Agenda pulpo y jardines digitales: nuevas herramientas para pensar distinto



Los pulpos, lo más parecido que hay en la Tierra a la inteligencia extraterrestre Fuente: LA NACION

Con dos tercios de su proceso cognitivo fuera del cerebro (mayormente en los tentáculos) y una evolución separada de los humanos durante millones de años (nuestro ancestro en común es un gusano traslúcido con un sistema nervioso simple), los pulpos son lo más parecido que tenemos en la Tierra a una inteligencia extraterrestre. “Ellos fueron los primeros seres inteligentes del planeta” dijo el premio Nobel Sydney Breener en 2016, cuando se avanzó en la decodificación del genoma de esta especie animal tan particular.

Aunque hay centenares de libros sobre el tema, la “agenda pulpo” ganó volumen en las últimas semanas con el estreno de un documental Mi maestro el pulpo, a principios de septiembre en Netflix. Con imágenes del fondo del mar en la costa de Sudáfrica, el cineasta Craig Foster narra su relación de 324 días con una pulpo que primero desconfía de él y luego le abre su mundo.

Foster llega motivado por una curiosidad extrema, luego se fascina con la extrañeza de este tipo de inteligencia tan original, y más adelante se obsesiona. Un periplo similar al que está recorriendo una tribu nerd creciente en el terreno de internet: la de los cultores de los “jardines digitales” o, con foco más amplio, de los “jardines de pensamiento”.

Al igual que la pulpo de la película, los jardines digitales se despliegan en un mapa muy poco conocido, onírico y que atrapa a quienes llegan a descifrar sus secretos. Consultados por la nacion para esta nota, el productor de música Fernando Isella (que reside en Madrid), el creativo y estratega de marcas Edwin Rager (que vive en Colombia) y el investigador del Instituto Baikal Rocco Di Tella, coincidieron en que esta manera de “pensar distinto” es de lo más fascinante que descubrieron en los últimos tiempos.

Los orígenes del movimiento se remontan a 1998, cuando Mark Bernstein introdujo la idea de los “jardines de hipertexto” en internet: espacios vivos, de aprendizaje, donde los contenidos no están en formatos rígidos ni ordenados jerárquica o cronológicamente, como en un blog o en redes sociales. Pueden leerse en varias direcciones, y no buscan primordialmente hablarle a una audiencia como los espacios más tradicionales, sino que fomentan un diálogo interior. En estos “jardines” los contenidos crecen, evolucionan y no comienzan a morir ni bien se postean. “El sitio Andy Matuschak, uno de los más famosos jardineros digitales, se lee por ejemplo en paralelo, haciendo doble clic en lo que te va interesando, navegando la red, más que siguiendo un texto”, explica Di Tella.

En algún punto hay una conexión con una entrada de Wikipedia, aunque los jardines digitales no pretenden ser la palabra definitiva sobre nada. Como en el bosque de algas de la costa sudafricana, la búsqueda pasa por la profundidad y por multiplicar las conexiones, y por eso este fenómeno es tan relevante para la nueva creatividad.

Aunque los inicios de esta movida se ubican en la comunidad de programadores, el desarrollo de nuevas herramientas y aplicaciones permite en la actualidad entrar en este mundo sin necesidad de saber programar. Uno puede cultivar este diario íntimo digital, con conexión a notas de otros jardineros, con apps como Notion, Tiddy Wiki o Roam Research. Con apenas 11 empleados, Roam Research pasó con su reciente y última ronda de inversión de valer 9 millones a 200 millones de dólares. Conor White-Sullivan, uno de los cofundadores de Roam, le dijo a The Information que la estructura de su iniciativa “se adecua mejor al cerebro” que los sistemas tradicionales de carpetas, subcarpetas y páginas de Word ordenadas jerárquicamente.

La interfaz de Roam es muy parecida a WorkFlowy, una plataforma de notas. Los textos que se toman a primera vista están desplegados en un punteo. La diferencia radica en cómo se conectan los elementos entre sí: no hay una organización jerárquica sino asociativa sobre la base de temas o palabras, que puede ser intencional con un par de funciones al respecto, o “invisible” (el programa las hace solo).

Lo que permite esto es crear un “mapa mental digital”, con asociaciones entre distintas notas que no surgen a simple vista, en una red de nodos y conexiones. Por ejemplo, me enteré de la existencia de Roam vía Isella y vi el documental del pulpo (porque lo recomendó Kevin Kelly la semana pasada) el mismo día por casualidad, con lo cual la asociación de ideas entre los pulpos y los jardines de pensamiento fue un hecho completamente fortuito. Tener sistematizada esta modalidad de trabajo permite multiplicar conexiones de este tipo.

“Si la innovación nace de la conexión y mezcla de ideas, Roam habilita este flujo de una manera intuitiva. Aunque estemos acostumbrados a organizar nuestra vida digital en archivos y carpetas, así no es como funciona nuestro cerebro”, cuenta el músico Isella, presidente de Limbo Music. “En Limbo no tenemos equipos estancos divididos en tareas como R&D, atención al cliente, marketing, finanzas, diseño, operaciones, etcétera. Roam nos facilita crear un universo de ?chispas’ de creatividad, análisis contextual e incluso inspiración en un solo lugar, sin que ninguna idea o información necesaria se pierda”, agrega Isella.

El ecosistema emprendedor argentino tiene una tradición rica en desarrollo de software para cocreación. El caso más conocido es el de Mural, de Mariano Suárez-Battan y Patricio Jutard, que en 2020 triplicó los usuarios, levantó inversiones por más de 100 millones de dólares y podría convertirse en el próximo unicornio local. Otro caso reciente y novedoso es el de la iniciativa “Collected Notes”, del programador argentino Alejandro Crosa, una aplicación para compartir notas más intuitiva y con mejores estándares de privacidad de Medium.

“Los jardines digitales representan una revolución en la economía del pensamiento por la facilidad que tienen, desde su interfaz, de generar conexiones entre espacios a priori diferentes. Esto se debe a que se hace más foco en el proceso que en el resultado”, apunta ahora Rager, quien participó la semana pasada de un evento de innovación organizado por la nacion. “Otro motivo por el cual las personas están comenzando a migrar a los jardines es justamente para generar su espacio propio de internet, acaso uno más parecido al que Ted Nelson imaginó en los albores de internet y su proyecto Xanadu: miles de pedazos de conocimiento conectados entre sí”, apunta le creativo y planner argentino que vive en Colombia.

En un año donde la pandemia activó como nunca vías de escape (se venden libros más largos, la ficción superó a la no ficción, hay adicción a las series, en los Estados Unidos y hay un boom de ventas de laberintos), no es casual que los jardines de pensamiento ganen protagonismo.

Cuando le comenté a Nico, mi hijo de 12 años, lo entusiasmado que estaba con la película del cineasta que bucea me respondió: “No puedo creer que hayas visto entero un documental sobre un pulpo”. Un experto en robótica me contestó en Twitter: “Parece una clase de mindfulness”. Otra persona amiga se burló sutilmente: “Cada uno se evade como puede”. Y es cierto: son planes de evasión alternativos para el año más distópico y extraterrestre de nuestras vidas. Como dice el tema de la película Fama “Dogs in the yard”, de Paul McCrane, “quiero salir de mi cabeza a algún lado”.

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