Con el tiempo es más probable que uno se engañe a sí mismo que a los demás



El placer de saludarlos de nuevo en este espacio e invitarlos a pensar en la estrecha relación entre la mentira y los resultados económicos. Para ello empiezo motivándolos a ejercitar su memoria sin googlear la respuesta ¿Usted se acuerda quién fue Mohamed Bouazizi?

Hace 10 años este joven se transformó en el primer eslabón de la primavera árabe. A sus 26 años provocó uno una gran revolución popular sin siquiera tener un celular.

Mohamed Bouazizi era un joven vendedor de frutas y verduras, que mantenía a ocho personas con menos de US$150 al mes.

“Aquel día Mohamed salió de casa para vender sus productos, como siempre”, cuenta su hermana Samya, “Pero cuando los puso en venta, tres inspectores de la municipalidad le pidieron sobornos. Mohamed se negó a pagar”, explica.

“Confiscaron sus productos y los pusieron en su auto. Intentaron llevarse también las balanzas, pero Mohamed se negó a entregarlas, así que le dieron una paliza”, añade.

Mohamed fue hasta la oficina del gobernador a reclamar sus productos, pero no lo atendieron. Así que, compró un bidón de nafta, se lo echó encima y prendió un fósforo.

El cóctel, formado por la empatía que provocó la situación del joven, más la inestabilidad económica del país, más los altos números de inflación, más la sensación de impotencia ante los burócratas corruptos y más la falta de oportunidades, terminó desatando una ola de protestas. Las multitudes colmaron las calles. Todo ello, sin redes sociales, sin comunicaciones masivas, ni convocatorias organizadas.

El entonces presidente de Túnez, Zine el Abidine Ben Ali, en el poder desde hacía 23 años, pidió calma a través de los medios. Según él, el desempleo era “un problema global”. Atribuyó los episodios de violencia a bandas de enmascarados, a quienes culpó de “terroristas”.

Pero Ben Ali subestimó la profundidad del resentimiento de su pueblo contra el nepotismo, la corrupción y las crisis económicas.

Apenas nueve días después de la muerte del verdulero, el dictador tunecino Ben Ali terminó escapando a Arabia Saudita, donde le concedieron asilo a cambio de abandonar la actividad política.

Sé que es domingo, sé que mi función en este espacio es la de hacerlos reflexionar sobre nuestra economía, pero me era necesario empezar con esta triste historia, que representa el daño que provoca la soberbia de creer que uno puede manejar todas las variables y el costo de las mentiras a largo plazo.

Un mentiroso corre el riesgo de creerse sus mentiras y acabar justificando una injusticia y termina engañándose a sí mismo, pero seguramente no a los demás. Por ejemplo, cuando se licuan las jubilaciones y los salarios de los trabajadores o se suben silenciosamente los impuestos al consumo de las clases medias, con el argumento de que se hace para lograr una mejor distribución de la riqueza y así poder evitar un ajuste. En realidad, sí están evitando el ajuste, pero el de la política. Usan el relato de la justicia social, pero lo único que distribuyen son las cuentas a pagar de sus propios gastos e ineficiencias. Con el tiempo corren el riesgo de no darse cuenta de que ya son los únicos que se creen sus propias mentiras.

El desafío de ganar dinero o poder es movilizador, pero ¿el fin justifica los medios? Con la obsesión por un resultado, hay personas que agotan sus reservas, sus principios, el valor de la palabra, con tal de lograr sus objetivos acuerdan con personas indeseables o con estados totalitarios. Un resultado positivo hoy puede terminar hipotecando el futuro.

¿Vale la pena ser tan soberbio, tan arrogante, tan creído solo por haber ganado en un negocio o una elección?

Estamos en presencia de una sofisticación tan alta que la mentira y la manipulación están prácticamente institucionalizadas en todos los ámbitos y actividades humanas.

Dan Ariely ensayó una ingeniosa respuesta al ¿Para qué mentimos?:

“En general, mentimos para obtener algún beneficio: poder, estatus, dinero, sexo. Mentir permite conseguir lo que uno quiere mediante la manipulación y la credulidad de otros individuos”. Sucede también cuando se viralizan vía redes informaciones falsas para dañar la credibilidad de una persona.

Pensemos en algunos ejemplos de lo que vivimos diariamente: la gente miente para conseguir trabajo, para pagar menos impuestos, o para fallar a una cita. Y por supuesto los políticos mienten, para perpetuarse en el poder. A menudo los mentirosos son los ganadores en el corto plazo, pero por lo general, éstos terminan muy mal, condenados por sus propios afectos.

Amigos, hoy la velocidad de la transmisión en vivo de las noticias pone de manifiesto más rápidamente las mentiras y el valor de transparencia como un activo superador de una sociedad. Las nuevas generaciones van a hacer de la transparencia un bien indispensable. Las redes sociales nos exponen, quedan al descubierto no solo nuestras fortalezas, sino también nuestras miserias.

