El amargo final del genial futbolista que no pudo eludir al gran rival de su vida



Al técnico del Manchester United se le iluminaron los ojos al recibir aquel telegrama que solo decía: “Creo que te he encontrado un genio”. Quien lo enviaba era Bob Bishop, reclutador del club de Old Trafford en Belfast, y su descubrimiento era un muchachito que llegaría a ser considerado el mejor futbolista británico de todos los tiempos y terminaría sus días arruinado por el alcohol y los excesos. ¿Su nombre? George Best.

Este genio del fútbol nació en Belfast, capital de Irlanda del Norte, el 22 de mayo de 1946, y cinco días después fue inscripto como Ronald George Best. Era hijo de Dickie Best y Anne Withers, un tornero de astillero y un ama de casa que había sido jugadora de hockey, respectivamente, quienes lo bautizaron como George, nombre que usaría toda su vida.

Creció junto a sus cuatro hermanas menores en el barrio de Cregahg, en el sureste de la ciudad. Sus padres hicieron lo posible para que tuviera una buena educación y fuera un alumno destacado, pero, pese a que era inteligente e incluso ganó una beca, su obsesión era otra: jugar al fútbol.

Empezó jugando en el Cregagh Rangers Boy´s Club, un equipo que albergaba a todos los chicos del barrio. Pronto, su nombre y su fama de talentoso llegaron al Glentoran, un equipo del sur de Belfast, pero cuando se fue a probar fue rechazado por ser demasiado pequeño y “livianito”.

Fue entonces cuando lo vio Bishop, quien envió a Matt Busby, factótum del Manchester United, el que se considera el telegrama más famoso de la historia del fútbol (“Creo que te he encontrado a un genio”). Tal como relata As, el diario deportivo español, Busby fue a observar a esa promesa y, luego de verlo, no lo dudó un segundo. “Se viene con nosotros”, dijo.

George Best

Best llegó al Manchester United con 16 años para una prueba de dos semanas y un año después ya era titular y figura del equipo. “El día que cumplía 17 años firmó su primer contrato profesional con el United, y en septiembre de ese mismo año debutaría con la camiseta de los Diablos Rojos, aunque ya era una figura en ciernes en las categorías inferiores”, recordaba en una nota de 2016 el diario As.

Así comenzó su etapa en Manchester, donde permanecería hasta 1974, disputando un total de 467 encuentros y convirtiendo 180 goles. A los 19 años ya era considerado la estrella en ascenso del fútbol inglés, pero luego anotar dos goles (el segundo de ellos, sensacional) en el partido de cuartos de final de la Copa de Europa, contra el Benfica, en el que jugaba Eusebio, la “Pantera Negra”, fue elevado al grado de superestrella del fútbol mundial.

Fue por esa época en que los medios internacionales comenzaron a llamarlo “El quinto Beatle”, por su corte de pelo, pero fundamentalmente por el talento que desplegaba en la cancha, similar al que exhibían los cuatro fantásticos de Liverpool con su música. Pero lo mejor estaba por venir… y sería tan extraordinario como fulminante.

Ganó dos Ligas locales y en 1968 alcanzó su cénit, al llevar al Manchester United a ganar por primera vez en la historia la Copa de Europa, en Wembley, frente al temible Benfica. Ese año también obtuvo el Balón de Oro, superando en la votación nada menos que a su compañero de equipo Bobby Charlton, campeón del mundo en 1966, Franz Beckenbauer, subcampeón de ese mundial, y Dragan Dzajic, uno de los mejores futbolistas yugoslavos de la historia.

Columna Algo no salió bien, en Lo que el día se llevó

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Durante sus primeros años en Old Trafford, Best había sido un tímido adolescente que, en sus ratos libres, se la pasaba en las salas de billar, pero poco tiempo después empezó a ser conocido por su larga melena, su fama de seductor y su extravagante estilo de vida propio de una celebridad. Vivía a todo lujo, con un circuito de guardaespaldas y personal de oficina que incluía a tres personas dedicadas a responder cada carta que le enviaban sus fans.

El diario español ABC lo describió así en una nota titulada George Best, la resaca del quinto Beatle: “Ojos azules intensos, pelo negro, un hoyuelo en el mentón y una sonrisa que era la promesa de un peligro cierto. Muy pronto melena y patillas de guitarrista eléctrico. Lo que The Beatles hacían en el escenario, él lo oficiaba en la cancha”.

Mujeriego como pocos, se casó en 1978 con la modelo Angela MacDonald-James, con la que en 1981 tuvo un hijo, Calum. Años después dejaría la frase que lo pintaba de cuerpo entero: “Gasté la mayor parte de mi fortuna en autos, mujeres y alcohol. El resto lo malgasté”. Otra por el estilo fue: “En 1969 dejé las mujeres y la bebida. Fueron los peores 20 minutos de mi vida”.

Billete con imágenes de George Best

Best medía solo 1,68 y tenía una cintura mágica, era un gambeteador de la calle que respiraba fútbol y que dentro de la cancha se transformaba en una deidad. Poseía una capacidad innata para gambetear a todo el que se le pusiera por delante, una velocidad endiablada y una imaginación que le permitía improvisar todo tipo de movimientos. A todo esto, le sumaba un potente disparo, un excelente cabezazo y un gran esfuerzo en la recuperación de la pelota.

Todo lo que un ser humano podía plantearse con una pelota en los pies, George Best podía hacerlo. Tenía tan solo 22 años, cuando logró hacerse, como se detalló, con las tres distinciones más importantes del fútbol europeo: el título de la liga, la Copa de Europa y el premio a Mejor Jugador Europeo del Año.

Aquel debilucho chico de Belfast que solo quería jugar a la pelota, era considerado ahora el jugador con más dones en la historia del fútbol británico, se había convertido en una celebridad dentro y fuera de la cancha y contaba sus ingresos de a millones. Estaba en su mejor momento. Tocando el Cielo con las manos. Pero… siempre hay un “pincelazo que arruina el “partido”.

De pronto, Best empezó a beber muchísimo alcohol, a comer mal y a trasnochar. Se hicieron muy reiteradas sus expulsiones, bajó su nivel de juego y protagonizó escándalos en su propio club. A los 27 años, dejó el Manchester, que ya no era un club ganador. Lo que vino después fue todo barranca abajo. Jugó en clubes menores, desperdició su talento y quebró uno tras otro cada negocio que emprendió: boutiques, clubes nocturnos, peluquerías y una agencia de viajes.

George Best

Siguió siempre bebiendo sin control, hasta que en julio de 2002, a sus 56 años, la sanidad pública lo incluyó en el programa de trasplante de hígado y le salvó la vida con una operación de diez horas. Él celebró a su manera, bebiendo, hasta tal punto que terminó detenido por conducir borracho.

Su agonía fue lenta y cruel, seguida al detalle por todo el país entre el morbo y la aflicción. Con pulmones destrozados y hemorragias internas, la estocada final, extrañamente, no se la dio el alcohol, sino el abuso de fármacos que debía tomar tras el trasplante. Se apagó así, a los 59 años, la vida del que es considerado por muchos el mejor futbolista británico de todos los tiempos, el hombre que antes de que cayera el telón por última vez alcanzó a decir: “No mueran como yo”.

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