Emily Dickinson: 135 años de la muerte de la escritora estadounidense que se autoimpuso el encierro



Un 15 de mayo, 135 años atrás, moría en su casa la poeta de Amherst, Emily Dickinson (1830-1886). Tenía 55 años y, por propia decisión, se había recluido en el hogar paterno antes de cumplir cuarenta años. Si bien dejó una obra de cerca de 1800 poemas, en vida alcanzó apenas a publicar una docena. Como señaló Jorge Luis Borges, “publicar no era, para ella, parte esencial del destino de un escritor”. Del confinamiento voluntario -”mi prisión”, llamaba a ese estado- al centro del canon de la literatura de Estados Unidos, a la par de Walt Whitman (su antítesis, en varios aspectos), la figura de Dickinson acerca a los lectores una obra que, de un modo siempre nuevo y radiante, alumbra un camino de revelaciones. “Algunos guardan el domingo acudiendo a la iglesia- / Yo lo guardo estando en casa- / Con un pájaro como cantante- / Y con un huerto en vez de cúpula- // A mí me bastan mis alas- / Y en vez de doblar las campanas en la iglesia- / Nuestro pequeño sacristán nos canta- // Aquí predica Dios , un clérigo famoso- / Y el sermón nunca es tan largo- / Así que en vez de llegar al cielo al fin- / Ya estoy yendo hacia él desde el principio”. El viaje quieto de Dickinson es una de las aventuras más fascinantes de la literatura universal.

“Exceptuando a Shakespeare, Dickinson manifiesta más originalidad cognitiva que ningún otro poeta occidental desde Dante”, postuló el ensayista Harold Bloom en El canon occidental, donde dedica a la poeta estadounidense las páginas más inspiradas. “Dickinson es demasiado sutil para imponer nada, pero es una pensadora tan individual como Dante”, insiste. Bloom considera que la “extrañeza” es un rasgo fundamental para consagrar a un autor como canónico; el amor (por la naturaleza, por hombres y mujeres, por el mundo y por la creación estética) es otro. En la poesía de Dickinson, la extrañeza y el amor se unen de manera tan genial como concisa. “Mi amado ha de ser un ave, / ¡porque vuela! / Ha de ser mortal mi amante, / ¡porque muere! // Tiene como la abeja, aguijón. / Oh, extraño amigo, / ¡eres un enigma!”. La gran mayoría de sus poemas no supera los doce versos.

Amante de la naturaleza, Emily Dickinson recolectó, prensó y clasificó 424 especies de flores en una zona rural de MassachusettsArchivo

En la Argentina, la obra de Dickinson tuvo la fortuna de ser traducida por autoras destacadas. Una de ellas fue Silvina Ocampo, que versionó al español casi seiscientos poemas de su par del norte. “Prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo -escribió Borges en el prólogo de Poemas (Tusquets), con selección y traducción de Ocampo-. En su recluida aldea de Amherst buscó la reclusión de su casa y, en su casa, la reclusión del color blanco y la de no dejarse ver por los pocos amigos que recibía. […] Silvina Ocampo es, fuera de duda, la máxima poeta argentina; la cadencia, la entonación, la pudorosa complejidad de Emily Dickinson aguardan al lector de estas páginas, en una suerte de venturosa transmigración”. Borges alude a dos de los hábitos adoptados por Emily a partir de 1861, cuando empezó a rehuir de visitas y salidas y a vestirse exclusivamente de blanco.

Mirta Rosenberg tradujo, para el Centro Editor de América Latina, un conjunto de las “miniaturas líricas” de la poeta de Nueva Inglaterra, igual que María Negroni, autora de Archivo Dickinson (La Bestia Equilátera), obra donde recrea la “sintaxis indócil y el ritmo sincopado” de Dickinson en poemas -similares a escenas basadas en las recurrencias verbales de la estadounidense- que se pueden leer como homenajes y exploraciones. “Del otro lado de la noche / la espera su nombre, / su subrepticio anhelo de vivir, / ¡del otro lado de la noche! // Algo llora en el aire, / los sonidos diseñan el alba. // Ella piensa en la eternidad”, escribió Alejandra Pizarnik en “Poema para Emily Dickinson”.

“Qué enseñanza tan particular nos deja la enorme vigencia de Emily Dickinson, de su obra -dice a LA NACION la escritora Mercedes Roffé-. Especialmente habiendo sido una mujer tan marcada por su época y su cultura en todos los ámbitos de su vida: sus sentimientos, sus costumbres, lo poco que aquellos cuya opinión ella respetaba supieron valorar su obra en su momento. Que una persona marcada por tantas limitaciones, tantos condicionamientos, haya producido uno de los corpus artísticos más admirados y actuales de los últimos siglos no deja de ser un mensaje de inspiración y fortaleza”. Desde su cuarto con vistas al jardín, en Amherst, la poeta vio transitar el amor, la muerte, la escritura, la inmortalidad, la iluminación. “Y que haya sabido escudriñarlos y dar cuenta de ellos, que haya sabido adelantarse tanto como para ser capaz de acompañarnos, hoy mismo, en todas nuestras preguntas fundantes y fundamentales como seres humanos, con una voz que resultaría moderna doscientos años más tarde, es una enseñanza”. Para la autora de La ópera fantasma, una de las lecciones dickinsonianas se orienta hacia el respeto de la vida propia y, en particular, la ajena. “Las de aquellos que, por salud o por ideología o por las condiciones que su momento y su país les imponen, escogen o sufren otra realidad distinta o en las antípodas de la nuestra o de la que se considera apropiada, legítima o deseable -concluye-. La enseñanza de una vida vivida y meditada en todos sus matices, en toda su profundidad”.

La vida de la escritora que se autoimpuso el encierro y que solo consintió en que se publicaran unos pocos poemas fue materia de biografías, como la clásica The Life of Emily Dickinson, del estadounidense Richard B. Sewall, y La dama blanca, del francés Christian Bobin, y de películas como Una serena pasión, del británico Terence Davies, con Cynthia Nixon como Emily. Para la televisión, Charles S. Dubin dirigió The Belle of Ahmerst, con Julie Harris como la poeta.

Cynthia Nixon como Emily en “Una serena pasión”, film de Terence DaviesArchivo

Este año se publicaron por primera vez en español las cartas de Emily Dickinson a Susan Huntington Gilbert, con el título de Cartas de amor a Susan (Sabina Editorial). El volumen reúne 245 cartas seleccionadas de los manuscritos originales reproducidos en los Archivos Electrónicos Dickinson, que la poeta enviaba a la esposa de su hermano mayor. Estos textos habían sido censurados o enmendados en las primeras publicaciones póstumas de la obra de la autora, que mantuvo con la destinataria -su cuñada, amiga, excompañera de estudios y amante- una correspondencia sentimental a lo largo de su vida. De las aproximadamente mil cartas de Dickinson que se conservan, más de trescientas fueron escritas para Huntington Gilbert.

Un poema de Emily Dickinson

El corazón pide placer primero –

luego – excusa del dolor –

luego – los pequeños anodinos

que matan el dolor –

luego – irse a dormir –

y luego – si tiene que ser

el deseo de su inquisidor

el privilegio de morir –

Traducción de Silvina Ocampo

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