El largo camino de Alberto Fernández para volver al país de Mauricio Macri



Fuente: AFP

El presidente Alberto Fernández está atrapado en una ironía de la cual solo un milagro le permitirá escapar: aunque llegó al Gobierno con la promesa de poner de pie la economía que Mauricio Macri había tumbado, no le alcanzaría el tiempo que le resta en la Casa Rosada para dejar siquiera un país del mismo tamaño que heredó de su antecesor.

La situación, en apariencia adversa para las aspiraciones del kirchnerismo, arroja sin embargo la misma certeza que una moneda girando en el aire desde el punto de vista electoral. Eso se debe a que la tragedia temprana del nivel de actividad puede jugar a favor del Frente de Todos en las urnas.

Como la mayor destrucción de valor se concentrará este año, las estadísticas mostrarían que el país crecerá en los próximos tres, algo que abre una discusión sobre la cual no hay conclusiones firmes: si pesa más la percepción del presente, el oficialismo tendrá un tránsito incómodo por las legislativas del año próximo, pero posiblemente auspicioso en la contienda más importante, en 2023.

Los cálculos, todavía lejanos y eventuales, comenzaron en los últimos días a formar parte de discusiones en el oficialismo, la oposición y los estudiosos. En una reunión virtual esta semana de la que participaron politólogos, sobrevoló una pregunta remanida: ¿quién pagará con votos los efectos de un hecho no provocado por la política -como el coronavirus- sobre la economía? El teórico Ernesto Calvo recuperó el concepto de “restrospección ciega”, tan viejo como poco conocido. La conclusión es que siempre lo paga el oficialismo. Con una particularidad, según algunos de los oyentes: el grueso de esa factura vence en las elecciones del año próximo y el Frente de Todos acumulará algo de crédito hacia adelante.

Fuente: LA NACION – Crédito: Rodrigo Néspolo

Por cálculo especulativo, convicciones genuinas o un poco de ambas, la Casa Rosada ya empezó a usar un discurso alineado con las conjeturas de los académicos.

Una de las primeras en poner en marcha la estrategia fue Cecilia Todesca, vicejefa de Gabinete y dueña de un vínculo con el Presidente como casi ningún otro funcionario tiene, según relatan ejecutivos que participaron de reuniones con ella. “La pobreza, el desempleo y la destrucción de empresas van a observar datos muy fuertes, de una crisis inédita. Van a empeorar, eso va a suceder, lo decimos con toda claridad”, sostuvo días atrás en el programa de radio Digamos Todo. En resumen: Alberto Fernández no quiere que lo juzguen por la economía. Son las palabras contrarias a las que desplegó Macri cuando llegó al poder (“quiero que me juzguen por el indicador de pobreza”) y lo condujeron al fracaso de 2019. En el discurso como en las decisiones cambiarias, el Frente de Todos parece haber aprendido de los errores políticos de Cambiemos.El juego de Juntos por el Cambio será el contrario, pero con una complicación: ¿cómo hacer notar que el país que dejó Macri no era tan malo en términos económicos cuando el mismo jefe de la oposición lo señaló como un fracaso? Los números parecen sostener esa conclusión riesgosa. Medidos en términos de producto bruto interno (PBI) ajustado por inflación según cifras del Indec y con las proyecciones de crecimiento que hace Latinfocus a partir del promedio de casi 40 consultoras, bancos y centros de estudio, la Argentina sería este año un 89% del país que había en 2019. Esa serie llegaría al 94% en 2021, al 96% en 2022 y al 98% en el último año de Alberto Fernández. Recién su sucesor anotaría en 2024 un crecimiento marginal de 0,4% con respecto al país que dejó Macri. Tan cierto como que son proyecciones en un país caracterizado por romperlas es que se trata de los datos con los que se hacen cálculos en espacios de discusión política. Miguel Pichetto ya comenzó a usar en público ese conjunto de ideas.

Alberto Fernández y Mauricio Macri podrían ser víctimas de la misma maldición: ambos dejarían un país medido en términos de PBI más chico que el que heredaron. Fuente: AFP – Crédito: Archivo

El tiempo juega a favor del Gobierno. Aunque la película será mala, irá mejorando con el correr de los años y generará la percepción de que no fue tan desilusionante como se preveía al principio. Es la revitalización del viejo slogan menemista “estamos mal, pero vamos bien”.

El estudio de las motivaciones económicas del voto se ha sofisticado en los últimos años. Ya nadie discute que el bienestar general condiciona el resultado de los comicios, pero le suman otros niveles. Por ejemplo, no alcanza con hablar de la economía a secas, sino que también influye la evolución del propio patrimonio -simplificado, “lo que tengo”- en una determinada administración. Esa mirada podría abrir un signo de interrogación para el votante del Frente de Todos disgustado por la economía de Macri, pero temeroso del proyecto de expropiación de Vicentin o las versiones sobre la estatización de Edesur.

Cualquiera sea la disputa en los próximos años, está descontado que el Gobierno no tendrá el brillo que acompañó a Néstor Kirchner cuando una combinación de precios altos de los commodities, una devaluación anterior y bajas tasa de interés en EE. UU. hicieron que en dos años la economía recuperará el tamaño que había perdido en la crisis. De esa trieja perfecta sólo queda hoy la bendición de la FED, uno de los regalos menos visibles, pero más efectivos, a los que puede aspirar cualquier presidente argentino.

Alberto Fernández podría terminar su mandato con un país más “chico” que el que recibió.

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