Es fácil hablar de las mentiras de la política y sus promesas en busca de votos, pero revisemos un poco nuestros comportamientos individuales:

Ya que usted es el único que está leyendo y llegó a este punto de la nota, le pregunto solo a usted:

1- Quien ve una estafa y no la denuncia o no hace nada. ¿es también un estafador?

Piense un segundo en su respuesta, piense si el afectado fuese su hijo.

¿Cómo ve usted el trabajo infantil y el trabajo en negro sin beneficios sociales? ¿Y el de aquellos que trabajan en entornos peligrosos? ¿Y los experimentos con animales? ¿Y la contaminación producida por las fábricas que no cuidan su medio ambiente?

Seguro que la mayoría de los productos que usted ha consumido durante el día de hoy atentan contra parte de sus principios, seguramente su remera haya sido confeccionada en una fábrica en algún país lejano que maltrata a sus empleados, su pantalón cosido en un taller clandestino del conurbano, y su comida puede que atente contra la vida de algún animal. No pretendo con esta pregunta que seamos jueces de otros, solo preguntarnos si somos consecuentes con nuestros principios.

Agrego que la culpa se diluye cuando las decisiones que tomamos coinciden con la de la mayoría.

2- Quien se compra un buzón o cae en el cuento del tío, ¿no pretendía sacar ventaja antes?

Voy a utilizar para ejemplificarlo un lindo cuento del Dr. Jorge Bucay: “Resulta que un hombre publica un teléfono celular a la venta, cuyo valor de mercado es de 40.000 pesos y lo ofrece por 3.000 pesos. Un oportunista aprovecha y lo compra. Cuando lo pretende encender se da cuenta de que el teléfono no funciona. Entonces increpa al vendedor al grito de “estafador” a lo que el vendedor responde: “¿Quién es peor de los dos? Al fin y al cabo, vos querías comprarme por 3.000 pesos algo que vale 40.000”.

3- Cuando un grupo de empresas del mismo sector quiere cambiar algún marco regulatorio para lograr alguna protección, por lo general es para mejorar la situación del sector, pero otras veces solo se trata de que el costo de esa mejora lo pague el consumidor.

Adam Smith, el considerado “padre del capitalismo”, decía en “La riqueza de las naciones”: “Rara vez suelen juntarse las gentes ocupadas en la misma profesión u oficio, aunque solo sea para distraerse o divertirse, sin que la conversación gire en torno a alguna conspiración contra el público o alguna maquinación para elevar los precios. Claramente advertía en contra de los cárteles y los lobbies, como por ejemplo el de la OPEP.

Cerramos si le parece la nota de hoy con una historia de ficción que se estudia en teoría de las decisiones como aprendizaje, y que ha sido viralizada ya en las redes.

Hubo una vez un robo en Guangzhou, China. El ladrón entró gritando a todos: “Que nadie se mueva, el dinero le pertenece al estado, sus vidas les pertenecen a ustedes”. Todos en el banco, entendieron la consigna de que no era contra ellos, sino contra el banco y en silencio y lentamente se acostaron en el piso.

Esto en administración de empresas se llama “Conceptos para cambiar la manera convencional de pensar el contexto”.

Mientras los ladrones escapaban, el ladrón más joven (casi universitario) le dijo al ladrón viejo (que apenas había terminado la primaria): “Oye viejo, contemos cuánto robamos. El ladrón viejo evidentemente enojado le replicó: “No seas estúpido, es mucho dinero para contarlo, esperemos a que en las noticias nos digan cuánto perdió el banco”.

Esto en administración de empresas es “experiencia”, que hoy en día es más importante que cualquier teoría económica.

Una vez que se fueron los ladrones el gerente del banco le dijo al supervisor que llamara de inmediato a la policía. El supervisor le dijo “Alto, alto, antes pongamos los millones que nos faltan del error de trading del mes pasado y lo reportamos como si los ladrones también se los hubieran llevado”.

Esto en administración de empresas se llama: “Nadar con las mareas. Sacar ventaja de una situación desfavorable”.

Al día siguiente, cuando los canales de televisión reportaban que se habían robado 100 millones del banco, los ladrones decidieron contar el dinero y solo pudieron contar 20 millones.

Los ladrones, muy enojados reflexionaron: “Arriesgamos nuestras vidas por miserables 20 millones mientras el Banco se robó 80 millones en un parpadeo”.

Esto en administración de empresas se interpreta como que: “El conocimiento de los engranajes del sistema es lo más valioso”.

Como cierre, si a usted este cuento del robo, le hizo algo de ruido o le dio algo de bronca y le molesta tanto el robo vulgar como el de los guantes blancos, significa que todavía tenemos esperanzas de consolidar una sociedad más transparente.

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