La expectativa de triunfo del oficialismo podría llevarlo a una derrota



Aunque parezca equivocado, el título de esta nota es correcto. Y se refiere a uno de los principales problemas que tiene que resolver la coalición gobernante en este año que recién comienza. Ese problema es el de manejo de expectativas en un año electoral. Un desafío que, como veremos, es parecido al de la cuadratura del círculo.

Primero, déjenme reforzar un concepto que repetí muchas veces en esta columna: las expectativas son muy importantes no solo para el mercado, sino también para toda la economía. No es solo una cuestión de los agentes sofisticados del mercado financiero, sino que todos los habitantes tomamos decisiones económico-financieras hoy sobre la base de lo que esperamos que pase en el futuro (estemos acertados o no). Esas acciones tienen un impacto en el presente, antes que el evento que influencia nuestras decisiones tenga lugar.

Este comportamiento a veces ayuda a los gobiernos, y a veces los perjudica. En un país con tan poco colchón de credibilidad en su moneda, de crédito a su gobierno y de reservas en su Banco Central, la dirección de esas expectativas suele ser determinante para la suerte de la actividad económica, la inflación y el empleo.

Las profecías suelen autocumplirse en el contexto de una macro con escasa credibilidad y resto financiero. Veamos algunos ejemplos.

El primero es el del final del gobierno de Raúl Alfonsín. La economía ya venía tecleando por las malas políticas implementadas, con elevados déficits fiscales que eran financiados con emisión monetaria. Pero, en palabras de Pablo Gerchunoff y Lucas Llach: “A la crisis real se sumaba una crisis psicológica por la desconfianza que la imagen de Menem despertaba en el mercado financiero. Un signo de ello era que los vencimientos de los depósitos a plazo fijo estaban concentrados en la fecha final del gobierno de Alfonsín.” La huida del Austral alimentó tanto la depreciación del peso como la escalada inflacionaria. La profecía se autocumplió: Menem ganó las elecciones y el país terminó en hiperinflación.

El segundo caso, esta vez positivo, fue la presentación de la candidatura a diputado nacional y posterior triunfo de Sergio Massa en las elecciones de 2013, que fue leído como la imposición de un límite a la posibilidad de reelección de Cristina Kirchner. El índice de acciones de la bolsa argentina, el Merval, tocó un mínimo en los días anteriores a que Massa anunciara su candidatura, y subió fuertemente luego. La brecha cambiaria también cedió, subiendo solamente en 2014 alrededor del episodio de default y después, en 2015, ante desequilibrios monetarios crecientes. Las expectativas (desmedidas, como aprendimos luego) que generó el posible fin del populismo kirchnerista le permitió, paradójicamente, a éste terminar su mandato sin que le explotasen las inconsistencias económicas que había generado.

El ejemplo más reciente fue el de la expectativa de triunfo de Alberto Fernández en 2019. Su impacto en la compra de dólares fue brutal: pasó de 1349 millones en junio a 2951 millones en julio (una vez conocida la fórmula Fernández-Fernández y la casi unidad del peronismo) y a 5909 millones en agosto, luego del resultado de las PASO. El Banco Central perdió 13.000 millones de dólares ese mes. La desestabilización fue tan grande que no solo el gobierno de Mauricio Macri tuvo que devaluar el peso, sino que también terminó imponiendo el cepo cambiario, yendo en contra de una promesa de campaña a su base electoral. En realidad, parte de este efecto ya se sintió en 2017. Hasta junio de ese año las compras de dólares rondaban los 1000 millones mensuales. Luego de que Cristina Kirchner anunciase su candidatura a senadora por la provincia de Buenos Aires, se duplicaron. El #novuelvenmás ya había entrado a mesa de examen.

Volvamos al presente. La fuerte suba de los precios de nuestras exportaciones abrió una ventana de oportunidad para que el Gobierno pueda ejecutar su plan A: llegar a las elecciones sin devaluar. Los precios de la soja y el maíz subieron un 44% y 33% desde fines de julio, respectivamente, y se encuentran en valores no vistos desde 2013. Esto permitiría, si el clima seco no lo arruina, sumar al menos 6000 millones de dólares a las exportaciones argentinas en 2021, más de un 10% de suba con respecto a 2020. Si el Banco Central tira hasta abril, cuando empieza la exportación de maíz y soja, sin devaluar, la compra de dólares de esas exportaciones en los cuatro o cinco meses siguientes quizá le permita llegar a octubre evitando un salto devaluatorio importante.

