Eduardo Levy Yeyati: “Vemos el fruto de la imprevisión en la política de vacunas”


Estudio Ingeniería Civil en la UBA y realizó el doctorado en Economía en la Universidad de Pennsylvania. Fue economista jefe del Banco Central, jefe de Estrategia Barclays Capital y presidente del Cippec. Es investigador del Conicet, decano de la Escuela de Gobierno de la Universidad Di Tella y fundador de la consultora Elypsis.

La experiencia laboral y académica de Eduardo Levy Yeyati le permite tener un análisis integral de todos los temas. No solo adquirió conocimientos sobre los mercados financieros, con su paso por el Banco Central y Barclays, sino que también se involucró en el planeamiento de políticas públicas, luego de presidir el think tank Cippec y de fundar el Centro para la Evaluación de Políticas basadas en la Evidencia (CEPE) de la Universidad Di Tella.

Es autor de los ensayos La resurrección (2007, con Diego Valenzuela), Vamos por todo (2013, con Marcos Novaro) y Porvenir (2015), y de las novelas Gallo (2008), Culebrón (2013) y El juego de la mancha (2018). Ahora acaba de publicar su último libro, Dinosaurios & Marmotas.

“El nombre del libro tiene dos raíces. Una es por la película El día de la Marmota; si tuviera que escribir un libro de cero sobre el desarrollo argentino, escribiría muchas de las cosas que ya escribí en 2015, porque estamos en el mismo lugar. Lo de los dinosauros hace referencia al microcuento más famoso de la historia de Augusto Monterroso, que dice: ‘Cuando desperté, el dinosaurio todavía estaba ahí’. La asociación es con el subdesarrollo argentino; cada vez que miramos alrededor, después de muchos años, de muchas políticas y de muchos experimentos, vemos que seguimos sin desarrollarnos. Lo uso como metáfora de este dinosaurio, del cual no podemos zafar”, dice en una entrevista con LA NACION.

–¿La Argentina sale más beneficiada o no de esta pandemia?

–No. De hecho, con Federico Filippini hicimos un estudio para la Organización Mundial de la Salud, en el cual calculamos el costo económico de la pandemia, y la Argentina es de los países que más ha sufrido económicamente, por la caída del producto en relación a lo que se pensaba que iba a caer antes, por la dificultad de la recuperación, por los costos asociados en educación, por el impacto en el valor de las vidas perdidas y por el impacto en el mercado laboral, que en países con alto nivel de precarización es mayor porque se rompen las relaciones laborales. Si sumás todo eso, da que se perdieron por lo menos cerca de un PBI y un cuarto.

–¿Y comparada con la región?

–Incluso dentro de la región, la Argentina está entre los países que, según este cálculo, más perdieron económicamente. Es un cálculo que es un piso, porque calcular las pérdidas psicológicas, laborales e incluso las de educación es muy especulativo.

–¿A qué se debió?

–A varias cosas. Si hay mucha informalidad, la gente tiende a cumplir menos con las restricciones por puras necesidades económicas. La gente tiene que trabajar, no le llega la misma ayuda a todos los trabajadores. Cuando se habla del ATP, el beneficio alcanza a menos de la mitad de la población económicamente activa, a los formales. Entonces, mucha gente se ve forzada a salir y eso en muchos casos obliga a los gobiernos a poner cuarentenas más estrictas, para compensar el bajo cumplimiento. Una especie de doble contra: es muy difícil de imponerla y, como cuesta, se impone un nivel más alto esperando que el incumplimiento sea menor. El otro punto tiene que ver con la capacidad estatal. Todo el mundo discute sobre el acceso a las vacunas. Hay países que fueron mejores y otros peores; están los que reservaron a tiempo, anticipando que quizás el único juego que le queda a un país latinoamericano es tener la mayor cantidad de vacunas posible, lo más rápido que se pueda. Otros se dejaron estar, como nosotros: se confió en dos o tres opciones, cuando en realidad la jugada obvia es apostar a todas, siendo que el costo de no tener vacunas a tiempo es enorme. Y después tiene que ver con el hecho de que la Argentina no tiene financiamiento, entonces la ayuda o el estímulo fiscal que se pueda ver para suavizar el impacto económico es mucho más limitado.

–¿El IFE no ayudó el año pasado?

–El IFE no es el ATP, es una ayuda de emergencia que está muy por debajo de lo que se desembolsó del ATP. El ATP tiene dos virtudes: preserva la relación laboral (cuando quedas fuera del mercado, volver a buscar trabajo implica un esfuerzo y una pérdida de descalce con tu potencial empleador) e incluso podés seguir trabajando menos horas y se compensan las suspensiones pagadas o la reducción de horas.

–¿Las medidas como prohibir los despidos o disponer la indemnización doble ayudan?

–La indemnización doble ayuda en el corto plazo, pero habrá que ver en el futuro cómo impacta. Son muy dañinas en el largo plazo por una cuestión muy objetiva: si después de las elecciones levantan la prohibición de los despidos, muy probablemente haya despidos demorados. Algunos ya los hay por arreglos particulares. Pero lo más importante es que veo muy difícil que las empresas creen puestos formales, básicamente porque van a anticipar que, en la próxima crisis, se van a prohibir los despidos.

–¿Por qué ahora no se aplica lo que se aprendió del año pasado? Se volvieron a suspender las clases presenciales y se pusieron restricciones duras de manera temprana.

