El trágico destino del genial inventor al que lo arruinó la revolución



Luego de unos meses de trabajo y varios intentos, Nicolas Leblanc logró lo que buscaba: desarrolló un método para obtener carbonato de sodio mediante fuentes no orgánicas. Su descubrimiento fue como “oro en polvo” para la economía francesa y propició el auge de varias industrias, pero él no pudo disfrutar de su éxito, porque la Revolución Francesa truncó sus sueños.

El método de Leblanc, que abarataba enormemente el costo de fabricación de diversos productos de uso cotidiano, como jabón o vidrio, fue utilizado por ochenta años, hasta que en la década de 1860 el químico belga Ernest Solvay desarrolló un proceso más eficiente y rentable, que perdura hasta hoy y que lleva su nombre.

Pero la historia de Leblanc no comienza con su hallazgo más singular, sino que se origina el 6 de diciembre de 1742, el día que nació, en Ivoy le Pré, una pequeña localidad ubicada en el centro de Francia. Nada se sabe de su madre, pero sí se conoce que su padre, un funcionario menor en una fábrica de hierro, murió cuando él tenía solo 9 años.

Sin nadie de su sangre que pudiera hacerse cargo de él, Leblanc fue a parar a Bourges, donde viviría bajo la tutela de un amigo cercano de la familia, el doctor Bien (solo se conoce su apellido, que parecía quedarle muy bien para su nueva función de benefactor).

Bajo la influencia de su tutor, Leblanc desarrolló un gran interés por los temas médicos y, cuando el doctor Bien murió, en 1759, Nicolás se matriculó en la École de Chirurgie (Colegio de Cirujanos) en París, para estudiar medicina. Se graduó con una maestría en cirugía y abrió su propio consultorio.

Ya casado y con un hijo, pronto advirtió que los honorarios que cobraba en su consultorio no le alcanzaban para mantener a su familia, así que aceptó un puesto como médico privado en el hogar del duque de Orleans, Luis Felipe II. Su nuevo trabajo le permitió gozar del tiempo y de los recursos monetarios suficientes para estudiar química, su otra pasión, y dedicarse a la experimentación.

Su interés por la química había surgido unos pocos años antes: en 1770, la cátedra de Medicina del Collège de France se transformó en cátedra de Química y fue entonces cuando Leblanc tuvo como profesor al reconocido químico francés Jean Darcet (1725-1801). Fue así como se codeó con Antoine François de Fourcroy, Louis Nicolas Vauquelin y Claude Louis Berthollet, químicos contemporáneos que dejarían su sello en la historia.

Estatua de Nicolas Leblanc

Los primeros trabajos de Leblanc como químico fueron sobre la cristalización, área en la que logró muchos avances y en la que no le fue para nada mal. Pero no sería la cristalización la que haría que este médico devenido en químico pasara a la historia, sino, como se dijo, el desarrollo de un proceso para la obtención de carbonato de sodio a través de fuentes no orgánicas.

Resulta que en 1775, la Academia de Ciencias de Francia ofreció un premio de 12.000 francos a quien descubriera la forma de generar carbonato de sodio de fuentes inorgánicas. Esto era muy importante para la economía local en particular y europea en general, porque hasta ese momento para obtenerlo se empleaban cenizas de madera, pero su gran demanda industrial estaba agotando los bosques del continente.

La mayor parte de estas cenizas se importaba de España a un precio muy elevado. El problema era tan preocupante para Francia, que el propio rey Luis XVI fue quien ordenó a la Academia de Ciencias que ofreciera una recompensa para la persona que inventara un procedimiento eficaz que no necesitara de ese costoso insumo.

Leblanc enseguida vio su oportunidad y asumió el desafío en el acto. Solicitó apoyo económico al Duque de Orleans e instaló un laboratorio en la Universidad de París. Después de varios meses de investigación, en 1786 consiguió lo que buscaba: gracias a su método fue posible obtener carbonato de sodio a partir de la sal marina y el ácido sulfúrico.

Columna Algo no salió bien, en Lo que el día se llevó

17:54

Técnicamente, llegó a aislar cristales de sosa a partir de sulfatos, carbón y piedra caliza. Después llegó a un procedimiento estándar en tres fases. En la primera se hacía reaccionar la sal común con ácido sulfúrico para producir sulfato sódico y clorhídrico; en la segunda, el sulfato sódico se calcinaba con caliza y carbón obteniendo una mezcla de cenizas que contenían una cantidad variable de sosa, y en la tercera, se sometían las cenizas a lixiviación para separar la sosa y posterior concentración y cristalización de esta.

Este logro le permitió a Leblanc erigirse como una celebridad mundial, ya que su fórmula para obtener a bajo costo un insumo tan esencial, fue decisivo para impulsar la fabricación de diferentes productos de gran utilidad en la vida cotidiana, como el jabón, los textiles, la porcelana y el vidrio, entre otros.

Por ese descubrimiento, Leblanc no solo ganó el premio, sino que también logró patentar su procedimiento. Además, con el apoyo del duque de Orleans, abrió en Saint Denis una planta que comenzó a producir cientos de toneladas de carbonato de sodio por año. Si bien nunca llegó a cobrar efectivamente el premio, con lo que facturaba esta fábrica, el hombre se aseguraba el bienestar propio y el de sus próximas generaciones.

Aquel chico huérfano que había sido enviado a vivir con el predestinado Dr. Bien, era ahora uno de los químicos más renombrados de Europa, se había convertido en un empresario exitoso y tenía por delante años de gloria y fortuna. Estaba en su mejor momento. Tocando el Cielo con sus manos. Pero… siempre hay un “pincelazo” que termina con la felicidad.

Su descubrimiento coincidió con los turbulentos años posteriores a la Revolución Francesa, por lo que muy pronto su benefactor, el duque de Orleans, pese a haber votado en favor de la muerte de Luis XVI, fue arrestado y ejecutado. Leblanc, por lo tanto, también cayó en desgracia: no solo le confiscaron la planta de carbonato, sino que además lo obligaron a revelar el secreto de su fórmula.

En los años siguientes, mientras decenas de fábricas ganaban dinero gracias a su invento, él debió trabajar gratis para el nuevo gobierno. Asfixiado por una situación económica desesperante, hizo múltiples intentos para conseguir trabajo sin éxito.

Vagó por toda Francia haciendo tareas menores que apenas le alcanzaban para comer, hasta que decidió regresar a Paris, donde, sumido en una profunda depresión, el 16 de enero de 1806, se quitó la vida mediante un disparo en la cabeza. Medio siglo después, a título póstumo, el segundo imperio francés reconoció oficialmente su invención y concedió una renta a sus descendientes.

* Si querés ver la columna en vivo, sintonizá los viernes a las 23 Lo que el día se llevó (lunes a viernes), por LN+: 715 y 1715 de DirecTV, Cablevisión 19 Digital y analógico/ 618 HD y Flow, Telecentro 705 Digital, TDA 25.3, Telered 18 digital y servicio básico y Antina 6 digital.

ADEMÁS





Fuente >>

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *