Economías regionales: cuáles están en riesgo de extinción

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El 60% de los productores de economías regionales son pequeños y micro Fuente: Archivo

CÓRDOBA.- Las economías regionales arrastran problemas hace años. El denominador común es la falta de rentabilidad y las consecuencias directas son la concentración de la producción o, directamente, que se reducen a la mínima expresión. La suba de las retenciones, insisten diferentes analistas, complicará aún más la situación.

Los casos más significativos son los tambos (entre 2002 y la actualidad se pasó de unos 15.000 a 9500 según datos de la Mesa Nacional Lechera); algodón y olivos en la cordobesa Cruz del Eje (de 5000 hectáreas en los 80 del primero no queda casi nada y de una cantidad similar de olivares ahora suman unas 400); en el Valle de Lerma salteño el durazno fue reemplazado por el limón y el cultivo de chía y quinoa se redujo fuertemente en los últimos cinco años (se llegaron a hacer 80.000 hectáreas); en Mendoza en los últimos 20 años cayó sistemáticamente el cultivo de peras, manzanas, damascos y cerezas (en el Valle de Uco se reemplazaron por vides pero en otras zonas no se hace nada).

Desde la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (Came), Pablo Vernengo planteó que no sólo hay “más concentración” ya que los pequeños y medianos productores “ante la falta de rentabilidad fueron abandonando”.

“La edad promedio que tienen es de 58 años, lo que muestra que no hay recambio generacional; los más jóvenes migran a las ciudades”, dijo. Remarcó que para evolucionar y ser más productivos se requieren tecnología y nuevas variedades. “Hace falta financiamiento que hace años no existe; sufren el aumento de los costos internos y el valor del producto no alcanza a cubrirlos”, expresó.

Como ejemplo señaló que alguien que tiene cinco hectáreas de vid y quiere cambiar una variedad verá los resultados al sexto año, pero durante todo ese tiempo debe subsistir con cuatro hectáreas. “El 60% de los productores de economías regionales son pequeños y micro, unos 120.000”, agregó.

Alberto Carletti, presidente de la Federación Económica de Mendoza, describió que la fruticultura en la provincia fue en “franco descenso”. La falta de rentabilidad determinó que los cultivos no se aggiornaran y, en consecuencia, perdieron productividad y calidad. Afirmó que hay zonas de fincas que fueron “ganadas por el negocio inmobiliario, sobre todo en cercanía a centros poblados y algunas chacras”. En otros casos, directamente, “hay tierras abandonadas”.

Planteó que en la reconversión hay “mucha asimetría” entre regiones. En Valle de Uco, decreció la fruticultura pero hay producción de vinos, nueces y almendras. En la ecuación final, se perdió superficie cultivada. Desde la Asociación de Productores y Exportadores de Frutas Frescas se estimó que existe el 30% de producción que 15 años atrás. La clave es que un monte frutal requiere una inversión a cinco años.

Las fuentes coinciden en que la extinción de la actividad frutícola trajo aparejada la reducción industrial en lo que hace a fábricas de mermeladas, jugos concentrados y empresas metalmecánicas que trabajaban para el sector. “La fruta fresca necesita frigoríficos, empaques.no hay casi nada”, definió Carletti.

Silvina Campos Carles, economista de Coninagro, apuntó que hay dos causas principales que impactan en el fenómeno: la falta de adaptación tecnológica de algunas producciones por falta de rentabilidad para invertir y el costo logístico que dificulta moverlas. “Bajaron los costos, pero falta mucho”, precisó.

En La Rioja, a inicios de los 90 había unas 1500 hectáreas de tomate. El año pasado fueron 200 Fuente: Archivo

“Se necesitan capitales de otras actividades para poder invertir y, en muchas economías regionales no hay ni siquiera información para atraer inversores y la mayoría tiene perspectivas de más de cinco años para ver el retorno y, como es a cielo abierto, es mayor el riesgo”, resumió la economista.

Eduardo Rodríguez, titular de la Cámara de Producción salteña, señaló que la “gran expectativa” que generaron la chía y la quinoa “se fue desinflando por un cúmulo de problemas”. El grueso del cultivo estaba a cargo de pymes que “frente al alza de costos internos, baja de precios internacionales y presión impositiva, fueron abandonando”. En los valles salteños, dijo, también se contrajo la producción de pimiento para pimentó y hortalizas, “queda apenas el 10% de lo que había hace dos décadas”. Una situación similar se da con el durazno y los cítricos dulces (naranja y pomelo).

Chía, un producto que generó expectativas en Salta Fuente: Archivo

“La mayor parte de la producción de hortalizas y cítricos era para el mercado interno -agregó Rodríguez- y el gran problema es logístico. No podemos llegar con costos competitivos a los mercados consumidores importantes. Los reemplazos de lo que se dejó de hacer son limón, algo de soja y tabaco, pero todas las actividades arrastran años de baja rentabilidad; se buscan los nichos que más o menos funcionan”.

Matías Lestani, economista de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA), advirtió que la producción de especialidades (sésamo, quinoa, garbanzo, chía) que requiere de fobbing (proceso de acondicionamiento para exportación) está “muy atada a los vaivenes internacionales de precios; cuando caen del parámetro de los US$500 ya no resultan”.

En el caso de los tambos, indicó que el debate por la reconversión es “mucho más profunda”; hubo un cambio de sistema productivo con concentración en estabulación o semiestabulación (bajo techo) con sistemas pastoriles y suplementación de alimentos “en vez de ir al esquema de Nueva Zelanda con menos volumen pero también menos costos. No sólo se trata de reconversión sino de hacia dónde debe apuntar”.

En La Rioja, a inicios de los 90 había unas 1500 hectáreas de tomate. El año pasado fueron 200. La caída se explica por la baja rentabilidad y, además, porque lo ideal es que sea monocultivo (debe quedar barbecho para que la tierra respire). Solo teniendo un volumen significativo de hectáreas es posible. Hoy el cultivo se concentra en Cuyo.

En Cruz del Eje (norte cordobés, a 160 kilómetros de la capital provincial) el olivo llegó a tener unas 5000 hectáreas, 250 empresas y 5000 empleos. Hoy quedan unas 400 hectáreas. En los 90, cuando Carlos Menem impuso regímenes promocionales en Catamarca y La Rioja , las industrias se mudaron y la producción empezó a decaer; una sequía extrema de cuatro años en 2000 prácticamente terminó con los árboles.

“Ese fue un sector que creció en una región en base a diferencial de impuestos y sin tener una cadena comercial organizada y preparada”, definió Lestani.

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