eran la clave y, por ende, fabricamos soluciones igual de ciertas. Así, concebimos a las personas como recursos. Valoramos sus destrezas técnicas y su inteligencia, pero nos olvidamos de sus emociones y aspiraciones. Creamos estructuras y sistemas rígidos y uniformes para tratar a todas las organizaciones por igual.

Hoy el mundo pide a gritos que hackeemos ese sistema. Se aceleró el ritmo de cambio de la mano de un incremento constante del nivel educativo de la población global. Los empleados están más cerca de los problemas y pueden generar mejores soluciones y dejar de solo obedecer ordenes. Parece que debemos amigarnos con el caos y la descentralización y enfocarnos en un sistema centrado en la personas y en la incertidumbre. Animarnos a desafiar la idea de las organizaciones solo como maximizadoras de valor económico y dejar de ver a las personas como “recursos”, para verlas como individuos que se reúnen buscando un propósito común y creando equipos realizados, comunidades fuertes y países prósperos.

Muchos ejemplos confirman el impacto de nuevas formas de organización que ponderan al individuo. Pienso en Buurtzorg, una organización holandesa dedicada al cuidado domiciliario conformada por 10.000 enfermeras, con solo dos directores y gerentes. Porque las enfermeras actúan como CEO, con células auto gestionadas, rentables y livianas de estructuras. Y pienso en Nucor, una importante empresa de acero de Estados Unidos, que apuesta a una gestión fuertemente basada en las personas, sobre la base de la confianza y la responsabilidad. Y hay miles de ejemplos más.

Hasta hoy rigió en el mundo un imperativo de crecimiento y cambio constante, con demandas crecientes a las empresas, a las organizaciones y a lo público.

Debemos volver al individuo e indagar sobre sus motivaciones y propósitos. Un planteo de madurez individual y colectiva, con un llamado a que cada uno se haga cargo de sus expectativas. Un llamado a un empoderamiento para recuperar los valores del trabajo, del esfuerzo, de la creatividad, del ahorro, de la inversión, de la creación de empresas y emprendimientos, de la creación de empleo genuino como únicas formas de crear prosperidad sostenida.

La historia muestra el poder de la capacidad del hombre para inventar soluciones a nuevos desafíos. Debemos retomar las herramientas más básicas: nuestras capacidades relacionales, la capacidad de conversación, de hablar con franqueza y de escuchar con humildad y duda; la capacidad de inspiración y de empatía. La capacidad de caminar sobre la palabra empeñada a través del ejemplo. Y apalancarnos en la construcción de confianza, como algo que no se exige ni se demanda de manera imperativa, sino que se gana.

En contextos de incertidumbre estamos ansiosos y expectantes por las respuestas acertadas. Pero como decía Clayton Christensen, lo importante no es responder correctamente a cualquier pregunta, sino hacernos las preguntas adecuadas. La invitación es a frenar y a indagar: ¿qué preguntas nos estamos haciendo?, ¿qué preguntas se están haciendo las organizaciones?, ¿qué preguntas se están haciendo los países? Ha llegado ese momento.

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