El ceibo, los juncales del río y las aves inspiraron a Rafael Obligado



Flor de ceibo Fuente: Archivo

Este año, el 8 de marzo pasado, se cumplió el centenario de la muerte del poeta Rafael Obligado. Nacido en Buenos Aires en 1851, exponente de la Generación del 80, fue cultor, nos recuerda Arturo Berenguer Carisomo, de una “corriente nativista” o “de criollismo culto y académico”. Los años en la estancia de la Vuelta de Obligado, junto al Paraná, le inspiraron muchas páginas literarias. Cantó al ceibo; a los juncales del río, donde las aves hacían sus nidos; a los camalotes. “¡Oh mis islas amadas, dulce asilo / De mi primera edad! / ¡Añosos algarrobos, viejos talas / Donde el boyero me enseñó a cantar!” (“El hogar paterno”). La ausencia de aquel paisaje sumía su espíritu en una pena manifiesta. “Muros de tapia, techo quinchado / Con todo el lujo del totoral; / Forman mi rancho, do no ha faltado / Nunca inocente felicidad” (“Canción”).

También la pampa le dio el estro. La extensa llanura lo hacía sentir orgulloso de su condición de americano: era la imagen de su patria. “Allí el pulmón no vive sino alienta / El soplo poderoso del pampero” (“La pampa”). En la humilde condición del hornero creía detenerse la pena por todo lo argentino que se iba: la sencillez familiar, la fe de los héroes y las madres, la “antigua grandeza nacional”. “¡Mas, por siempre, la choza del hornero / En símbolo será / El rancho de la raza vencedora / De Salta y San Lorenzo y Tucumán!” (“Los horneros”). El “cuchillo del arado” había dado término a la pampa de sus cantos, a “La majestad de esa llanura triste” (“Protesta”).

“Poesías”, su único libro, con sendas ediciones en París en 1885 y 1906, incluyó composiciones sobre asuntos históricos: la derrota de la batalla de Ayohuma, el niño tambor de Tacuarí, el Negro Falucho, la retirada de Moquegua (protagonizada por Juan Lavalle en 1823).

En deliciosas obras elogió a Esteban Echeverría (cuyos versos dijo “despertaron la patria”) y habló de amor. “Inefable visión, dueño sin nombre / De aquel primer cariño / Que hiere y mata el corazón del niño / Para que nazca el corazón del hombre!” (“Visión primera”). A su ciudad natal la evocó cuando estaba hecha de cercados y granjas y el sonar “de tarros de lechero” era maravilla; cuando se tenía a “la guitarra nacional por lira”; cuando “De un asador pendiente, / Dorarse ya el cordero apetitoso” (“Las quintas de mi tiempo”).

Desde luego que Rafael Obligado venció al olvido por su excelso canto “Santos Vega”, aquel payador “de la larga fama” que fue predilección de poetas y ensayistas. Se trata, nos dice Berenguer Carisomo, de “cuatro cantos en décimas, sentidos, nostálgicos, ingrávidos, que son, sin disputa, lo más notable y buido de su antología”: “Cuando la tarde se inclina / Sollozando al occidente, / Corre una sombra doliente / Sobre la pampa argentina”. La voz gaucha de Vega se encontraba en los sucesos de mayo de 1810 y clamaba por volar a Buenos Aires para ponerse al servicio de la Revolución.

La muerte sorprendió a Obligado en Mendoza. Algunas ediciones recogieron poemas posteriores a 1906.

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