La elusiva economía de las personas más fáciles de engañar: nosotros mismos


Corrían los dorados años 20 en la ciudad de Boston y la calle exhibía un espectáculo poco común. La gente se agolpaba, indignada, protestando contra la detención de su líder. Los poderes hegemónicos del Estado y del sistema financiero se llevaban arrestado a quien había osado desafiar el agio y la especulación, y había defendido, en cambio, los ahorros de la gente común. Los gritos y los llantos recrudecían y hasta los niños habían salido a la calle para defender a este paladín del pueblo.

No, no estamos hablando de un dirigente político de masas, ni de un héroe de guerra, ni de una figura revolucionaria. El reo no era otro que Charles Ponzi, quizás el mayor estafador de la historia. Ponzi diseñó, casi sin proponérselo, el negocio piramidal que hizo famoso su apellido. Las versiones del fraude son variadas, pero la original prometía rentabilidades fabulosas para los inversores, basadas en un dudoso negocio de compraventa de estampillas. Las estampillas resultaron poco lucrativas, pero a Ponzi se le ocurrió pagar igual una ganancia espectacular a los inversores iniciales, lo que atrajo nuevos clientes, cuyos fondos servían para seguir remunerando a los que entraron primero.

No hace falta ser un Nobel de Economía para inferir que, pronto, esta pirámide de financiamiento se derrumba como un castillo de naipes; y así lo interpretó la justicia, que mandó a la policía a tomar cartas en el asunto. Pero la estafa no había explotado del todo y la mayoría de los seguidores de Ponzi lo siguió respaldando. Es que este triunfador de las finanzas, a diferencia de los egoístas banqueros de la época, compartía sus beneficios con el pueblo trabajador. El espejismo provocado por Ponzi duró bastante más de lo imaginado y fabricó un sueño que obturó por un buen tiempo el raciocinio público.

La historia trae a colación la pregunta de por qué somos tan sensibles a estas narrativas, que, tras un golpe de realidad, desencantan el alma y el bolsillo. Una posibilidad es que “siempre hay gente ingenua”, pero esta hipótesis se topa contra la evidencia de que los supuestos chorlitos son demasiados y de que, como afirma Mirtha Legrand, siempre se renuevan. Los engañados por Ponzi, por otra parte, se sentían verdaderos socios del negocio y estaban muy lejos de ser marginales sin criterio.

Según Shankar Vedantam, esta complicidad no es la excepción, sino la regla del comportamiento humano. En su libro Useful Delusions (Engaños útiles), el autor explica que estos artistas de la estafa venden un servicio muy particular. Por un lado, el producto de Ponzi provee un grupo de pertenencia y la posibilidad de reivindicar con un “justo retorno” el esfuerzo personal. Pero, para Vedantam, la prestación más importante es la esperanza de un futuro mejor. La racionalidad y la lógica que llevan a la verdad, señala Vedantam, son incapaces de brindar estos beneficios. De modo que Ponzi finalmente tuvo éxito porque, sin saberlo, en lugar de un negocio terminó vendiendo una ilusión.

¿De dónde proviene esta extraña “capacidad” de autoengañarnos? La doctora Cortney Warren describe en su libro Lies We Tell Ourselves (Mentiras que nos contamos a nosotros mismos) la psicología del autoengaño. Todo comienza con pequeñas inexactitudes diarias respecto de cuánto comimos, qué estatura tenemos o cuál fue nuestro aporte en el último partido de fútbol con amigos. No se trata de afirmaciones basadas en hechos, explica, sino en nuestras aspiraciones: lo que hubiéramos querido comer, medir o jugar. El término “cripto-amnesia” refiere a las ideas que estamos seguro de haber tenido, pero que, en realidad, son de otra persona. Alguna vez las escuchamos, las incorporamos inconscientemente y luego juraríamos que son nuestras.

Las autojustificaciones trepan hasta los más importantes aspectos de la vida, como nuestra elección profesional o la pareja que ¿supimos? conseguir. También nos autoengañamos cuando aclaramos que fumar hace mal, pero relaja; y que cuando una relación se acaba la culpa la tienen los dos. Warren insiste en que debemos ser más honestos con nosotros mismos, pero… ¿es esto posible?

Damos paso ahora a un personaje curioso: Robert Trivers. Formó parte del partido de las Panteras Negras, que luchaba contra el racismo y la violencia policial en los difíciles años 70. Prologó el libro principal de Richard Dawkins, El Gen Egoísta, y, según algunos, es “el Einstein de la biología evolutiva”.

Una de sus teorías recientes refiere al fraude en la naturaleza y su tesis es que el autoengaño es la mejor forma de engañar al prójimo. Cuanto más inconscientes seamos de nuestras mentiras, señala, más efectivas será para el resto. En una charla TED realizada en Jamaica, Trivers comenta sobre un experimento en el que cada sujeto debe identificar su foto original entre distintas versiones levemente transformadas con un programa. Los resultados indican que la gente elige consistentemente versiones propias mejoradas en un 20%. ¿Por qué no eligen la que es un 50% o un 100% mejor? Porque no son creíbles. Un 20% engaña con realismo.

Algunas pistas sugieren que estas estrategias inconscientes constituyen un obsequio evolutivo. Muchos animales logran reproducirse gracias a una autoconfianza en sus fuerzas, que señala a sus competidores que es mejor no meterse con ellos. Los niños lloran y patalean más frente a un auditorio, y cuanto más inteligente es la criatura, más miente (la misma relación se ha demostrado en los monos).

Las (auto)mentiras sobre preferencias sexuales parecen dar razón a la teoría de la “represión” de Sigmund Freud. Trivers cuenta un estudio en el que se separa a un grupo de hombres según su grado de homofobia y les muestran una relación sexual explícita entre dos varones. Los más homofóbicos, aunque cueste creerlo, fueron los que más se excitaron.

En su libro The Folly of Fools (La locura de los tontos), Trivers se mete con el engaño en la economía. Allí explica su sorpresa al escuchar que los fraudes financieros pueden ser controlados automáticamente por las fuerzas del mercado, siendo que la mentira tiene un beneficio neto positivo en términos de supervivencia y de reproducción. Para Trivers hay que incorporar a la economía los conocimientos de la biología, fundamentalmente para entender qué es lo que intenta maximizar cada organismo.

El autoengaño social permite la reaparición permanente de los esquemas Ponzi, muchas veces ni siquiera maquillados. El profesor de psiquiatría Stephen Greenspan (ninguna relación con el expresidente de la Reserva Federal de Estados Unidos) estaba exultante por la reciente publicación de su libro Anales de la credulidad. Tras referirse a los fraudes financieros y a los esquemas Ponzi, en sus conclusiones recomendaba evitar actuar impulsivamente y reconocer las propias limitaciones a la hora de invertir.

Pero resulta que Greenspan había invertido un tercio de sus ahorros, alrededor de US$250.000, en una firma que manejaba el mismísimo Bernard Madoff, el Ponzi moderno, cuyo fraude por US$65.000 millones lo vistió para siempre con el traje a rayas. Greenspan terminó perdiendo todo y se quedó releyendo su propia obra, tratando de entender cómo se había engañado a sí mismo a tal punto de creer que podía darle consejos a los demás.

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