Contrapuntos entre campo y ciudad


Una de las taras antropológicas más curiosas entre los argentinos es la incomprensión de vastos sectores de vida urbana sobre la vida rural.

Cuesta entender ese desdén manifiesto por las actividades rurales. Sin ellas, por señalar sólo un ejemplo, las exportaciones totales del país bajarían de un soplo al 60 por ciento. ¿Creerán los redomados negadores del éxito ajeno que los más de 36.000 millones de dólares que el campo aportó en 2020 por exportaciones cayeron del cielo, sin sacrificios ni inversiones de riesgo, sin ingenio creativo para extraer crecientes riquezas del suelo y hacer, al mismo tiempo, más sustentables y eficientes las labores agrícolas?

Es comprensible, desde luego, que sectores refractarios de ámbitos con firmes tradiciones culturales que sostienen convenciones antiguas a ser arrasadas sientan desprecio por la producción agropecuaria. Se trata de viejos complejos socialistas, que penetraron en espacios del peronismo gobernante, no en todos, por sucesivos oleajes; entre los últimos, amalgama de compleja definición, por la suma de elementos contrapuestos: resentimientos y codicia; vocación cleptómana por los recursos tanto públicos como privados e invocación de amor por los desposeídos; ignorancia orgánica pero con un talante de superioridad intelectual y supuesto conocimiento del alma ciudadana; tendencia a aliarse con los peores congéneres de la región y del mundo, y así.

En la contraposición antojadiza entre ciudad y campo, Lenin veía las cosas de otro modo: “La ciudad ha dado al campo, bajo el capitalismo, aquello que lo ha corrompido política, económica, moral y físicamente” (Obras Completas, tomo XXXIII). En la fábula de Esopo, tantas veces readaptada sobre el ratón de campo y el ratón de ciudad que se alían para asaltar una despensa pero terminan huyendo por la presencia amenazante de los gatos, lo inmutable es el peligro compartido y que el primero vuelve a la humildad de la vida campesina antes que persistir en entreveros más lujosos de los habituales, y más temerarios.

La tensión entre ciudad y campo es de verdad antigua. ¿Habrá comenzado en el Medioevo, con los desplazamientos hacia áreas rurales? Al observar los descomunales problemas urbanos de la contemporaneidad, con su frenético tránsito, déficit habitacional e indigentes durmiendo en plazas y calles, ¿no debería la ciudad considerar más a fondo un aprendizaje sobre lo que campo logró con su adaptación a nuevas exigencias sociales y el establecimiento de modalidades sustentables para la naturaleza y la vida ajena? Unos lo entienden, otros no tanto: cómo olvidar la ofuscación de la vicepresidenta con la ciudad de Buenos Aires, cuando dijo que aquí “hasta los helechos tienen luz y agua”. En buena hora que propendamos a cultivar los espacios verdes.

En 1900, dos de cada diez personas en el mundo habitaban en ciudades. Las distancias se acortaron al punto de que a comienzos del siglo XXI los citadinos han pasado a integrar una constelación mayor que la de los campesinos. Ahora, en los Estados Unidos estos representan sólo el 3% de la población. En nuestro país, el deterioro de la infraestructura ha compelido a un éxodo rural de importante magnitud, tan visible en el norte de Buenos Aires y el sur de Santa Fe, aunque la Argentina haya tenido desde el pasado una fuerte tendencia a vivir en ciudades. El primer censo nacional, el de 1869, indicó que el 29% de la población era de condición urbana.

La interrelación entre campo y ciudad es en los hechos, a pesar de todo, mucho mayor de la que procuran hacernos creer los discursos desaforados y las políticas infortunadas. “Las ciudades, como las personas, son lo que comen”, ha dicho Carolyn Steel, la arquitecta y urbanista inglesa que ha hecho un nombre con sus tesis, que no necesariamente compartimos, sobre alimentación y sociedad. ¿Y qué comen las gentes, sino a partir de la materia prima que se produce en las áreas rurales más próximas? Steel ha observado que “el campo y la ciudad no han permanecido nunca separados como el agua y el aceite; permanecen al mismo tiempo distanciados, pero mutuamente atraídos, divididos pero combinados”.

La tecnología y la inteligencia artificial tienen en la actualidad un papel no menos relevante en el campo que en la ciudad, y esto ha elevado por igual el nivel de exigencias en la capacitación de personal. Según fuentes oficiales, en 2019 había en la Argentina 250 actividades económicas vinculadas con el campo. Hoy, de acuerdo con un trabajo de la Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de Argentina (FADA) las cadenas agroindustriales generan 3,7 millones de puestos de trabajo, que se descomponen en las siguientes categorías: eslabón primario, 38%; comercialización, 26%; industria, 21%; transporte y logística, 8%; servicios conexos, 4%, y bienes de capital e insumos, 3%. ¿Cómo podrían funcionar esas cadenas agroindustriales sin una armoniosa imbricación entre campo y ciudad?

Apartemos por un momento a la naturaleza, que en todo tiempo dio y quitó al hombre con sus asombrosos dones e infinitas variaciones. Concentrémonos en las cuestiones que provienen de los desencuentros humanos. ¿No observamos, acaso, que la dicotomía entre ciudad y campo, al menos en su expresión más agudamente enconada, responde a la lógica de los delirios políticos y los fracasos continuos de la política?

Desde hace siglos, al abordarse ese punto se suele citar el notable fresco que Ambrogio Lorenzetti pintó para el Palacio de Gobierno de Siena, años antes de morir en 1348, aparentemente como consecuencia de la peste que por entonces devastaba a Europa. No por casualidad se llama: “Efectos del buen y el mal gobierno en el campo y la ciudad”. Ocho siglos atrás, Lorenzetti tuvo tanto para decir al respecto que no alcanzó con un vasto salón para desplegar su memorable obra, tan a propósito de fenómenos como los que suceden en la Argentina.

¿O no han sido las malas políticas gubernamentales las que han empujado al campo y la ciudad a disentimientos estériles, desconocidos en otras partes del mundo, en vez de haberlos hecho partícipes de un desarrollo general, sostenido y común?

La pandemia ha favorecido nuevos éxodos de quienes abandonan el cemento para volver a la naturaleza y serán tal vez ellos y sus hijos quienes mejor puedan reescribir esta historia de falsos desencuentros que la Argentina debe superar en su propio beneficio.

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