–No sé si llamarlo aprendizaje, pero creo que la sociedad quedó muy sensible con la cuarentena del año pasado y eso se ve en la reacción de algunos grupos, en padres del colegio por ejemplo, pero también de empresarios gastronómicos, incluso de provincias, que se ven muy reticentes, y con buenas razones, a volver a entrar en el túnel al cual entramos el año pasado. En parte porque no sabemos si son 15 días realmente. Aparte, no sé si es un aprendizaje, pero sí es una especie de histéresis: el costo del año pasado se acumula al actual y eso hace que hoy sea muy difícil socialmente imponer restricciones como las de 2020. El Gobierno lo está intentando, con un éxito más bien muy modesto, porque muchas provincias se han resistido. Hice varios trabajos estudiando el cumplimiento de las cuarentenas y se ve claramente que, cuanto más pobre el país y más largas las cuarentenas, menor es el cumplimiento. Al final estamos viendo el fruto de la imprevisión en la política del acceso a las vacunas.

–En lo económico, este año el país tiene menos margen para financiar el gasto del Estado.

–Porque no estamos en condiciones de hacer lo que hizo Estados Unidos de llevar el déficit primario al 15%; no tenemos cómo financiarlo. Estados Unidos se puede financiar a una tasa real negativa, puede darse el lujo de tener un debate sobre si seguir estimulando la economía o no. Nosotros estamos en las antípodas, no tenemos quién nos financie. El financiamiento inflacionario genera obviamente inflación, y hoy tenemos un problema inflacionario que impacta sobre la distribución del ingreso. Nos quedamos sin margen. Estás en una situación en la cual no tenés las vacunas, está la amenaza de la segunda ola y hay que imponer restricciones como las del año pasado con una sociedad sensibilizada, a la cual no tenes cómo compensarla fiscalmente. Es casi como el peor escenario.

–¿Ve que en los políticos son conscientes de esto?

–No quiero generalizar. A mí hay cosas que me sorprenden de la discusión política, pero por mi sesgo natural. Me sorprende que se hable tan poco del problema del empleo y del trabajo en general en la Argentina. Creo que el país no puede salir de esta trampa de crecimiento, de déficit fiscal y de crisis cada 5 o 10 años, si no se incluye laboralmente a una población que cada vez está más excluida, precarizada, que cada vez depende más de una ayuda de parte del Estado, que está quebrado, no tiene cómo fondear esa ayuda. Yo estaría hablando todo el tiempo para ver cómo hacer para poner a la gente a trabajar, que es la única forma de crecer. Y no encuentro ese discurso tan urgente en los políticos. También creo que prima un problema de agenda de los políticos: la función de utilidad o de bienestar del político no es la función de utilidad del votante representativo del ciudadano argentino. Nosotros en la crisis estamos en general bastante peor, algunos terriblemente peor, pero el político argentino no está peor. Entonces, hay una suerte de desalineación entre lo que genera valor o utilidad para el político y lo que genera valor o utilidad para el ciudadano promedio. Y, a veces, eso se ve en el discurso. Uno los ve desconectados o pensando más en la elección o en cómo asegurar su visibilidad o su cuota de poder o su imagen, y tal vez un poco menos en internalizar los terribles problemas que tenemos nosotros, y problemas tendenciales que nos están llevando al ocaso muy lentamente. Hay un problema de divergencia de los intereses; no están haciendo el trabajo que el votante le delegó.

–¿Qué se necesita para reaccionar? Los números de pobreza, del desempleo y de la inflación son alarmantes.

–A juzgar por la experiencia reciente es difícil de contestar, porque hace muchos años tenemos noticias negativas en términos relativos, aumentos sucesivos de la pobreza, y se ve mucha gente diagnosticando, opinando e indignándose por los chicos pobres, y de pronto no podemos resolver el problema de distribución de ingresos argentino, que está fundamentalmente concentrado en los adultos mayores, a expensas de los chicos jóvenes. La pobreza infantil en la Argentina es, en alguna medida, el fruto de un país que gasta tres veces más en los mayores que en los niños. Para que el Estado saque a los chicos de la pobreza o emplee a los jóvenes tiene que priorizar de otra forma el gasto e intervenir en la política pública, de forma que sea de mejor calidad. Claramente estas noticias no son suficientes, porque las hemos tenido antes y no ha cambiado algo. Tal vez necesitemos políticos que piensen distinto o nuevos políticos, que vengan con una mirada más cercana a las urgencias de la población.

–¿Cómo logró el resto de los países superar los problemas económicos cíclicos?

–Hay muchísimas cosas, pero creo que hay algo muy importante que perdimos en los últimos años que es la continuidad de las políticas, que hace que cualquier cosa que diga este gobierno, si viene después otro de otro color, lo cambiará. Sin eso, es imposible salir, sin importar qué tan bueno sea el equipo económico o qué tanta convicción tenga el presidente. Si no logramos ese acuerdo mínimo de continuidad, la política simplemente pierde efectividad y lo único que queda es un toma y daca, poner dinero para que algo suceda. Como el Estado argentino no tiene dinero, difícilmente pueda hacer algo.

–¿Hay alguna esperanza?

–Tal como están ahora las cosas, diría que dentro de 10 años vamos a estar un poco peor. Hay un consenso entre economistas de diferentes signos políticos sobre cuál es el camino ancho que habría que transitar. Pero la política pública es política, y si no tenemos forma de resolver este empate hegemónico, esta guerra de trinchera constante, que hace que se pierda continuidad y efecto, no importa que sepamos cómo vamos a salir, nunca vamos a salir.

1. Amarcord, de Federico Fellini.

2. El ciudadano, de Orson Welles/Herman Mankiewicz.

3. Jeanne Dielman, de Chantal Akerman.

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