Formación en crisis. El fin de la era dorada de las grandes universidades



El Covid-19 ha generado una inmensa presión sobre las universidades y los problemas están por volverse particularmente severos para las casas de estudio de Estados Unidos, Australia, Canadá y Gran Bretaña, que dependen de los estudiantes internacionales para llenar sus arcas. Fuente: LA NACION

Con fecha de terminación en 2022, el centro de ciencias de la información de la Universidad de Boston con una inversión de US$141 millones se erguirá sobre la ciudad como una torre desigual, de piezas de Yenga, sumando 32.500 m2 de espacio. La Universidad de Reading en Gran Bretaña casi ha completado un edificio de ciencias de la vida con un costo de US$65 millones, destinado a generar más espacio para temas que están atrayendo muchos estudiantes. La Universidad de New South Wales (UNSW) en Australia ha volcado más de US$360 millones a nuevas instalaciones, como parte de un proyecto que busca llevarla a figurar entre las 50 de primer nivel global.

Si estos planes tenían sentido en un mundo en el que los estudiantes estaban cruzando fronteras en manada, hoy parecen una locura. Las tres instituciones ahora están considerando recortes. La de Boston ha dicho que es probable que parte del personal sea despedido o licenciado. Reading ha anunciado que el 15% de los empleos de tiempo completo de la universidad están en la cuerda floja. La UNSW ya ha echado el 8% de su personal y cerrado dos de sus ocho facultades. En las tres universidades los planes de las nuevas instalaciones están suspendidos.

El Covid-19 ha generado una inmensa presión sobre las universidades. Pero los problemas están por volverse particularmente severos para las casas de estudio de Estados Unidos, Australia, Canadá y Gran Bretaña, que dependen de los estudiantes internacionales para llenar sus arcas. En la actualidad, hay más de cinco millones de estos estudiantes, comparado con dos millones en 2000. En Australia los estudiantes extranjeros aportan un cuarto de los ingresos de las universidades. En Canadá los aranceles para obtener un título en Ciencias en McGill, una de las principales universidades del país, cuestan US$34.000 al año para un estudiante extranjero, comparado con US$1971 para uno local.

Aún antes de la pandemia muchas de estas universidades estaban preocupadas por el empeoramiento de las relaciones con China,la mayor fuente de estudiantes internacionales. Y la educación superior en EE.UU, Australia y Reino Unido se enfrenta a un creciente escepticismo de parte de gobiernos de inclinación conservadora respecto del valor de un título universitario. Los académicos, acostumbrados a enfrentar problemas complicados, ahora enfrentan uno existencial: ¿cómo sobrevivirán las universidades con muchos menos estudiantes?

Fuente de contagio

El problema es que los campus universitarios son un excelente terreno para la propagación del virus y los estudiantes que viajan a través del mundo representan una buena manera de diseminarlo. Un estudio de investigadores de Cornell encontró que, aunque el estudiante promedio de la Universidad comparte clases con solo el 4% de sus pares, comparte una clase con alguien que comparte una clase con el 87%. El potencial para una diseminación rápida de la enfermedad se vio con la llegada de reclutas a Fort Benning, una base del Ejército de Estados Unidos. Cuando arribaron 640 en la primavera boreal, solo cuatro dieron positivo en las pruebas. Pocas semanas más tarde más de 100 dieron positivo. Según el diario The New York Times, alrededor de 6600 casos de Covid-19 pueden vincularse con colleges estadounidenses.

El riesgo mayor es que fuera del aula los jóvenes ignoren muchas restricciones. En julio la Universidad de California en Berkeley informó de un brote que involucró 47 casos de Covid-19, con la mayoría vinculados a fiestas en casas de fraternidades. En ese momento los administradores pedían a los estudiantes que los encuentros fueran de menos de 12 personas, que se realizarán al aire libre y que se mantuvieran al menos a 2 metros de distancia y con el rostro cubierto; desde entonces anunciaron que todas las clases serán online y se autorizará a solo 3200 de los 40.000 estudiantes de la universidad a vivir en el campus.

Incluso para los estudiantes que se queden en los dormitorios gran parte de la enseñanza será online. Un video de la Universidad Johns Hopkins propagandiza sus nuevos “estudios en el campus” para clases, siendo la idea que los estudiantes puedan participar de las mismas a resguardo en sus cuartos. Este tipo de clases a través de Zoom pueden acelerar una tendencia que viene de lejos. Proveedores de educación online, como Coursera, no han revolucionado la educación superior, como se pronosticaba habitualmente al comienzo de la década de 2010.

Pero han creado un nicho en el mercado, ofreciendo mayormente clases relacionadas con carreras empresarias a estudiantes de mayor edad. En los últimos cinco años aproximadamente un número creciente de universidades han comenzado a ofrecer títulos online, a veces asociados con “conductores de programas online”. En Estados Unidos se estima que uno de cada tres estudiantes de posgrado estudió plenamente online el año pasado, comparado con uno de cada cinco en 2012.

Aún antes de la pandemia muchas de estas universidades estaban preocupadas por el empeoramiento de las relaciones con China, la mayor fuente de estudiantes internacionales.

