De la idea a la acción: consejos para decidir si darle vida a una inversión



1 Proyectos de inversión. Muchas veces se nos han ocurrido ideas, más o menos innovadoras, para mejorar aspectos de la vida cotidiana o de nuestra empresa, sobre un determinado producto o un servicio. Sin embargo, dar el paso y concretar la operación no siempre es tan simple como la ocurrencia de la idea. Para ello, como primera instancia debe consolidarse un plan que, a pesar de los sus usuales desvíos, nos permita direccionarnos hacia nuestro objetivo principal. Los resultados que arroje una valuación de nuestro proyecto nos permitirá saber cuán posible es ponerlo en marcha.

2 Etapas de un proyecto. El desarrollo de un proyecto se basa en cuatro etapas. La primera es la generación de la idea, que es la búsqueda de una mejora en el funcionamiento de una empresa. La segunda está ligada a la preinversión, y corresponde al estudio de la viabilidad económica de las opciones de solución identificadas para cada una de las ideas; aquí hay dos niveles: los estudios de prefactibilidad y los de factibilidad. En el primer caso se proyectan los costos y beneficios sobre la base de criterios cuantitativos, pero sirviéndose de cifras estimativas y de análisis previos. En los estudios de factibilidad rigen criterios más exigentes y detallados para medir el impacto concreto de la ejecución del proyecto. La tercera etapa es la de inversión: se trata de la implementación del proyecto, en la cual se materializan todas las inversiones previas. Por último, está la etapa de operación, en la que la inversión está puesta en marcha y va siguiendo los pasos para cumplir con las estimaciones previas.

3 Viabilidad del negocio. La decisión de emprender y hacer una inversión tiene una cantidad de variables que podríamos definir en dos grandes grupos: las controlables y las no controlables. En el primer grupo están los resultados y efectos que la propia acción genera, mientras que en el segundo están las variables de carácter exógeno: no las podremos determinar, pero tampoco podremos excluirlas. Una de las formas de ver si un proyecto es viable o no, es determinar el recorrido del flujo de fondos y de los gastos correspondientes mediante un instrumento conocido como “Árbol de rentabilidad”. Este es un esquema que permite visualizar de manera secuencial el origen del incremento o decremento de la rentabilidad de una empresa, y a través de qué variables de ingresos o costos la rentabilidad requerida es o no alcanzable. En la rama más elevada estarán las ventas netas y los gastos unitarios del producto, mientras que la suma de costos hundidos y de distribución, las amortizaciones y los impuestos permitirán determinar cuál será la rentabilidad final sobre la inversión total.

4 Métodos de valuación. La evaluación puede hacerse de varias formas. Una de las más conocidas es la que se rige por valores monetarios: VAN (Valor Actual Neto), que mide los recursos que aporta el proyecto por sobre la rentabilidad exigida a la inversión. La segunda es la TIR (Tasa Interna de Retorno), que indica la rentabilidad de un proyecto hacia su vencimiento y suponiendo una tasa de reinversión constante. El tercero es conocido como PRI (Período de Recuperación de Inversión), que mide en cuanto tiempo se recupera la inversión, incluido el costo de capital involucrado. Por último, está la Rentabilidad Inmediata, que determina cual es el momento óptimo de hacer la inversión.

5 Proyección. La imposibilidad de generar perspectivas y proyecciones a futuro sobre lo que podré vender en el mercado y a qué precio debería hacerlo, hace que cualquier desembolso y toma de riesgos sea imposible. La previsibilidad jurídica e impositiva y la estabilidad económica se vuelven una necesidad imperiosa para que la rama desde la cual empezamos a pensar un nuevo proyecto, sea parte de la raíz de nuestra idea.

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