El efímero reinado del zar al que le gustaba jugar con soldaditos de plomo



El destino de Karl Peter Ulrich cambió para siempre cuando él tenía 13 años: por la sola voluntad de su tía, dejó de ser un chico maltratado para convertirse en heredero al trono de uno de los imperios más grandes de la historia. Dos décadas después, se convirtió en el zar Pedro III de Rusia, pero su reinado fue efímero y él terminó asesinado poco después de abdicar.

Este hombre, que solo llegó a reinar 186 días y que tenía una gran afición a jugar con soldaditos de plomo, era originario de Kiel, Alemania, que en el momento en que él nació, el 21 de febrero de 1728, era parte del septentrional ducado germánico de Holstein-Gottorp.

Karl Peter Ulrich era un Romanov por línea materna, puesto que su madre, Ana Petrovna, era la hija mayor de Pedro el Grande, fundador de esa dinastía. Pero cuando tenía solo tres meses, su madre murió. Y a los once años, perdió a su padre, que nunca se interesó demasiado por él y que dejó su educación en manos de oficiales crueles e ignorantes.

Tal como relata Jean des Cars en el libro La saga de los Romanov, su futuro se presentaba difícil. “Frágil, aterrorizado por haber sido permanentemente castigado, el joven duque detestaba todo lo que habían querido inculcarle torpemente, en particular las ciencias”, se puede leer en la obra mencionada.

Mateo Leslie, profesor de Historia, egresado de la Universidad de Buenos Aires, explica que definir la personalidad de personajes históricos dista de ser tarea fácil, pero en el caso de Pedro (nombre con el que Karl Peter Ulrich pasó a la historia), hay algunas características que se repiten bastante en las fuentes de la época y posteriores. “Muchas resaltan su débil carácter físico y mental, mientras que algunas incluso hablan de cierto ‘retraso’ en sus capacidades mentales”, comenta.

Lo cierto es que el joven Pedro no tenía una sola a favor, pero en 1741, cuando tenía 13 años, sucedió algo que cambiaría su vida. Su tía Isabel Petrovna, hermana de su madre y segunda hija de Pedro el Grande, ascendió al trono de Rusia, luego de un golpe de estado. Enseguida, pidió que Pedro se mudara a San Petersburgo y pasara a estar bajo su tutela, ya que ella lo prepararía para que fuera su sucesor.

Pedro III

A esta altura, su niñez siniestra y espartana, y la falta de cariño, ya habían convertido a Pedro en un personaje cínico y simulador. Por si todo esto fuera poco, él se sentía más alemán que ruso. Así y todo, el 7 de noviembre de 1742, fue declarado heredero al trono. “Era luterano y lo obligaron a hacerse ortodoxo: rebautizado como Piotr Feodórovich”, precisa Des Cars en su libro.

El joven duque era desdichado en San Petersburgo y no dejaba de añorar su Holstein natal. “Pedro solo se entusiasmaba con un tema o un personaje alemán: Federico II [rey de Prusia] era su ídolo y sentía por él un gran respeto… A los 28 años, era el símbolo de un príncipe heredero ruso subyugado por la mentalidad y la organización prusianas, con una admiración teñida de temor… A su juicio, Rusia no estaba suficientemente germanizada”, escribe Des Cars.

En vistas de su comportamiento, todos se preguntaban si Isabel I no se había equivocado al elegir como su sucesor a un loco. Pero la emperatriz no era tonta y pronto puso un dique de contención a su desequilibrado sobrino: en 1745 lo hizo casar con una sólida princesa alemana, inteligente, culta y, sobre todo, muy fuerte de carácter. Se llamaba Sofía Augusta Federica de Anhalt-Zerbzt y pasaría a la historia como Catalina La Grande.

La noche de bodas fue un auténtico desastre. Según cuenta Leslie, es muy probable que Pedro tuviera phimosis, una afección que dificulta mucho las relaciones sexuales. “Otras fuentes incluso comentan que su flamante esposa se sorprendió aquella noche cuando Pedro en lugar de llevarla a la cama la invitó a jugar con sus soldaditos de plomo”, destaca el historiador.

Durante los primeros años, el conflicto y el desprecio entre la pareja fue evidente. Mientras la gran duquesa Catalina ignoraba a su esposo, con aventuras amorosas y una intensa vida palaciega, Pedro, que también tenía una amante, se dedicaba a la caza, la instrucción militar y, muchas noches, a organizar en sus aposentos batallas ficticias con sus amados soldaditos de plomo. Aun así, tuvieron un hijo: el gran duque Pablo (futuro zar Pablo II de Rusia).