Un escenario así, con pocas o nulas subas de tarifas, sin devaluación y con una economía que se recupera creciendo cerca del 5% a la salida de la pandemia, podría permitirle al Gobierno obtener un resultado favorable en la elección legislativa de octubre.

Luego del discurso de Cristina Kirchner en La Plata quedó claro, además, que la coalición gobernante va a poner toda la carne al asador para la elección. Esto vale en forma figurativa, pero también en forma literal. La vicepresidenta mencionó en su discurso a los ROE (Registro de Operaciones de Exportación), permisos para exportar que se aplicaron durante su gobierno a la carne, el trigo y el maíz, entre otros, y el miércoles pasado el Gobierno ya cerró las exportaciones de maíz hasta marzo. El objetivo es seguramente bajar el precio doméstico de este importante insumo para la carne de cerdo, pollo y, en menor medida, de vaca. El resultado de estas políticas es siempre catastrófico en el largo plazo sobre la producción, las exportaciones y, al final, sobre el precio local de los alimentos. Pero, para el populismo, el largo plazo es la próxima elección. El plan “pateAR” (todos los ajustes) está en marcha.

En este contexto, la oposición conservaría el discurso institucionalista que le aseguró un 41% en octubre de 2019. Sin embargo, arrastra todavía una deuda en cuanto al manejo de la economía, que le quitó votos independientes castigados por la dura recesión de 2018-2019. Si la economía repunta en 2021 en un contexto de una inflación que no se dispara, aunque esté atada con alambres, la oposición se quedaría sin poder decirle a esa clase media decepcionada: conmigo no venías muy bien, pero te dijimos que con el kirchnerismo estarías mucho peor.

Sin embargo, las cosas no están tan fáciles para el Gobierno. En primer lugar, mismo dentro de este escenario, la combinación de la pandemia, de su pésimo manejo por parte del Gobierno, y del ataque al empresariado, hará que para el momento de la elección la situación económica será muy mala. Los números de la CAME son elocuentes: en 2020 habrían cerrado 90.700 locales y 41.200 pymes. Al tercer trimestre, la pérdida de empleos del total de la economía habría alcanzado a los dos millones. La falta de crédito y la baja de la confianza de los empresarios harán la recuperación del empleo más difícil. ¿A quién le echarán la culpa de su situación esos dueños de comercios y empresas que tuvieron que cerrar, esos miles de nuevos desempleados, o quienes volvieron al mercado laboral más precarizados? ¿A Cambiemos, a la pandemia, o al Gobierno? Probablemente y más que nada, a este último. Esto no le asegura votos a Cambiemos, pero muy probablemente le reste al Frente de Todos.

El principal problema del Gobierno, igualmente, no está en cómo manejar la interpretación del pasado, sino del futuro. El congelamiento de tarifas y otras políticas lo llevarán a tener un déficit fiscal elevado en 2021. A esto se suman vencimientos importantes de deuda en pesos. Cuanto menos financiamiento encuentre en el mercado para cubrir todas estas necesidades, más tendrá que recurrir el Gobierno a la maquinita de imprimir pesos.

Aquí viene el problema de la cuadratura del círculo: cuanto más exitoso sea el plan PateAR y, por lo tanto, mayores sean las posibilidades electorales del Gobierno, menor será la demanda de pesos y de deuda en pesos, y mayor la demanda de dólares, alimentando la brecha cambiaria y la inflación y, por lo tanto, afectando el funcionamiento de toda la economía. La perspectiva de éxito electoral puede terminar pateándole en contra en lo económico y, al final, en lo electoral. Uno podría argumentar que la oposición enfrenta el problema contrario: la perspectiva de triunfo podría ayudar al Gobierno. Esto es cierto solo parcialmente, ya que ahora todos somos conscientes de que encauzar la economía argentina luego de una debacle populista no es tarea sencilla.

El mercado y la población saben que un triunfo de la coalición gobernante le daría mayor control del Congreso y también de una Justicia que se mueve de manera estratégica. Esto, dentro del contexto de un gobierno que parece de transición hacia la candidatura presidencial de Máximo Kirchner. Y, a diferencia de lo que ocurrió en la película El Rey León, los tenedores de pesos quizá no quieran que el “ciclo de la vida” nacional siga con Máximo en el poder.

El autor es economista. PhD (Universidad de Pensilvania); fue economista jefe para América Latina de Bank of America Merrill Lynch. Es autor del libro Emergiendo

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