Curiosas observaciones del siglo XIX sobre las mujeres



Mañana se celebra el “Día de la Mujer” y bueno es recordar a aquellas mujeres generalmente olvidadas a través de las memorias de los viajeros, que pudieron ver in situ la realidad de su tiempo y su esfuerzo en aquellos lugares en los que la vida era muy sacrificada y además necesitaba mucho coraje para sobrellevar días, meses y años.

El inglés Alexander Gillespie que estuvo en Buenos Aires en 1806 con motivo de la invasión británica al mando de Beresford, dejó un interesante libro sobre Buenos Aires y el interior. En octubre de ese año ante una próxima expedición los prisioneros fueron enviados a Luján, allí observó: “las mujeres al parecer no tienen ninguna ocupación de industria, pero matan el tiempo en grupos delante de sus respectivas casas, soleándose, donde la única ocupación consiste en espulgarse mutuamente las sabandijas de la cabeza, que son multitudes a causa el desaseo y la largura y espesura de su cabello negro”.

Dos décadas después el capitán F. B. Head apuntó que las mujeres tenían hábitos curiosos “literalmente no tienen nada que hacer; las grandes llanuras que las rodean no dan motivo para caminar, rara vez montan a caballo, y sus vidas son ciertamente muy indolentes e inactivas. Sin embargo todas tienen familia aunque no sean casadas; y una vez pregunté a una joven ocupada en amamantar una lindísima criatura quien era el padre, contestó ¿quién sabe?”.

Otro británico J. A. Beaumont apunta para la misma época que “el trabajo familiar consiste en hacer el fuego para hervir agua para el mate, cocinar y mecer al niño pequeño, si lo tienen, en una pequeña hamaca que pende del techo” como se puede ver en el dibujo de José León Palliére. “Como no tienen piso que lavar, muebles que poner en orden, calceta que remendar, jardín que escamondar, campo que trabajar, o libros que leer, sus horas vacías son muchas y pasan el tiempo en descuidada ociosidad, fumando cigarros que son consumidos en gran cantidad”.

Como contrapartida el viajero inglés John Miers, que en 1819 viajaba con su esposa embarazada, luego de vadear el Rio IV, llegó a la posta de San Bernardo, y narró la hospitalidad de esas mujeres: “El maestro estaba fuera de casa, pero dos de las mujeres fueron amables y atentas, en especial con mi esposa. Una de ellas estaba tejiendo un poncho en un telar rústico; la otra estaba hilando; ambas estaban casadas y tenían hijos. Obsequiaron a mi esposa con leche, higos, manzanas y sandias. Una de ellas, como acto de cortesía, quitó la piel de varios higos con sus largas uñas, y se los ofreció con sus propios dedos, recomendado los comiera con un poco de queso hecho por ella misma y que había depositado sobre una mesa limpia”.

Esta ociosidad obedecía a una falta de política al respecto, pero muy visible en el campo, Manuel Belgrano fue el primero en denunciar esto desde 1795 a través de las Memorias del Real Consulado, y proponer también soluciones que nunca llegaron, tema sobre el que volveremos más adelante.

Escribía al respecto: “los males que sufre este miserable sexo por falta de trabajo” y volvía a insistir “el lino y el cáñamo, como ya he dicho, tiene operaciones varias, y muchas de ellas pueden ejecutarlas las mujeres, y en efecto la ejecutan en los países en que se cultivan estos ramos, y se fabrican sus materias”. Una lección que tardaron décadas en comprender sus compatriotas.

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