Pero, más allá de los problemas en su vida conyugal, a la muerte de Isabel I, el 5 de enero de 1762, Pedro fue proclamado zar, con solo 33 años. Aquel huérfano maltratado y falto de cariño, se había convertido ahora en amo absoluto de uno de los más grandes imperios de la historia. Estaba en su mejor momento. Tocando el Cielo con las manos. Pero… siempre hay un “pincelazo” que lo arruina todo.

Columna Algo no salió bien, en Lo que el día se llevó

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Apenas subió al trono, Pedro quiso vengarse de los que se habían burlado de él, que prácticamente eran todos, así que empezó a maltratar a todo el mundo. “Anunció que organizaría desfiles militares, bebería como un cosaco y conocería muchas mujeres. Y pidió que no lo molestaran cuando tocaba el violín, su pasión”, se puede leer en La saga de los Romanov.

Pero eso no fue lo peor: en cuanto llegó al trono, Pedro III se apresuró a firmar la paz con su venerado Federico II y le devolvió la Prusia Oriental, algo que para todos los militares que habían ganado en batalla ese territorio fue una gran frustración y una terrible humillación. No se limitó a eso: impuso el uniforme prusiano y las órdenes en alemán en el ejército ruso. “A fuerza de glorificar a los prusianos, el zar insultaba a los rusos”, concluye Des Cars.

Pero, además, Pedro sumergió a San Petersburgo en un clima de guerra artificial ordenando frecuentes salvas de artillería sin motivo alguno y humilló en público a su esposa, a la que finalmente encerró en un pabellón de Peterhof, el descomunal palacio que Pedro el Grande había mandado a construir a pocos kilómetros de la ciudad.

El enloquecido zar pronto atacó también a los popes de la iglesia, prohibiéndoles usar barba y obligándolos a ser “ortodoxos luteranos”, por lo que muy pronto ese extraño clero se unió a la multitud de descontentos. Nadie dudaba ya de que el extraviado emperador, que ni siquiera respetaba las pocas tradiciones rusas antiguas que Pedro el Grande había dejado en pie, llevaba a Rusia al caos.

Leslie resume la locura de aquellos días así: “Una vez en el trono, Pedro III adopta una serie de medidas tales como la libertad religiosa, una política exterior pro prusiana y germanófila, la promoción de ‘modas francesas’ en la corte y la ‘liberación’ a los nobles de la obligación a prestar servicios militares. La implementación de estas medidas lo va enfrentando sucesivamente con la mayor parte del ‘establishment’ imperial, debilitando aún más su posición”.

Estaba más que claro que todo esto no podía terminar bien. Una facción del ejército armó un complot para derrocar al zar y poner en su lugar a Catalina. Durante una estada de Pedro en Oranienbaum, Alexéi Orlov, hermano del amante de Catalina, entró en su habitación en la madrugada del 28 de junio y le dijo, serenamente: “Señora, debe prepararse. Todo está dispuesto para su ascenso al trono”. Ella no vaciló, se autoproclamó emperatriz y se dirigió al Palacio de Invierno, donde todos los dignatarios y jefes militares prestaron juramento.

El golpe de estado había sido un éxito, pero ¿Qué hacer con Pedro III? “Cuando el zar llegó esa tarde a Peterhof para hacer detener a su esposa en presencia de su amante, comprendió que Catalina se había burlado de él y que estaba perdido. Paralizado por la indecisión, terminó por regresar a Oranienbaum”, se cuenta en la obra citada.

Catalina, vestida con el uniforme de la guardia, lo siguió a la cabeza de un regimiento, lo alcanzó y lo hizo abdicar. “La relación con su esposa fue tan mala que su reinado finalmente cae por un golpe organizado en conjunto por el ‘establishment’ y ella, que lo fuerza abdicar al trono en su favor”, subraya Leslie.

Escribe Des Cars que Pedro pidió que su amante siguiera con él, pero Catalina se lo negó. Entonces, con tono patético, suplicó que le dejara conservar su caniche, su sirviente y su violín. Esta vez, la emperatriz aceptó. El zar derrocado fue encerrado y solo ocho días después, por orden de la ahora emperatriz, fue estrangulado en su celda (aunque la versión oficial fue que había muerto por “cólicos hemorroidales”).

Se terminó así la vida del hombre que gobernó tan solo 186 días, que jamás llegó a calzarse la corona y que pasó a la historia por dos cosas: su gran afición a jugar con soldaditos de plomo y su condición de esposo de quien se convertiría en Catalina la Grande, la más recordada de todas las emperatrices de Rusia.

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