Ahora parecería que esta cifra va a aumentar. En mayo Dan Tehan, el ministro de Educación australiano, ofreció fondos para cursos breves online en temas que se consideran “prioridades nacionales”, como los que tienen que ver con la formación de docentes y con ingeniería, que tendrían una duración de seis meses, y con aranceles que irían de US$900 a US$1800. “Queremos que la gente tenga la posibilidad de concentrarse en el estudio online en vez de en Netflix”, dijo. La UNSW ha anunciado planes para ofrecer más cursos remotos. Tyler Cowen, economista de la George Mason University, que tiene su propio sitio educativo en la red, predice que habrá un gran crecimiento del estudio online.

Pero muchos estudiantes prefieren las clases en persona. El año pasado solo uno de cada siete estudiantes de grado estadounidenses buscó obtener un título online, según Richard Garret de la consultora Eduventures. Los estudiantes internacionales también tienden a querer “la inmersión cultural” de otro país, dice. Muchos gravitan hacia las grandes ciudades: en EE.UU., la Universidad de Nueva York es la que recibe a más estudiantes internacionales con 19.605; en Gran Bretaña es el University College de Londres con 19.635. La experiencia en cada ciudad no puede replicarse a través de las videollamadas en el living de la casa paterna.

La perspectiva ahora para los estudiantes internacionales es una experiencia universitaria menos atractiva, totalmente virtual o totalmente surrealista. Pese a ello hay pocas perspectivas de que se reduzcan los aranceles. La Universidad de Adelaida es una de las pocas que han bajado sus precios, ofreciendo a los estudiantes una “rebaja de aranceles de estudios en el extranjero por el Covid-19”, siempre que confirmen su asistencia.

En privado administradores de universidades británicas prevén que harán más uso de descuentos (“becas”) para atraer estudiantes extranjeros, pero tratarán de no propagandizarlo. Muchas universidades sostienen que la educación que recibirán los estudiantes será tan buena como antes de la pandemia. Está por verse cuántos estudiantes (y padres) lo creerán. Como pregunta un consejero universitario que trabaja en una facultad en Xi’an en China: “¿Sin toda la experiencia, por qué pagar US$50-60.000 por cursos online que se pueden hacer en la página de Coursera?”.

Para los estudiantes que no se ven disuadidos por estos cambios, hay otros problemas a la vista. El colapso del transporte aéreo puede significar que no haya suficientes vuelos. Bolton es una de una cantidad de universidades británicas que contemplan traer estudiantes directamente de China y la India. “Podemos contratar un avión que acomodará a 300 personas por alrededor de 300.000 libras”, explica George Holmes, el vicerrector.

A esto se suma que actualmente hay restricciones de ingreso que impiden a los estudiantes llegar a muchos países. Desde febrero se ha prohibido el ingreso de visitantes chinos en Australia. Se abandonaron programas piloto para traer grupos de algunos cientos de estudiantes en avión cuando aumentó la cuenta local de casos.

En julio la administración Trump renunció a sus planes de rescindir las visas de estudiantes internacionales en universidades que habían pasado exclusivamente a la enseñanza online, luego de que una cantidad de universidades, incluyendo Harvard y el MIT, interpusieron recursos legales. Pero posteriormente ese mismo mes el gobierno anunció que los estudiantes de primer año no podrán ingresar al país si no tienen clases en persona. Las embajadas y consulados han comenzado a reabrir pero no está claro si podrán manejar la cantidad de visas acumuladas.

Todo esto significa que hay problemas. Un informe del Instituto de Estudios Fiscales del Reino Unido predice que las universidades del país perderán el equivalente a un cuarto de su ingreso anual.

Algunas de estas instituciones por cierto están en una situación peligrosa. Y sin embargo mayormente las universidades de élite están en buena posición para superar la crisis gracias a sus importantes reservas de dinero y la capacidad de obtener crédito en mejores condiciones. “Si se trata de una institución prestigiosa la gente no va a dejar de lado la oportunidad lograda con mucho esfuerzo de obtener un diploma con mucho valor de marca, aunque eso resulte ser menos divertido y más inconveniente de lo que pensaban”, dice Kevin Carey del centro de estudios New America.

Virtual vs. vocacional

Las universidades tienen algunas razones para albergar esperanzas. Una es que los estudiantes putativos no tienen otra cosa que hacer. “Un año en blanco no parece demasiado atractivo, el mercado laboral no seduce demasiado”, señala Matt Durnin del Consejo Británico, que promueve la educación en Inglaterra entre estudiantes extranjeros. La otra es que en una recesión normalmente hay un aumento de la cantidad de estudiantes.

Aun así es probable que en los próximos meses cambie la fortuna de muchas instituciones. Algunas cerrarán por completo. Si la pandemia se alarga, si no aparece una vacuna o si se vuelve particularmente malo el clima económico, entonces las cosas estarán aún peor. Los políticos tendrán cosas más importantes en las que pensar que en la protección de universidades. Las primeras dos décadas del siglo XXI fueron de extraordinario crecimiento para las universidades en muchos países. La era dorada se acabó.

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