La pandemia y su impacto en el drama de la pobreza extrema



Mucho se ha hablado y discutido acerca de la indigencia y del hambre en el mundo, así como también de las condiciones infrahumanas en que vive una gran parte de la población. De acuerdo con el Banco Mundial, una persona “indigente” o en la “pobreza extrema” es aquella que vive con menos de US$2 diarios y que, por lo tanto, no alcanza a cubrir sus necesidades mínimas de alimentación, vivienda, salud, vestimenta y educación.

Para poder apreciar este drama en toda su magnitud, basta mencionar alguna de sus características: el 40% del segmento etario infantil de quienes sufren esta condición está desnutrido y su tasa de mortalidad en algunos países alcanza a no menos del 10%; más del 75% vive en condiciones sanitarias extremadamente deficientes; la mitad no tiene un adecuado acceso al agua potable; un 60% carece de energía eléctrica; una amplia mayoría vive en zonas rurales trabajando en niveles de subsistencia y más del 50% son menores de 18 años con severos problemas de crecimiento físico, desarrollo cognitivo y analfabetismo.

Merced a los esfuerzos internacionales, en especial por la acción implementada a través de programas específicos de las Naciones Unidas, en los últimos años los niveles de pobreza extrema se venían reduciendo. En efecto, de 1990 a 2019 la indigencia había disminuido un 50%. A pesar de eso, el último dato registrado en 2019 (9,2% sobre un total de 7500 millones de población mundial) implica que -a esa fecha- el total de este ejército de famélicos alcanzaba un increíble conjunto del orden de las 700 millones de personas. Lamentablemente, la tendencia decreciente de este flagelo – que, por ejemplo, se redujo del 10,1% en 2015 al 9,2% ya mencionado en 2019- se ha revertido debido a las perturbaciones generadas por la pandemia de Covid-19, agravadas por los conflictos geopolíticos (con su secuela de desplazados y refugiados) y por el cambio climático (generador de sequías e inundaciones). Dicho de otro modo: el virus no solo ha diezmado a la población y deteriorado la economía global, sino que también ha agravado el drama de la indigencia.

En efecto, se estima que en 2020 la tasa mundial de pobreza extrema aumentó -por primera vez en los últimos 30 años- el equivalente a un 1,3% del total de la población mundial; es decir, aproximadamente en 100 millones de personas, llevando el total de indigentes a 800 millones.

Más grave aún, se prevé que en 2021 -siempre y cuando la economía comience la recuperación prevista por el FMI- el número se incrementaría en 50 millones!. El escenario se complica más si se si se tiene en cuenta que alrededor de un 80% de los “nuevos indigentes” estaría ubicado en países del África Subsahariana y de Asia Meridional, donde actualmente ya se concentra la mayor parte de la pobreza extrema. Como si esto fuera poco, gran parte de los pobres vivirá en zonas afectadas por conflictos geopolíticos y/o con un elevado grado de exposición a las inundaciones.

Queda claro, entonces, que la pandemia del Covid -exacerbada por los conflictos geopolíticos y el cambio climático- agrava dramáticamente el flagelo de la pobreza extrema; no solo aumentando el número de personas afectadas, sino también concentrando el problema en países que ya son extremadamente pobres. Recientes investigaciones indican que los efectos de la actual crisis pandémica se harán sentir hasta fines del actual decenio.

Para atemperar este grave escenario, sería conveniente y necesario lograr una respuesta mundial solidaria y coordinada. De lo contrario, más allá del problema humanitario, la situación podría convertirse en un serio riesgo para la paz y la estabilidad mundial.

Conforme a los criterios de

Más información

ADEMÁS





Fuente >>

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *