Educación: el sistema público queda en desventaja con la virtualidad


Clases presenciales sí. Clases presenciales no. Más allá de los argumentos referidos al aprendizaje y a la sociabilización, en la discusión actual que tiene como protagonistas principales al gobierno de la Ciudad de Buenos Aires por un lado, y a los gobiernos nacional y bonaerense por el otro, se mencionan datos sobre los posibles efectos futuros en la vida laboral de las personas y en la producción económica de la sociedad, derivados del hecho de que durante ciertos períodos los chicos no asistan a la escuela.

Está claro que no concurrir a las aulas no equivale a una suspensión de clases, como tanto se ha dicho. Pero en este punto se abre uno de los grandes ejes de análisis y discusión: ¿qué pasa con la modalidad virtual en una sociedad altamente segmentada en cuanto a la situación económica y de acceso a derechos de sus habitantes, en la que tres de cada diez hogares y cuatro de cada diez personas están en la pobreza?

Un informe del Indec recientemente difundido, basado en un relevamiento hecho entre agosto y octubre de 2020 en el área metropolitana integrada por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y los partidos del conurbano bonaerense, permite ver el impacto de las brechas sociales que ya existen y que, a su vez, sufren una profundización en el escenario de escuelas de puertas cerradas. De la encuesta participaron 2139 hogares, que respondieron a preguntas sobre los comportamientos que se habían tenido durante la semana previa.

Una de las conclusiones es que existe una brecha entre quienes asisten a establecimientos públicos y quienes van a colegios privados –un grupo más asociado a un mayor poder adquisitivo–, en cuanto a la tenencia de equipos informáticos y a la conexión a Internet. Esa brecha parece explicar otra que también queda expuesta en el informe, vinculada a la frecuencia del contacto con los docentes y a los tiempos dedicados por los chicos a hacer tareas. Las diferencias también se verificaron según el lugar de residencia: en la Ciudad hubo, en general, mayor acción de los estudiantes que en el conurbano.

En el caso de hogares con chicos en el ciclo primario, entre los que están en establecimientos de gestión pública el 46,6% tiene al menos algún equipo (se especifica que el trabajo se refiere a PC de escritorio, notebook, netbook o tablet) y el 74,6% cuenta con conexión a Internet con uso de wifi. Los índices son significativamente mayores en las familias donde los chicos están en el sistema educativo de gestión privada: en ese grupo se llega a índices de 85,9% y 96,9%, respectivamente. En las familias con estudiantes secundarios, la tenencia de equipamiento es un hecho para el 60,5% (inserción escolar en el sistema público) y para el 90,8% (donde se asiste a establecimientos privados), mientras que contar con wifi en la vivienda es una realidad en el 81,6% y en el 95,1% de los casos, respectivamente.

En el capítulo sobre la disponibilidad de esas herramientas necesarias para la conectividad, también se indagó respecto de cuántos equipos hay por persona en los hogares. Y, así, se determinó que en las familias con estudiantes de primaria en el sector público de la educación, el 35,9% cuenta con un equipo cada dos o más personas (a eso se lo consideró un nivel de equipamiento bajo), en tanto que el 10,2% de las familias en las que hay chicos que van a la escuela pública tiene más de un equipo cada dos o más personas. En los hogares en los que se asiste a colegios privados esos índices fueron de 49,5% y de 36,3% en cada caso (la diferencia en ambos universos para completar el 100% está explicada por quienes dijeron que no había equipos en sus hogares).

Los números indicativos del acceso a las tecnologías tienen un nivel de correlato con los datos de la frecuencia con la cual los chicos tuvieron contacto con los docentes en un esquema de virtualidad y en el contexto de escuelas cerradas.

Entre los alumnos de primaria de establecimientos privados, el 58,7% tuvo comunicación los cinco días hábiles de la semana de referencia, en tanto que entre los estudiantes de escuelas públicas ese índice fue de 27,6%, siempre según el informe del Indec. Casi la mitad de los chicos de escuelas estatales tuvo contacto entre dos y cuatro veces en la semana, mientras que ese fue el grado de comunicación de un tercio de los alumnos del sistema privado. El porcentaje de los que dijeron no haber tenido ninguna comunicación fue bajo: de 2,5% (gestión pública) y de 0,5%(gestión privada).

En las respuestas a la pregunta referida a la realización de tareas escolares (virtuales o no virtuales), el informe diferenció los resultados según lugar de residencia. Así, se observó que mientras que el 40,7% (primaria) y el 34,5% (secundaria) de los alumnos habitantes del conurbano solamente había realizado tareas escolares no virtuales, en el caso de la ciudad de Buenos Aires los índices fueron de 10,7% y 10,8%. Los que dijeron haber estado en clases virtuales fueron el 56,7% (primaria) y el 60,5% (secundaria) de quienes están en hogares bonaerenses, y el 89,3% y el 84,3% de quienes viven en territorio porteño.

Aun cuando la encuesta se hizo entre agosto y octubre, ya avanzado el año, hubo un 5,4% de los alumnos de secundaria del sistema público que no había realizado nunca tareas ni virtuales ni no virtuales.

Un punto no menor sobre el cual se indagó fue el del involucramiento de personas adultas de la familia en las comunicaciones con los docentes. Los resultados arrojaron que donde hay alumnos del ciclo primario, en el 59,5% de los casos el contacto fue de los chicos y también de los mayores, mientras que en el nivel de educación secundaria ese índice fue del 38,5%.

“Se marca siempre en la discusión presencial/virtual que hogares pobres no tienen conectividad/computadoras. Es un requisito, pero no alcanza con arreglar eso. El gran problema es que, en promedio, los chicos de hogares más pobres tienen menos ayuda familiar en el aprendizaje”, tuiteó días atrás Leo Tornarolli, economista e investigador del Cedlas, de la Universidad Nacional de La Plata. Y agregó: “Razones son varias: padres con menos educación formal, padres que trabajan más horas para ganar suficiente, mayor porcentaje de hogares monoparentales, mayor cantidad de hermanos, etcétera”.

Hay, en todo caso, múltiples factores para el debate sobre presencialidad/virtualidad. La tecnología, la conectividad, la composición familiar, la situación laboral y de salud de los adultos y los factores emocionales son algunos de ellos. Sin obviar, claro, los elementos que surgen del fenómeno en el que la discusión tiene su raíz: la pandemia y los protocolos para evitar los contagios de Covid-19 tanto en el ámbito escolar como durante los traslados.ß

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